viernes, 28 de mayo de 2010

ESE NOMBRE (un cuento)

Se pierde, porque cualquier movida que uno haga es mala.
Se pierde, no por lo que hizo el contrario, sino por lo
que uno está obligado a hacer

R. W.



Ramón elogia mi coraje.
Como buen irlandés, dice.
Es un hombre encorvado y casi calvo, al que le falta un ojo; un viejo. Yo también. Soy, de alguna manera, un profesor de inglés jubilado que vive en San Vicente y se acerca una o dos veces por semana a la plaza del pueblo a jugar o ver jugar al ajedrez.
Un mate, propone. Yo cebo.
Yo sé quién es usted, vuelvo a decir.
Ceba el mate con cuidado mientras me dice, como casualmente, mira tú, che. También dice que tengo suerte: que el no está seguro de saber quién es. No subraya nada, solamente lo deja establecido.
Entre los árboles que rodean la plaza se puede ver el cielo grisáceo, las luces pálidas de este mediodía de otoño. Desde acá es fácil amar, siquiera momentáneamente, a San Vicente. Y es una forma inconcebible de amor lo que nos ha reunido.
Así que me tomo un mate largo.
Ceba bien usted, Ramón, para ser alguien que mezcla el tuteo en su vocabulario, le digo.
Sonríe. Casi no le quedan dientes pero es su sonrisa, la sonrisa de las fotos de Salas: en el corte voluntario de caña, aquella otra detrás del tabaco. Está más viejo -mucho más viejo que yo aunque haya nacido un año después- pelado, le falta un ojo, pero no me quedan dudas: es él.
¿Y cómo sabe quién soy?, me pregunta, la bombilla ahora en su boca desdentada.
Usted no se acuerda de mí, digo, pero nos conocimos allá, en la Isla. Pienso que no puede reconocerme: yo también estoy disfrazado de viejo, un viejo profesor de inglés jubilado.
Yo era gente de Segundo, agrego.
Pienso que lo soy todavía, que siempre seré uno de los hombres de Segundo.
Segundo, repite como si bostezase, como si la voz fuera la sombra de una sombra, como si en la sola sonoridad de la palabra estuviese implicada toda la historia: la subida a la sierra, los mates compartidos y las charlas, el regreso y las cintas perdidas y la vuelta. También después el triunfo, y entonces yo, los días afiebrados de la teletipo y los corresponsales. Hasta el final, sin sombra ni huesos, en algún lugar del monte salteño.
Segundo, decimos los dos o uno de los dos. Toma mate con ira, con tristeza, sin remordimiento.
¿Cómo sabés quién soy, que no me dijiste?, vuelve a preguntar.
Porque tú supones que yo soy uno de los tipos que a veces creo ser, explica, pero mis recuerdos son confusos. Hay también allá, acá, gritos, una celda oscura, preguntas, golpes, una escuela de provincias.
Acá, allá, repite anulando de golpe la distancia, regresando o no partiendo nunca, clavado a esa Isla que no es esta plaza, no es el mate largo y espumoso que ceba.
No le digo que podría reconocerlo en cualquier lado, aunque esté avejentado, aunque los años que estuvo guardado vaya uno a saber dónde y que lo convirtieron en este anciano tembloroso con vaya uno a saber qué formas de tortura, lo disimulen bastante. Enumero, en cambio, mis sospechas: el arco sobre las cejas, el nombre, las extrañezas de su acento que es argentino pero también.
Vuelve a sonreír: y si no se ofenden las ilustrísimas señorías de Latinoamérica, dice o yo creo que dice.
¿Jugamos?, pregunta después.
Tú conoces más o menos bien este juego, ¿no?, concede.
Pienso que fundé mis sospechas también en su estilo ajedrecístico. Algo me hablaba en su juego. La forma de lanzarse, la disolución de los límites entre ataque y defensa. Recuerdo que recordé: no existen líneas de fuego determinadas, las líneas de fuego son algo más o menos teórico. Y también: tablas contra Filip en el Ministerio de Industria en el ’62 y contra Najdorf el mismo año; victoria frente a Ortega en el ’61, en 21 movidas. Todo parecía coincidir. ¿O es mi mente que quiere ver el fantasma de ese nombre recorriendo esta Buenos Aires que sólo se emociona con las gambetas del pibito que debutó el año pasado en Argentinos y los goles electrizantes de Leopoldo Jacinto Luque?
Más o menos, respondo. Y abro con Cf3.
Él juega d5. Pregunta por sus manos: qué creo que hay bajo los guantes, qué creo que le pasó a sus manos.
Yo tengo sospechas, dice, recuerdos que no sé si son tales.
También eso, digo.
c4.
Los movimientos torpes, robóticos, me dan a entender alguna clase de prótesis mecánica. Digo que para justificarse la Agencia tiene que haberle cortado las manos.
La Agencia, me interrumpe y mueve mecánicamente la mano -el guante de cuero marrón, gastado- hasta el tablero. Juega d6.
Ojala yo estuviera tan seguro, pero algo se jodió en la relojería, dice y se golpea dos veces la cabeza.
Sí -d4- pero piense: ya estamos a fines de marzo y nunca lo vi sin guantes, Ramón.
Fines de marzo. 25. Pienso que ya pasó un año. Un año. Y casi siete meses desde que Vicky se fue. Aprieto las tres copias de la Carta en mi bolsillo. Recuerdo a la compañera que tengo que ir a buscar, la cita posiblemente envenenada. Aprieto también el revolver en mi cintura.
Lo que no entiendo es cómo está usted acá, digo.
Puedo imaginarme pero, agrego.
Sí, sí, le dice más al mate o al tablero que a mí, la mirada del único ojo perdida de pronto.
Juega Cf6.
No niega nada. También eso entonces. Ramón tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
Un Ford verde para en la esquina de la plaza. Los dos lo miramos y en nuestros ojos se debaten la neutralidad y el odio. Juego Cc3. Sabemos, pienso, que no es para nosotros, que no puede ser para nosotros, que cuando llegue el Ford que nos está destinado no nos va a dar tiempo de mucho. Pienso en Paco aceptando ir regalado a Mendoza con la pastilla lista, en Juan que quizá no llegue a irse por el río, de nuevo en Vicky -el camisón, la Halcón y la risa en la terraza, en su elección-, pienso en el ridículo 22 que tengo en la cintura y que sólo garantiza que, si tiro a tiempo, no me agarren vivo. No digo nada.
Él: g6.
Yo: Af4
Mirá a tu alrededor, dice mientras el único ojo que le queda en la cara se le extravía hacía afuera, ¿tu crees que si soy quien tu imaginás que soy sirve para algo decirlo ahora, acá?
Mirá, repite. Señala con la quijada el baúl del Ford que se aleja.
¿Y si no es?, me pregunto, ¿Y si no es más que un viejo maltratado, con algunos tornillos flojos, un acento extrañísimo y un vago parecido con ese otro al que no quiero dar por muerto?, ¿y si yo también estoy perdiendo el sentido de realidad?
Parece que me escucha.
Si soy, y te juro que no lo sé si, dice, ¿no sirvo más muerto?
Juega Ag7.
Muerto, pienso. Comparo al muerto heroico con este viejo desdentado, tuerto, un poco loco que juega al ajedrez con guantes de cuero marrón. Disipo la comparación agitando la cabeza. Juego e3.
¿El Gigante sabrá?, intento.
Se ríe.
Ni tantito así, dice con todo y el gesto.
Hay que escribirlo, entonces. Publicarlo.
Algún día, si soy quien vos suponés, y yo también, a veces, en ciertas pesadillas.
Ahora, me exaspero porque sé que mi tiempo se acaba.
La guerra es larga, responde sin apuro.
Usted pensaba que había que apurarse.
Sí, pero ya ves.
Af5.
Silencio.
Miro al tablero como a un extraño. Recuerdo la hora, la cita, la compañera sola, desesperada, con dos hijos y sin contactos, a Lilia que me espera para tomar el tren.
Juego Db3, pero enseguida me arrepiento y le ofrezco tablas aunque ya no sea mi turno. Acepta.
Hablo sabiendo que voy a irme con todas las preguntas sin hacer: si no volvemos a vernos, le digo, sepa que fue un gusto haber charlado con usted otra vez.
Claro, claro, me responde como si de pronto hubiera dejado de entender mis palabras. Como si ya no tuvieran, para él, sentido o importancia.
Me alejo un paso y otro. Varios metros. Entonces paro en seco y vuelvo. Todavía está frente al tablero, observando cómo quedaron distribuidas las piezas. Cuando me ve volver juega b6.
Hay que despertarlos, digo, recuerde: no siempre hay que esperar que se den todas las condiciones.
Su nombre, pienso, ese nombre.
No, dice bajando la voz, no alcanza, no sirve; no así.
No sé si habla conmigo o con el juego. Somos dos viejos en una plaza de un pueblito de la Provincia de Buenos Aires frente a un tablero de ajedrez. Sólo dos viejos. Dos viejos solos. Siento crecer la desesperación y hago un último intento.
¿Cómo, Comandante, cómo?
Levanta el guante de cuero marrón y señala al cielo gris. Yo casi presiento lo que va a decir. Adivino que el movimiento de la mano demarca un espacio de 330 mil kilómetros cuadrados en algún lugar de Asia. Señala, su mano, sonrisas ambiguas, pisadas nocturnas en la selva húmeda, espaldas maternas cargando obuses, una bandera roja flameando sobre Hué bajo una lluvia incesante de napalm; pero también soldados -rubios y negros- soldados gringos en cualquier caso, volviendo a casa dentro de una bolsa de plástico, bajo una bandera de rayas y estrellas; la derrota mayúscula, las grietas que empiezan a abrirse en el mayor imperio que recuerde la humanidad.
Hay que crear uno, dos, tres, dice.
Muchos.

domingo, 23 de mayo de 2010

APUNTES PARA UNA NOTA NUNCA ESCRITA SOBRE ROSS MACDONALD

Al final no me puse a escribir el articulito sobre Ross MacDonald que me había prometido.
Aprovecho, entonces, que el blog admite el work in progress, los borradores, apuntes sueltos y demás textos inacabados y voy con algunas anotaciones escritas a mano alzada, como si estuviera apuntando ideas en un cuaderno de tapas anaranjadas.


1- Salió (y me compré y leí de un tirón, claro) El expediente Archer, los cuentos reunidos del detective de RM, con una excelente nota introductoria de Fresán y un minucioso identik del detective hecho por Tom Nolan.

2- Así fue que descubrí (o recordé) que sólo falta un libro de MacDonald en mi biblioteca, uno sólo sin leer: Costa Barbara. Y entré en una furiosa campaña por NO conseguirlo, NO comprarlo, NO leerlo. Todavía. Quiero dejar esa despedida para otro momento.
Siempre queda la relectura, claro (debo haber leído El caso Galton una docena de veces), pero...

3- MacDonald es, sin duda, el espíritu santo en la tríada católica-policial. El número 11 de la delantera del equipo del hardboiled.
Quiero decir, el Lenin de la literatura negra, el tercer busto en la bandera: Hammett (Marx), Chandler (Engles) y MacDonald. O mejor: Spade, Marlowe, Archer.
El resto está en discución y cada uno pondrá el nombre que quiera (yo, por ejemplo, soy fan de los más pesutis de los muchachos: Goodis, Thompson, Giovanni, Himes), pero el que sentó las bases del género -y a la vez el que contiene a sus mejores exponentes- sigue siendo ese tridente ofensivo formado Dash, Ray y Ross.

4- Hammett es el más imprevisible de los tres, una suerte de Garrincha, cuya gambeta es la violencia. En las novelas de Marlowe, en cambio, ya hay yeites, el más notorio de los cuales es que los asesinos son mujeres. De la misma manera, en las de Archer la clave para la resolución del caso siempre está 15 o 20 años atrás, cuando una o varias personas cambiaron sus nombres o se dieron por muertas sin estarlo o escondieron un crimen suplantando personalidades.

5- En momento de El martillo azul, última novela de la saga, Archer llega a la conclusión de que todos somos culpables. Ese podría ser un gran título, pienso, para las obras completas de MacDonald.

6- Lo cierto, es que MacDonald escribió el mismo libro una y otra vez, dice el escritor Geroge Pelecanos, pero ese es un gran libro.

7- Y el asunto es que ese gran libro, además, nos interpela a los argentinos, habla con nuestra historia. Quiero decir, en este país en el que Julio López sigue desaparecido, en el que asesinaron a puñaladas a Silvia Suppo, nadie mejor que el bueno de Archer para investigar, por ejemplo, el caso de Felipe y Marcela, los hijos apropiados por la dueña del Imperio Clarín.
Aunque finalmente descubra que todos somos culpables.

Buenos Aires, 23 de mayo de 2010.

jueves, 20 de mayo de 2010

EN EL COMIENZO FUE EL TIGRE

(artículo incluído en el # 6 de la revista Juguetes Rabiosos y en mi libro Postales Rabiosas y otros juguetes inesperadamentre literarios)


La historia de nuestras lecturas personales es, acaso, la historia de grandes comienzos. En el comienzo, se sabe, fue El Verbo.

Pensemos, por ejemplo, en un lugar de La Mancha que prefiero no nombrar o en el fantasma que recorre Europa o que cuando tenía catorce años me inició en los afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz o en que ayer murió mamá. Pensemos que hace cinco años, cuando el Gobernador decidió expulsar a Larsen de nuestra provincia, alguien profetizó, en broma e improvisando, su retorno o en esa ilustración, vista a los seis años sobre la selva virgen o en eso que me pongo a cantar al compás de mi vigüela o en el día que, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía recordó cuando su padre lo llevó a conocer el hielo. Pensemos en que todo empezó por un error o en el año, al final del verano, en el que vivíamos en una casa de un pueblo que, más allá del río y la llanura miraba las montañas o en la mañana en que Gregorio Samsa amaneció convertido en un monstruoso insecto. Y así podríamos seguir.

Bueno, de todos los comienzos que pueblan mis lecturas, el que está más cerca de mi corazón dice así: La noche del 20 de diciembre de 1849, un violentísimo huracán se había desatado sobre Mompracem isla salvaje de siniestra fama, situada sobre el mar de Malasia, a pocos centenares de millas de las costas de Borneo.

El libro de ese comienzo, regalo de uno de mis padres, significó al menos tres comienzos: 1- de mi biblioteca personal, 2- de mi afición a la lectura, 3- de mis ilusiones de ser escritor. Fue leyéndolo que deseé por primera vez dedicarme a escribir. Quería esa magia.

Se pregunta el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II: ¿qué puede ser más subversivo que un adolescente de Buenos Aires leyendo Sandokán y sintiéndose durante dos horas un príncipe malayo? O, porqué no, un niñito porteño imaginando que es un escritor italiano de fines del siglo XIX.

Aquél libro fundacional -una edición hermosa de Edival- Alfredo Ortels, con tapas duras e ilustraciones que, bastante maltratado, todavía conservo- traía como prólogo una breve reseña biográfica del autor.

Recuerdo o imagino que el niño que una vez fui mezclaba confusamente aquellas ilustraciones de Sandokán con el rostro, desconocido para nosotros, de Emilio Salgari, igual que mezclaba el prólogo biográfico con aquella historia tremenda y salvaje de amor, coraje, honor, entrega y lealtades, esas páginas que nos entretenían pero también inflamaban nuestros espíritus de ansias de justicia y que contenían, sin que lo supiéramos, una ética que no nos abandonaría nunca; y soñaba con ser ese tipo atormentado, de barba espesa y pelo abundante y desprolijo, sentado junto a una ventana, fumando un cigarro tras otro, bebiendo (sangre o licor, bebe, Tigre de la Malasia, porque la embriaguez es la felicidad, le dirá Salgari a su héroe) y escribiendo febrilmente a la luz de una vela, con una pluma por él mismo templada hasta que, vencido por la locura de su mujer y la miseria, se suicida con un cuchillo en el barranco donde antes solía recoger flores con sus hijos. Y que al escribir su última carta escupe a sus editores: vi salutto spezzando a penna.

Si como escribió una vez el Gordo Soriano quizá todo sea tan simple como que nos parecemos a las primeras historias que nos contaron, es probable que, más que ningún otro libro, Los Tigres de Mompracem haya forjado a varias generaciones de lectores. Dice Taibo II: el impacto más grande de esas lecturas de la infancia fue Salgari y Sandokán. Pues al cabo Sandokán era de izquierda, el gran jefe antiimperialista: a los ingleses hay que joderlos, hundirles los barcos, abajo el Imperio. Nadie que se haya educado en Sandokán puede ser adepto al libre comercio o tener simpatías por la política exterior norteamericana.

Y aún había –hay- algo más en aquellas páginas. Salgari mismo nos da una clave: el secreto de la popularidad de un escritor está en contar lo que el lector querría ser. Como escribió Andrés Rivera: no confundir lo real con la verdad. No quienes somos, sino quienes nos hubiese gustado ser: el enceguecedor sol de la Aventura destruyendo el cono de sombras del Realismo. Quienes querríamos ser. La literatura como máquina utópica, como generadora de éticas, como declaración de principios: la amistad perfecta, el amor incorruptible, la lealtad blindada, el coraje, la rebelión.

¿Qué puede haber más subversivo?

Una cosa es segura: sin pretenderse literatura comprometida, sin declamaciones, justificaciones autobiográficas ni panfletos, Salgari y su Sandokán –Sandokán sí, pero también y a veces más aún, Giro-Batol, Jiuko, Araña de Mar. Patán y, por supuesto, Yánez- nos dieron por el camino de la Aventura, mucho más que entretenimiento. El niño que yo era intuyó lo que el tipo que ahora soy cree: que eso debería ser, eso debería ofrecernos, siempre la literatura.

Buenos Aires, diciembre de 2006

martes, 11 de mayo de 2010

domingo, 9 de mayo de 2010

LOS MUERTOS (un cuento)


(Publicado originalmente en el número 33 de la revista Sudestada, en octubre de 2004, este cuento forma parte de Entonces sólo la noche)


“Sólo entonces comprendí que morir es
no estar nunca más con los amigos.”

Gabriel García Márquez

Me desperté hace un rato, muy temprano. Sin vestirme, sin mirar la esbelta desnudez del cuerpo de Irina, dejo la suavidad arrugada de la cama -los pliegues que las horas allí dormidas y las pasiones nocturnas marcaron en las sábanas violetas- tratando de no hacer ningún ruido ni movimiento brusco que la despierte, menos por consideración a su sueño que por ganas, necesidad casi, de estar solo.
Con el sonido de la lluvia como música de fondo, como banda sonora de las seis de la mañana de este domingo de verano, empiezo un inventario de la habitación, de los objetos que pueblan el living de este departamento al que me mudé ayer, que hará las veces de mi nueva casa. Hay un sillón grande, mullido, en el que me aplasto. Hay una mesa ratona con platos, restos de comida, una botella de vino vacía, cubiertos sucios, dos copas usadas, un vaso limpio. Hay un equipo de música y un montón de CDs tirados en el suelo. Hay un florero, con una única flor. Hay varias cajas llenas de libros, mi mejor tesoro, acaso el único. Hay una botella de Johnny Walker Etiqueta Azul sin abrir, que me regaló el Vasco, arriba de una de las cajas. Hay dos valijas, con ropa. Hay un ventilador de techo ronroneante para el húmedo calor de un día cualquiera de verano.
Hay una computadora sobre un escritorio, junto a un gran ventanal con una vista espléndida del lado caro de La Ciudad.
Hay un gato, que me trajo Irina ayer -para tu nueva casa, dijo, me pareció mejor que regalarte una planta-, junto con las dos botellas de vino que tomamos en la cena. Me acerco al equipo de música y pongo un disco, bajito para no despertar a Irina y para que Piazzolla se mezcle dulcemente con el sonido de las gotas contra la ventana. El primer tema es Ausencia.
Sobre una de las valijas hay una bolsa con una vasta pila de cartas de Kaplán, el israelí demente. Viejas cartas de cuando, una vez más, nos habíamos ido de La Ciudad por distintos rumbos y soñábamos con volver, una época en que nos escribíamos dos o tres cartas mensuales y cultivábamos la amistad epistolar, ese diálogo diferido en el papel. Tomo la primera de la pila y leo: «Afortunadamente hay mentiras bienintencionadas que quedan en pie: que el espíritu puede evadirse y ser libre y creador y sensible, que el futuro es territorio virgen, la venganza posible, el tiempo mucho y generoso, que la ignorancia no es invencible y el amor de una mujer puede superar todas las miserias, que uno es la retaguardia de sus amigos.» »Si, Nietzsche, lo que no me mata me fortalece, Ay, Frederich, ay, lo que no me aniquila me deja parapléjico.» »De pie nosotros, los muertos.»
»El fantasma de mi espíritu sigue soñando con matar a dios; con poner al odio en el trono, al odio que es justicia.
Me estiro hasta la botella de whisky, la destapo y sirvo un poco en el vaso limpio pero no bebo todavía, juego con el liquido ambarino y traslúcido, dejo que mis fosas nasales se dilaten y se llenen del aroma de los quince años y la inmensa sabiduría de los escoceses.
Al gato le gusto. Se sube al sillón y se acomoda contra mi pierna de forma tal que puedo llegar hasta el vaso -ahora sí, tomo un trago, que calienta la lengua y entumece los sentidos- y él dormir sin molestarnos.
Se podría llamar Lönnrot, propuso Irina cuando lo trajo. No sé, dije, Lumpen me gusta más
Y así creo que se va a llamar: Lumpen. Un homenaje a los años pasados, a los días de furiosas peleas en el Docke, cuando todos éramos aún jóvenes e inmortales y el fracaso de nuestros planes, que nos había dejado sin norte, nos invitaba a cualquier aventura, siempre que fuera peligrosa y sin sentido.
Un gato implica un lugar al que llegar, o mejor: un lugar al que volver, dijo Irina, que empieza a apostar, a invertir.
Yo pensé mejor ni lo intentes, nena, no es mucho lo queda, Lala no dejó nada en pie; pero no lo dije Un gato puede ser un hogar, sugirió.
Y es cierto, pienso ahora mientras lo acaricio. Un gato puede ser un hogar, lo más parecido a una patria que puedo concebir.
Patria y Hogar, pienso, sólo me falta Dios.
Me río.
Después decido que mejor voy a hacer mate y me dejo de whisky y boludeces.
La alfombra, los muebles y los almohadones son blancos, las paredes anaranjadas. El gato -que es chiquito y de un color que no llego a definir, un color que con elegancia, con paso gatuno, se escapa de mi percepción cromática- me sigue a la cocina.
Pongo a calentar el agua, saco el equipo completo del segundo estante de la despensa y preparo el ritual: lleno el mate en tres cuartas partes, lo sacudo boca abajo para despojarlo de los restos de polvo, después hago la isla en una mitad y agrego agua tibia en la otra; cuando la yerba se hincha clavo la bombilla en diagonal y espero que el agua termine de calentarse, un poco antes del punto de hervor.
El ventanal que da a la Avenida General Lanza, me llama. Con el termo bajo el brazo y el mate en la mano, como un uruguayo, me paro muy cerca del ventanal casi tocando el vidrio, y mis ojos se llenan de La Ciudad que se despereza y amanece: el Hipódromo, el Campo de Polo, la anchísima Avenida ladeada por edificios altos y curiosamente bellos, el enredado de los cables telefónicos y las seis de la mañana del domingo vistos desde el piso diecisiete. El cielo empieza a aclarase, a perder el denso azul de la noche a favor de un gris acerado, como de plata bruñida. El lado caro de La Ciudad tiene hasta un cielo mejor, pienso, mientras cuento las estrellas que, pese a la llovizna, quedan rezagadas en este amanecer de enero. Cebo el primer mate, espumoso y caliente. Una chupada larga me devuelve la certeza tantas veces confirmada: esta es la bebida perfecta, una bebida con alma, que, como el whisky, se bebe con la lengua y el paladar y guarda su sentido último en el reflejo que deja en el final de la garganta.
Saco un puñado de cartas de la bolsa y vuelvo a ese diálogo de fantasmas. Tomo mate y leo párrafos de cartas de hace varios años atrás.
Un muerto escribe.
Un muerto lee
Acá un muerto con mi nombre, algunos recuerdos, unos pocos gestos, el eco de mi voz.
Allá un muerto del que nunca pude hacer luto: el isarelí demente, el Perro ventrílocuo de Dios, la última línea de defensa.
En medio -entre esas cartas y esta noche- los días salvajes, los cambios de piel, los repetidos exilios y regresos, las mujeres, los desencuentros, su desprecio, mi odio, la tristeza, la realidad. Las tristezas de la realidad.
Y es leyendo que cedo a la tentación. El gato me sigue hasta el escritorio y se echa al lado de mis pies, yo me siento frente a la computadora y la enciendo. Como decíamos ayer, escribo.
Recomenzar, escribo después, esa es la palabra, como le gustaba repetir a un gran amigo nuestro.
Escribo, escribo. Escribo sabiendo que es inútil.
Un muerto escribe.
El fantasma del tipo que yo era hace diez años, imita el gesto y las formas de aquellas cartas y escribe. Un muerto lee.
La sombra que mi memoria refleja del tipo que él era hace diez años lee.
Borro todo lo escrito y la pantalla vuelve a ser blanca, como los almohadones, la alfombra, el sillón
Leo otra carta de la pila. Al terminarla, tomo la siguiente. Y leo.
Sonrío a esas páginas de sabrosa conversación, trato de dialogar con aquel que las escribió, pero él me ignora. Y hace bien; está hablando con su amigo y en esa charla yo sobro.
Leo: «No sé muy bien que decir, camarada.» Me gustaría volver a una noche perfecta. Me gustaría estar sentado, bajo una lluvia torrencial, en la esquina de Santa María y Anchorena, en la puerta del almacén de la griega, justo en la ochava. Me gustaría estar tomando cerveza de la botella, escuchando la lluvia, alerta a la presencia de la policía. Y me gustaría decirte, esta vez sí, que te voy a extrañar cuando me vaya nuevamente de La Ciudad, que me vas a preocupar y alegrar, que me vas a seguir acompañando todos los días, que ninguna posibilidad de paliza en un Docke desierto parece muy grave si vos estás cerca.» Es curioso que uno esté preparado, que tome como algo natural la ruptura con la que creyó la mujer de su vida, pero nos cueste tanto digerir que una amistad puede perderse así como así, entre la noche y la nada. Ya fue dicho: las tristezas de la realidad.
Recuerdo que para terminar una discusión, la última, uno de los dos dijo pongamos sobre esto un manto de piadoso silencio, por los amigos que una vez fuimos.
Los amigos que una vez fuimos, escribo ahora
Escribo: una vez fuimos merecedores de esa amistad perfecta, blindada, y eso, Kaplán, es mucho más de lo que casi todos los mortales pueden decir. Después, escribo, dejamos de merecerla.
¿Para qué, o mejor, por qué esta carta, entonces?
Para tratar de volver, pienso.
Volver, escribo.
Pienso que ese y no otro es el gran sueño de lo imposible.
Volver, esa es la Utopía que estamos persiguiendo desde hace tantos años, sin resultado.
Volver. Volver al barrio, a los días mejores, a una noche perfecta, con la frente marchita, vencido a la casita de mis viejos. Volver y ser millones. Volver para repetir las horas o para corregirlas.
Volver.
Utopía, No hay tal lugar.
Le escribo a un muerto, escribo entonces.
El muerto que habita en mí me dicta palabras para que se las escriba al amigo que le dice, desde una hoja poblada por los hermosos caracteres de una Underwood prehistórica, leída mil veces, gastada por años del roce de los dedos y los vasos y los dobleces: «De pie nosotros, los muertos.» Y no escribo lo que me dicta sino esto que lees, escribo. Quizá buscando entrelíneas, escribo, se podría encontrar al menos el eco de su voz.
Pero no escribo lo que él me dicta sino estas líneas de mierda, escribo, entre las cuales, si enviara esta carta, vos no vas a dejar que el muerto que te habita lea lo que su amigo -desde un departamentito en la calle Gascón, años atrás, borracho de alcohol y confusión y libros y el amor de una mujer de rulos- le dice, y que ni vos ni yo podemos entender.
Probablemente veas en esta carta la retórica de un traidor, de un imbécil, de un muerto, escribo. No serías extraño, ya casi nada nos une y hay sólo nueve palabras en estas páginas que tienen alguna importancia, escribo, el resto es vacuidad.
Un muerto escribe.
Un muerto lee.
Me gustaría no recibir nunca respuesta, ni acuse de recibo, ni nada, que tires esta carta a la mierda ni bien termines de leerla y vuelvas a tus cosas; escribo sabiendo ya que nunca la voy a imprimir, que nunca la voy a mandar,. Buenos días, dice Irina, parece que madrugamos hoy. Tiene los ojos lagañosos e hinchados, el pelo revuelto, la boca tumefacta de quien recién se despierta; sube el volumen de la música. El gato se estira a mis pies y el pulso intenso de Libertango se estira por todo el departamento, crece y lo llena
Hola, contesto, querés un mate?
No, dice, no todavía.
Me cebo otro entonces y sin guardar lo escrito, sin imprimirlo, sin seguir siquiera los pasos correctos, apago urgido la computadora y las voces del pasado. Más allá del ventanal, el día muestra su rostro; más acá, los muertos ocultan el suyo.

sábado, 8 de mayo de 2010

BOLONQUI, lo nuevo de Leo Oyola: el fin del mundo en 1910


Una aventura fantástica al ritmo de un campeonato de truco y del lunfardo, en una Buenos Aires arrabalera donde hasta el más pintao se tiene que preparar para enfrentar el fin del mundo.
Buenos Aires prepara el festejo del Centenario: se engalanan los edificios, se arreglan los jardines y plazas, se reciben importantes visitas de Europa… y sin embargo, la noticia más impactante del momento es el inminente choque del Cometa Halley con la Tierra.
Por eso, el 18 de mayo de 1910, la gran mayoría de los habitantes de la ciudad está convencida de que pasa sus últimas horas. Se ponen su mejor ropa y se preparan para el final.
En el conventillo en donde vive con sus tíos, Arístides Gandolfi no está dispuesto a morir y ver morir a su familia, así que junto con su amigo Amleto Vergiati y su perro Nicolita salen a la búsqueda de un lugar para refugiarse. Pero los refugios salen caros en esos días, entonces primero hay que conseguir el dinero. Una larga noche los espera y hasta el diablo en persona se acerca a los barrios bajos de la ciudad para ajustar sus cuentas en la última noche.