domingo, 23 de mayo de 2010

APUNTES PARA UNA NOTA NUNCA ESCRITA SOBRE ROSS MACDONALD

Al final no me puse a escribir el articulito sobre Ross MacDonald que me había prometido.
Aprovecho, entonces, que el blog admite el work in progress, los borradores, apuntes sueltos y demás textos inacabados y voy con algunas anotaciones escritas a mano alzada, como si estuviera apuntando ideas en un cuaderno de tapas anaranjadas.


1- Salió (y me compré y leí de un tirón, claro) El expediente Archer, los cuentos reunidos del detective de RM, con una excelente nota introductoria de Fresán y un minucioso identik del detective hecho por Tom Nolan.

2- Así fue que descubrí (o recordé) que sólo falta un libro de MacDonald en mi biblioteca, uno sólo sin leer: Costa Barbara. Y entré en una furiosa campaña por NO conseguirlo, NO comprarlo, NO leerlo. Todavía. Quiero dejar esa despedida para otro momento.
Siempre queda la relectura, claro (debo haber leído El caso Galton una docena de veces), pero...

3- MacDonald es, sin duda, el espíritu santo en la tríada católica-policial. El número 11 de la delantera del equipo del hardboiled.
Quiero decir, el Lenin de la literatura negra, el tercer busto en la bandera: Hammett (Marx), Chandler (Engles) y MacDonald. O mejor: Spade, Marlowe, Archer.
El resto está en discución y cada uno pondrá el nombre que quiera (yo, por ejemplo, soy fan de los más pesutis de los muchachos: Goodis, Thompson, Giovanni, Himes), pero el que sentó las bases del género -y a la vez el que contiene a sus mejores exponentes- sigue siendo ese tridente ofensivo formado Dash, Ray y Ross.

4- Hammett es el más imprevisible de los tres, una suerte de Garrincha, cuya gambeta es la violencia. En las novelas de Marlowe, en cambio, ya hay yeites, el más notorio de los cuales es que los asesinos son mujeres. De la misma manera, en las de Archer la clave para la resolución del caso siempre está 15 o 20 años atrás, cuando una o varias personas cambiaron sus nombres o se dieron por muertas sin estarlo o escondieron un crimen suplantando personalidades.

5- En momento de El martillo azul, última novela de la saga, Archer llega a la conclusión de que todos somos culpables. Ese podría ser un gran título, pienso, para las obras completas de MacDonald.

6- Lo cierto, es que MacDonald escribió el mismo libro una y otra vez, dice el escritor Geroge Pelecanos, pero ese es un gran libro.

7- Y el asunto es que ese gran libro, además, nos interpela a los argentinos, habla con nuestra historia. Quiero decir, en este país en el que Julio López sigue desaparecido, en el que asesinaron a puñaladas a Silvia Suppo, nadie mejor que el bueno de Archer para investigar, por ejemplo, el caso de Felipe y Marcela, los hijos apropiados por la dueña del Imperio Clarín.
Aunque finalmente descubra que todos somos culpables.

Buenos Aires, 23 de mayo de 2010.

jueves, 20 de mayo de 2010

EN EL COMIENZO FUE EL TIGRE

(artículo incluído en el # 6 de la revista Juguetes Rabiosos y en mi libro Postales Rabiosas y otros juguetes inesperadamentre literarios)


La historia de nuestras lecturas personales es, acaso, la historia de grandes comienzos. En el comienzo, se sabe, fue El Verbo.

Pensemos, por ejemplo, en un lugar de La Mancha que prefiero no nombrar o en el fantasma que recorre Europa o que cuando tenía catorce años me inició en los afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz o en que ayer murió mamá. Pensemos que hace cinco años, cuando el Gobernador decidió expulsar a Larsen de nuestra provincia, alguien profetizó, en broma e improvisando, su retorno o en esa ilustración, vista a los seis años sobre la selva virgen o en eso que me pongo a cantar al compás de mi vigüela o en el día que, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía recordó cuando su padre lo llevó a conocer el hielo. Pensemos en que todo empezó por un error o en el año, al final del verano, en el que vivíamos en una casa de un pueblo que, más allá del río y la llanura miraba las montañas o en la mañana en que Gregorio Samsa amaneció convertido en un monstruoso insecto. Y así podríamos seguir.

Bueno, de todos los comienzos que pueblan mis lecturas, el que está más cerca de mi corazón dice así: La noche del 20 de diciembre de 1849, un violentísimo huracán se había desatado sobre Mompracem isla salvaje de siniestra fama, situada sobre el mar de Malasia, a pocos centenares de millas de las costas de Borneo.

El libro de ese comienzo, regalo de uno de mis padres, significó al menos tres comienzos: 1- de mi biblioteca personal, 2- de mi afición a la lectura, 3- de mis ilusiones de ser escritor. Fue leyéndolo que deseé por primera vez dedicarme a escribir. Quería esa magia.

Se pregunta el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II: ¿qué puede ser más subversivo que un adolescente de Buenos Aires leyendo Sandokán y sintiéndose durante dos horas un príncipe malayo? O, porqué no, un niñito porteño imaginando que es un escritor italiano de fines del siglo XIX.

Aquél libro fundacional -una edición hermosa de Edival- Alfredo Ortels, con tapas duras e ilustraciones que, bastante maltratado, todavía conservo- traía como prólogo una breve reseña biográfica del autor.

Recuerdo o imagino que el niño que una vez fui mezclaba confusamente aquellas ilustraciones de Sandokán con el rostro, desconocido para nosotros, de Emilio Salgari, igual que mezclaba el prólogo biográfico con aquella historia tremenda y salvaje de amor, coraje, honor, entrega y lealtades, esas páginas que nos entretenían pero también inflamaban nuestros espíritus de ansias de justicia y que contenían, sin que lo supiéramos, una ética que no nos abandonaría nunca; y soñaba con ser ese tipo atormentado, de barba espesa y pelo abundante y desprolijo, sentado junto a una ventana, fumando un cigarro tras otro, bebiendo (sangre o licor, bebe, Tigre de la Malasia, porque la embriaguez es la felicidad, le dirá Salgari a su héroe) y escribiendo febrilmente a la luz de una vela, con una pluma por él mismo templada hasta que, vencido por la locura de su mujer y la miseria, se suicida con un cuchillo en el barranco donde antes solía recoger flores con sus hijos. Y que al escribir su última carta escupe a sus editores: vi salutto spezzando a penna.

Si como escribió una vez el Gordo Soriano quizá todo sea tan simple como que nos parecemos a las primeras historias que nos contaron, es probable que, más que ningún otro libro, Los Tigres de Mompracem haya forjado a varias generaciones de lectores. Dice Taibo II: el impacto más grande de esas lecturas de la infancia fue Salgari y Sandokán. Pues al cabo Sandokán era de izquierda, el gran jefe antiimperialista: a los ingleses hay que joderlos, hundirles los barcos, abajo el Imperio. Nadie que se haya educado en Sandokán puede ser adepto al libre comercio o tener simpatías por la política exterior norteamericana.

Y aún había –hay- algo más en aquellas páginas. Salgari mismo nos da una clave: el secreto de la popularidad de un escritor está en contar lo que el lector querría ser. Como escribió Andrés Rivera: no confundir lo real con la verdad. No quienes somos, sino quienes nos hubiese gustado ser: el enceguecedor sol de la Aventura destruyendo el cono de sombras del Realismo. Quienes querríamos ser. La literatura como máquina utópica, como generadora de éticas, como declaración de principios: la amistad perfecta, el amor incorruptible, la lealtad blindada, el coraje, la rebelión.

¿Qué puede haber más subversivo?

Una cosa es segura: sin pretenderse literatura comprometida, sin declamaciones, justificaciones autobiográficas ni panfletos, Salgari y su Sandokán –Sandokán sí, pero también y a veces más aún, Giro-Batol, Jiuko, Araña de Mar. Patán y, por supuesto, Yánez- nos dieron por el camino de la Aventura, mucho más que entretenimiento. El niño que yo era intuyó lo que el tipo que ahora soy cree: que eso debería ser, eso debería ofrecernos, siempre la literatura.

Buenos Aires, diciembre de 2006

martes, 11 de mayo de 2010

Ahora sí: llegó LO QUE NO FUE


Gracias, Cristina Cifuentes Bayo

domingo, 9 de mayo de 2010

LOS MUERTOS (un cuento)


(Publicado originalmente en el número 33 de la revista Sudestada, en octubre de 2004, este cuento forma parte de Entonces sólo la noche)


“Sólo entonces comprendí que morir es
no estar nunca más con los amigos.”

Gabriel García Márquez

Me desperté hace un rato, muy temprano. Sin vestirme, sin mirar la esbelta desnudez del cuerpo de Irina, dejo la suavidad arrugada de la cama -los pliegues que las horas allí dormidas y las pasiones nocturnas marcaron en las sábanas violetas- tratando de no hacer ningún ruido ni movimiento brusco que la despierte, menos por consideración a su sueño que por ganas, necesidad casi, de estar solo.
Con el sonido de la lluvia como música de fondo, como banda sonora de las seis de la mañana de este domingo de verano, empiezo un inventario de la habitación, de los objetos que pueblan el living de este departamento al que me mudé ayer, que hará las veces de mi nueva casa. Hay un sillón grande, mullido, en el que me aplasto. Hay una mesa ratona con platos, restos de comida, una botella de vino vacía, cubiertos sucios, dos copas usadas, un vaso limpio. Hay un equipo de música y un montón de CDs tirados en el suelo. Hay un florero, con una única flor. Hay varias cajas llenas de libros, mi mejor tesoro, acaso el único. Hay una botella de Johnny Walker Etiqueta Azul sin abrir, que me regaló el Vasco, arriba de una de las cajas. Hay dos valijas, con ropa. Hay un ventilador de techo ronroneante para el húmedo calor de un día cualquiera de verano.
Hay una computadora sobre un escritorio, junto a un gran ventanal con una vista espléndida del lado caro de La Ciudad.
Hay un gato, que me trajo Irina ayer -para tu nueva casa, dijo, me pareció mejor que regalarte una planta-, junto con las dos botellas de vino que tomamos en la cena. Me acerco al equipo de música y pongo un disco, bajito para no despertar a Irina y para que Piazzolla se mezcle dulcemente con el sonido de las gotas contra la ventana. El primer tema es Ausencia.
Sobre una de las valijas hay una bolsa con una vasta pila de cartas de Kaplán, el israelí demente. Viejas cartas de cuando, una vez más, nos habíamos ido de La Ciudad por distintos rumbos y soñábamos con volver, una época en que nos escribíamos dos o tres cartas mensuales y cultivábamos la amistad epistolar, ese diálogo diferido en el papel. Tomo la primera de la pila y leo: «Afortunadamente hay mentiras bienintencionadas que quedan en pie: que el espíritu puede evadirse y ser libre y creador y sensible, que el futuro es territorio virgen, la venganza posible, el tiempo mucho y generoso, que la ignorancia no es invencible y el amor de una mujer puede superar todas las miserias, que uno es la retaguardia de sus amigos.» »Si, Nietzsche, lo que no me mata me fortalece, Ay, Frederich, ay, lo que no me aniquila me deja parapléjico.» »De pie nosotros, los muertos.»
»El fantasma de mi espíritu sigue soñando con matar a dios; con poner al odio en el trono, al odio que es justicia.
Me estiro hasta la botella de whisky, la destapo y sirvo un poco en el vaso limpio pero no bebo todavía, juego con el liquido ambarino y traslúcido, dejo que mis fosas nasales se dilaten y se llenen del aroma de los quince años y la inmensa sabiduría de los escoceses.
Al gato le gusto. Se sube al sillón y se acomoda contra mi pierna de forma tal que puedo llegar hasta el vaso -ahora sí, tomo un trago, que calienta la lengua y entumece los sentidos- y él dormir sin molestarnos.
Se podría llamar Lönnrot, propuso Irina cuando lo trajo. No sé, dije, Lumpen me gusta más
Y así creo que se va a llamar: Lumpen. Un homenaje a los años pasados, a los días de furiosas peleas en el Docke, cuando todos éramos aún jóvenes e inmortales y el fracaso de nuestros planes, que nos había dejado sin norte, nos invitaba a cualquier aventura, siempre que fuera peligrosa y sin sentido.
Un gato implica un lugar al que llegar, o mejor: un lugar al que volver, dijo Irina, que empieza a apostar, a invertir.
Yo pensé mejor ni lo intentes, nena, no es mucho lo queda, Lala no dejó nada en pie; pero no lo dije Un gato puede ser un hogar, sugirió.
Y es cierto, pienso ahora mientras lo acaricio. Un gato puede ser un hogar, lo más parecido a una patria que puedo concebir.
Patria y Hogar, pienso, sólo me falta Dios.
Me río.
Después decido que mejor voy a hacer mate y me dejo de whisky y boludeces.
La alfombra, los muebles y los almohadones son blancos, las paredes anaranjadas. El gato -que es chiquito y de un color que no llego a definir, un color que con elegancia, con paso gatuno, se escapa de mi percepción cromática- me sigue a la cocina.
Pongo a calentar el agua, saco el equipo completo del segundo estante de la despensa y preparo el ritual: lleno el mate en tres cuartas partes, lo sacudo boca abajo para despojarlo de los restos de polvo, después hago la isla en una mitad y agrego agua tibia en la otra; cuando la yerba se hincha clavo la bombilla en diagonal y espero que el agua termine de calentarse, un poco antes del punto de hervor.
El ventanal que da a la Avenida General Lanza, me llama. Con el termo bajo el brazo y el mate en la mano, como un uruguayo, me paro muy cerca del ventanal casi tocando el vidrio, y mis ojos se llenan de La Ciudad que se despereza y amanece: el Hipódromo, el Campo de Polo, la anchísima Avenida ladeada por edificios altos y curiosamente bellos, el enredado de los cables telefónicos y las seis de la mañana del domingo vistos desde el piso diecisiete. El cielo empieza a aclarase, a perder el denso azul de la noche a favor de un gris acerado, como de plata bruñida. El lado caro de La Ciudad tiene hasta un cielo mejor, pienso, mientras cuento las estrellas que, pese a la llovizna, quedan rezagadas en este amanecer de enero. Cebo el primer mate, espumoso y caliente. Una chupada larga me devuelve la certeza tantas veces confirmada: esta es la bebida perfecta, una bebida con alma, que, como el whisky, se bebe con la lengua y el paladar y guarda su sentido último en el reflejo que deja en el final de la garganta.
Saco un puñado de cartas de la bolsa y vuelvo a ese diálogo de fantasmas. Tomo mate y leo párrafos de cartas de hace varios años atrás.
Un muerto escribe.
Un muerto lee
Acá un muerto con mi nombre, algunos recuerdos, unos pocos gestos, el eco de mi voz.
Allá un muerto del que nunca pude hacer luto: el isarelí demente, el Perro ventrílocuo de Dios, la última línea de defensa.
En medio -entre esas cartas y esta noche- los días salvajes, los cambios de piel, los repetidos exilios y regresos, las mujeres, los desencuentros, su desprecio, mi odio, la tristeza, la realidad. Las tristezas de la realidad.
Y es leyendo que cedo a la tentación. El gato me sigue hasta el escritorio y se echa al lado de mis pies, yo me siento frente a la computadora y la enciendo. Como decíamos ayer, escribo.
Recomenzar, escribo después, esa es la palabra, como le gustaba repetir a un gran amigo nuestro.
Escribo, escribo. Escribo sabiendo que es inútil.
Un muerto escribe.
El fantasma del tipo que yo era hace diez años, imita el gesto y las formas de aquellas cartas y escribe. Un muerto lee.
La sombra que mi memoria refleja del tipo que él era hace diez años lee.
Borro todo lo escrito y la pantalla vuelve a ser blanca, como los almohadones, la alfombra, el sillón
Leo otra carta de la pila. Al terminarla, tomo la siguiente. Y leo.
Sonrío a esas páginas de sabrosa conversación, trato de dialogar con aquel que las escribió, pero él me ignora. Y hace bien; está hablando con su amigo y en esa charla yo sobro.
Leo: «No sé muy bien que decir, camarada.» Me gustaría volver a una noche perfecta. Me gustaría estar sentado, bajo una lluvia torrencial, en la esquina de Santa María y Anchorena, en la puerta del almacén de la griega, justo en la ochava. Me gustaría estar tomando cerveza de la botella, escuchando la lluvia, alerta a la presencia de la policía. Y me gustaría decirte, esta vez sí, que te voy a extrañar cuando me vaya nuevamente de La Ciudad, que me vas a preocupar y alegrar, que me vas a seguir acompañando todos los días, que ninguna posibilidad de paliza en un Docke desierto parece muy grave si vos estás cerca.» Es curioso que uno esté preparado, que tome como algo natural la ruptura con la que creyó la mujer de su vida, pero nos cueste tanto digerir que una amistad puede perderse así como así, entre la noche y la nada. Ya fue dicho: las tristezas de la realidad.
Recuerdo que para terminar una discusión, la última, uno de los dos dijo pongamos sobre esto un manto de piadoso silencio, por los amigos que una vez fuimos.
Los amigos que una vez fuimos, escribo ahora
Escribo: una vez fuimos merecedores de esa amistad perfecta, blindada, y eso, Kaplán, es mucho más de lo que casi todos los mortales pueden decir. Después, escribo, dejamos de merecerla.
¿Para qué, o mejor, por qué esta carta, entonces?
Para tratar de volver, pienso.
Volver, escribo.
Pienso que ese y no otro es el gran sueño de lo imposible.
Volver, esa es la Utopía que estamos persiguiendo desde hace tantos años, sin resultado.
Volver. Volver al barrio, a los días mejores, a una noche perfecta, con la frente marchita, vencido a la casita de mis viejos. Volver y ser millones. Volver para repetir las horas o para corregirlas.
Volver.
Utopía, No hay tal lugar.
Le escribo a un muerto, escribo entonces.
El muerto que habita en mí me dicta palabras para que se las escriba al amigo que le dice, desde una hoja poblada por los hermosos caracteres de una Underwood prehistórica, leída mil veces, gastada por años del roce de los dedos y los vasos y los dobleces: «De pie nosotros, los muertos.» Y no escribo lo que me dicta sino esto que lees, escribo. Quizá buscando entrelíneas, escribo, se podría encontrar al menos el eco de su voz.
Pero no escribo lo que él me dicta sino estas líneas de mierda, escribo, entre las cuales, si enviara esta carta, vos no vas a dejar que el muerto que te habita lea lo que su amigo -desde un departamentito en la calle Gascón, años atrás, borracho de alcohol y confusión y libros y el amor de una mujer de rulos- le dice, y que ni vos ni yo podemos entender.
Probablemente veas en esta carta la retórica de un traidor, de un imbécil, de un muerto, escribo. No serías extraño, ya casi nada nos une y hay sólo nueve palabras en estas páginas que tienen alguna importancia, escribo, el resto es vacuidad.
Un muerto escribe.
Un muerto lee.
Me gustaría no recibir nunca respuesta, ni acuse de recibo, ni nada, que tires esta carta a la mierda ni bien termines de leerla y vuelvas a tus cosas; escribo sabiendo ya que nunca la voy a imprimir, que nunca la voy a mandar,. Buenos días, dice Irina, parece que madrugamos hoy. Tiene los ojos lagañosos e hinchados, el pelo revuelto, la boca tumefacta de quien recién se despierta; sube el volumen de la música. El gato se estira a mis pies y el pulso intenso de Libertango se estira por todo el departamento, crece y lo llena
Hola, contesto, querés un mate?
No, dice, no todavía.
Me cebo otro entonces y sin guardar lo escrito, sin imprimirlo, sin seguir siquiera los pasos correctos, apago urgido la computadora y las voces del pasado. Más allá del ventanal, el día muestra su rostro; más acá, los muertos ocultan el suyo.

sábado, 8 de mayo de 2010

BOLONQUI, lo nuevo de Leo Oyola: el fin del mundo en 1910


Una aventura fantástica al ritmo de un campeonato de truco y del lunfardo, en una Buenos Aires arrabalera donde hasta el más pintao se tiene que preparar para enfrentar el fin del mundo.
Buenos Aires prepara el festejo del Centenario: se engalanan los edificios, se arreglan los jardines y plazas, se reciben importantes visitas de Europa… y sin embargo, la noticia más impactante del momento es el inminente choque del Cometa Halley con la Tierra.
Por eso, el 18 de mayo de 1910, la gran mayoría de los habitantes de la ciudad está convencida de que pasa sus últimas horas. Se ponen su mejor ropa y se preparan para el final.
En el conventillo en donde vive con sus tíos, Arístides Gandolfi no está dispuesto a morir y ver morir a su familia, así que junto con su amigo Amleto Vergiati y su perro Nicolita salen a la búsqueda de un lugar para refugiarse. Pero los refugios salen caros en esos días, entonces primero hay que conseguir el dinero. Una larga noche los espera y hasta el diablo en persona se acerca a los barrios bajos de la ciudad para ajustar sus cuentas en la última noche.

lunes, 12 de abril de 2010

UNAS POSTALES DEL BOXEO (otra de archivo + 2 bonus track)

Por supuesto -gracias Dash, una vez más- desde Cosecha Roja es casi impensable el género negro sin una buena escena del deporte de las piñas. Pero hay más. En el prólogo a Los lanzallamas, por ejemplo, Roberto Arlt define su fe literaria: hay que escribir en orgullosa soledad, libros que encierren la violencia de un cross a la mandíbula. La elección de la imagen no es casual. Practicado por Hemingway, Castillo y el propio Arlt; seguido con devoción por Bukowski, Marechal, Maeterlinck, Cortazar, Mailer, Conan Doyle y tantos otros; el boxeo es -por condición trágica, por simbología y por otras razones más difíciles de aprehender- el deporte de la literatura.

La Batalla de Manila
Son negros, norteamericanos, ex medalla de oro de los juegos olímpicos, bravucones y orgullosos. Tienen en común el talento, el coraje y la velocidad endemoniada en las manos. Saben bien, desde hace tiempo, que el Otro es el gran obstáculo a superar y se enfrentaran tres veces. Uno llama a su oponente mono feo; éste le responde donde más le duele a un convertido al Islam: lo llama por su nombre occidental, Clay.
Muhamad Alí, antes conocido como Cassius Clay, es un negro claro, alto, bonito, de brazos largos, un jab profundo y prácticamente infranqueable, tiene en su juego de piernas y en su asombrosa capacidad para lanzar combinaciones de golpes los argumentos para ganar por demolición. Un golpe y otro y otro, ninguno de nocaut por si mismo, pero precisos, filosos. Su poesía lo define: flota como una mariposa, pica como una avispa, dice.
Joe Smoking Frazier, (de quien el Papa Juan Pablo II dirá después que era un boxeador mediocre, lo que habla a las claras de su talento: la Iglesias Católica, se sabe, se equivoca siempre) es negro como la noche cerrada, tiene una cara que parece tallada en algarrobo, es bajo para peso pesado y usa, por lo tanto, guardia cruzada y pasos laterales para acortar la distancia, lo que lo lleva a pelear empujando siempre hacia delante, bajo la guardia de sus rivales. Él no opera por demolición, no hay golpes de tanteo en su boxeo, cada uno tenía intención asesina, su principal arma es el gancho de izquierda. Un ejemplo de su poética: no quiero dejar nocaut a mi adversario; quiero dar un golpe, retroceder y comprobar cuanto duele: es su corazón lo que busco, dice.
Hubiesen sido grandes de cualquier manera, que se hayan enfrentado los transformó en los más grandes. Alguien definió esas peleas como combates entre un mandril y un leopardo.
Ahora estamos en la tercera (habían ganado una cada uno), en octubre de 1975, la Batalla de Manila. Probablemente la pelea más excitante de toda la historia del boxeo.
Pasaron 14 rounds devastadores, los dos están muy golpeados –Alí casi sin piernas ni aire, Frazier con los dos ojos totalmente cerrados y su rostro transformado en una mascara de espanto- ya dejaron lo mejor de sí y un poco más, cuando el gong los manda sus rincones para el descanso antes del ultimo round.
Se sientan en los banquitos y hablan.
Alí respira pesadamente y dice que no puede más, que se rinde, que eso es todo.
Smoking Joe, los ojos cerrados, trata de adivinar donde está su entrenador, que le moja el rostro y dice: faltan sólo tres minutos, lo tengo.
Angelo Dundee, entrenador de Alí, reclama un esfuerzo más: sólo te pido que te pongas de pie, dice.
Eddie Futch, entrenador de Frazier le dice que todo terminó, que no lo va a dejar salir, que esos tres últimos minutos pueden matarlo, que igual están perdiendo por puntos y que ya nada va a cambiar lo hizo hasta ahí: entraste para siempre en la historia del boxeo, muchacho, entraron juntos, nadie puede dar tanto como que diste esta noche, dice.
No puedo, contesta Alí.
Dejame salir, por favor, ruega tras las lágrimas que escapan de los ojos cerrados Frazier.
Sólo te pido que te pongas de pie, dice Dundee.
Terminó, Joe, terminó, dice Futch.
La suerte está echada.
Smoking Joe, la mano de Futch en su pecho, se queda sentado; Alí, la mano de Dundee en su espalda, se para con sus últimas fuerzas y al ver que Frazier no sale intenta levantar los brazos. Y se derrumba. El derrotado llora en un rincón; en el otro el vencedor, tirado en el suelo, susurra gracias a Dios esto terminó, Joe, somos libres.
Sus nombres estarán por siempre indisolublemente unidos.

El ciego y el niño
Todos tenemos un abuelo, me dice Cristian, la historia de un abuelo. Nadie de nuestra generación tendría que tener una crisis de escritor con las historias de nuestros abuelos.
Levantamos la mano y pedimos más Fernet.
Me cuenta del suyo. Estaba casi ciego y sin embargo no se le escapaba casi nada, dice. Era cuidador del gimnasio del Luna. El Ciego Quiroga, evoca Cristian, todos lo conocían.
Es junio del año más oscuro de la década del 70. Cuando la anécdota sucede estamos en los días previos al enfrentamiento, que unificará el título de los medianos, entre Rodrigo Rocky Valdez y Carlos Monzón, el mejor boxeador argentino y, por esos días, pareja de la fantasía sexual de todos, Susana la Mary Giménez. El gimnasio del Luna, por lo tanto, es un hervidero de admiradores, buscas y cholulos.
El Ciego Quiroga escucha la vocecita del nene que trata de pasar al gimnasio, ve apenas el contorno de la silueta, el verde de la campera y el resplandor rubio del pelo que intuye con flequillo; puede tener, calcula Quiroga, cuatro o cinco años.
Usted, le dice, a dónde va.
El nene de flequillo rubio y campera verde dice que tiene que entrar, que adentro está su papá. No hay duda en su voz.
Y quién es su papá, si se puede saber, pregunta divertido Quiroga.
Ahora duda, el nene, piensa que el Ciego debe conocer al hijo de campeonísimo Carlos Monzón. Opta entonces, por hablar del otro.
De Valdez, dice.
Qué Valdez, repregunta el Ciego. Piensa hasta dónde llegará ese niño. Se imagina que el verdadero padre estará afuera, esperándolo mientras el nene trata de colarse a ver de cerca a sus héroes y recuerda a su propio padre con ternura.
Rocky, contesta el nene, segurísimo.
No Rodrigo, Rocky.
El Ciego Quiroga entonces lo deja pasar riendo. Y se queda pensando qué no será capaz de inventar de grande este nene que con cuatro o cinco años dice con total convicción, acento porteño y flequillo rubio, que es el hijo de un boxeador colombiano y negro, del que ni siquiera sabe el nombre de pila.

El Huracán
¿Por dónde se empieza a contar una historia que fue contada tantas veces, una historia que fue canción, libro, dedicatoria, película?
Quizá haya que contar lo que pasó antes y después. Caminar alrededor de la historia. Por los lados. Como quien trata de pelear con una tipo con mayor alcance de brazos: guardia cruzada, pasos laterales. Esa sería una forma.
A ver, empecemos después del final: Toronto, 1996, la policía detiene a un hombre de 59 años porque lo confunde con un narcotraficante.
Soy sospechoso por ser negro, grita el hombre que siente que todo se repite.
No.
¿Y si probamos contando aquello que pasó antes del principio, antes de la tragedia y la historia grande tantas veces contada? El mismo hombre, boxeador profesional y treinta años más joven está en la Argentina, pelea en Rosario contra Juan Carlos Rivero. Pierde por puntos, en diez rounds. La derrota no lo inquieta demasiado: al volver a USA lo esperan para firmar el contrato que lo hará pelear por el título mundial. Pero no habrá tal cosa, esa derrota en la provincia de Santa Fé será su último combate.
Pero no, tampoco.
¿Cuál es la historia, entonces?
Poco tiempo después de la pelea contra Rivero, una noche cualquiera, mientras pasea con un amigo en su Dodge por Patersom, New Jersey, unos cuantos policías blancos les gritan que salgan del auto, que están detenidos y entonces Rubin The Hurracane Carter acusado del asesinato de tres personas será condenado a muerte, luego conmutada a prisión perpetua y pasará diecinueve años preso por un crimen que no cometió.
Esa sería la historia.
Y esa historia fue canción. La escribió Bob Dylan.
Pusieron en la cárcel al hombre que una vez pudo ser campeón del mundo, cantó con voz nasal.
Esta historia fue libro, El Round 16. Lo escribió el mismo Carter.
Yo era pura agresión, peleaba porque amaba pelear, se lee ahí.
Esta historia fue dedicatoria cuando Alí, en las Vegas, le ganó a Ron Lyle.
Esta victoria es para Carter, dijo.
Esta historia fue también película, Hurricane, mediocremente actuada por Denzel Washington.
Y ahora, bueno, ahora la historia es postal.

París era una fiesta
Me doy cuenta de que pronunciación en español consternaría a cualquier foníatra, dice el tipo. Es argentino, alto, flaco, tiene barba espesa, enormes ojos claros y en su acento porteño la erre patina graciosamente. Recuerda que, allá por 1951, recién llegado a París trabajaba como “speaker” de las Actualités Française, en español, para Latinoamérica.
Y cuenta: La culpa la tuvo, además de mi mala pronunciación, el ingeniero de sonido, porque yo tenía que relatar un match de box y me pidió que lo hiciera con gran entusiasmo, como si estuviera en el ring side…
Una sonrisa le achica apenas los grandes ojos claros al recordar: Y el box para mí, ya se sabe… Bueno, me entusiasmé de tal manera viendo las imágenes, que el resultado fue que no se entendió ni una palabra…
Vuelve a reír tras la barba espesa, Julio Cortazar, antes de rematar: Entonces llegó una carta del concesionario de México, diciendo que si no dejaban inmediatamente en la calle a ese “speaker” ellos se borraban de las Actualidades. Y eso me costó el empleo.




Bonus Track 1: un video de Joe Frazier, el Jim Thompson del boxeo, grandioso, violentísimo y trágico, hasta en la derrota
:






Bonus Track 2: segundo apartado de Perros sueltos, séptimo capítulo de Que de lejos parecen moscas.

Apoyó el codo en el suelo y sacudió la cabeza. Un sudor frío, metálico, le bajaba desde la nuca. Veía, más que nada, luces: luces rojas, amarillas, y unas delgadísimas rayitas azul-verdosas. Empezó a recorrer el lugar con la vista, que le hacia la broma de duplicarlo y borronearlo todo, tratando de encontrar alguna pista que ayudara.
Nada.
Los gestos desencajados y las cámaras se desdibujaban amenazantes, una morocha vestida de blanco parecía tener cuatro tetas, una cabeza calva se transformaba en dos.
Luces, luces, gritos, luces.
Finalmente, y no sin poco esfuerzo, logró enfocar un brazo que se balanceaba delante suyo y un rostro.
Y los números: tres, cuatro, cinco.
Se paró intentando parecer seguro y casi lo logró pese a lo vidrioso de los ojos, a lo extraviado de la mirada.
Seis, siete.
Comenzó entonces, de a poco -primero un pie, después el otro- a bailotear mientras procuraba recordar en qué round estaba.
Ocho.
El hombrecito calvo de camisa celeste terminó la cuenta de protección y, al tiempo que le sopesaba las manos enguantadas en los Corti de doce onzas, le preguntó si podía seguir.
Martínez mordió el protector, movió la cabeza afirmativamente y recordó: quinto round.
Avanzó como pudo y como pudo trató de mantenerse lejos de las cuerdas, cerca del centro del ring. Metió, incluso, un par de buenas manos antes de que el gong lo mandara a su rincón.
No pasó nada, pibe, si no nos desesperamos la ganamos igual, lo alentó su entrenador. Un tipo enorme de tupido pelo gris, dientes amarillos y una nariz que denunciaba un pasado de ganchos al hígado y nocauts.
Heredia, que así se llamaba, le puso vaselina sobre la ceja derecha y siguió: boxéalo, mantenlo lejos con la zurda y suma golpes buenos.
Vamos a boxearlo, insistió retomando el plural, que es lo mejor que tenemos y lo más flojo que tiene el coso ese.
Después terminó de envaselinarlo, le volvió a poner el protector en la boca y repitió: vamos a boxearlo. Pero mientras le hablaba al púgil buscaba un rostro en el ring-side.
Martínez asintió sin mirar a Heredia, prometiéndose para después de la pelea a la morocha del vestido blanco que ahora sostenía sobre su cabeza un cartel que decía seis. Las putitas de la noche anterior en el bar de don Luís no habían aplacado su deseo.
Campana.
El sexto round fue rápido y fácil, bastante como los primeros cuatro -bastante como tiene que ser, pensó Heredia desde el rincón- con Martínez acertando los mejores golpes y el tucumano Santos buscándolo inútilmente.
Quizá todo haya sido un susto, pensó Heredia.
Mucho más tranquilo, casi como si la caída hubiese sido un mal chiste, recibió sonriente Martínez mojándole la cara con un esponjazo. Le pidió que siguieran así, que lo mantuviera lejos con la izquierda y pegaran sólo cuando iban sobre seguro.
Así lo sacamos por puntos, dijo y volvió a mojarle la cara pensando menos en los rounds restantes que en la próxima pelea, las posibilidades de llegar al título y tener por primera vez un pupilo campeón.
La morocha salió con el cartel con el número siete y cuando pasó junto Martínez le guiñó un ojo y le regaló una sonrisa capaz de incendiar el paraíso. El vestido tenía un tajo largo que dejaba asomar la pierna izquierda y el generoso escote mostraba, desvergonzado, el busto generoso. Estaba un poco demasiado maquillada y tenía una mirada acechante, ávida de una oportunidad que probablemente no llegaría.
El séptimo comenzó como una continuación del round anterior; Martínez ganó el centro del ring y mantuvo al tucumano Santos a distancia durante dos minutos y medio.
Hasta que marró un golpe.
Entonces Santos vio el hueco y fue una andanada de combinaciones homicidas: ganchos, rectos, cross. Heredia empezó a transpirar, nervioso.
Este es un negocio sucio, se dijo, como si no lo supiera, como si hubiera llegado ayer al boxeo profesional. Le dije a Machi que me trajera un paquetito, pensó, que un par de peleas más y estamos para ir por el título y me trae a este bestia -se interrumpió para gritarle al Perro que salieran de ahí, que sacaran la zurda- a este bestia que tiene una piña demoledora y que, o no le avisaron que todavía no es su hora o le avisaron pero llegó acá, vio las luces, las tribunas repletas, las cámaras de televisión, todas las putitas y decidió hacerse el Rocky.
Campana.
Cuidémonos, no salgas a matar o morir que es el juego de él. Vamos a salir a boxearlo que lo sacamos por puntos, repitió Heredia.
Cuidate, carajo, rugió.
La morocha sacó a pasear el cartel con el número ocho y Martínez ni la miró.
Los dos peleadores llegaron al centro del ring sabiendo que ese sería el último round: Santos tenía claro que por puntos perdía y que era el más golpeado, Martínez que no podía aguantar tres rounds como el anterior. Heredia también supo, no necesitó más que verlos pararse a los dos, mirar como agitaban la cabeza antes de salir y la forma de cada uno de encarar en centro del ring, para saber.
Machi y la puta madre que te parió, pensó. Pensó: no te lo voy a perdonar nunca.
Hugo Martínez, a quien todo el mundo llamaba el Bulldog, avanzó tirando con todo lo que tenía: el alma, los puños, las ganas, el hambre. El hombrecito de la cabeza calva tuvo que advertirlo por un golpe bajo primero, después por un cabezazo.
Era curioso, parecía que de repente -nunca se habían visto antes de ese día, nunca volverían a verse después- hubieran empezado a odiarse, aunque ese enemistad fuera a disiparse ni bien terminara la pelea. No era deporte ya, era odio en estado puro.
Y en eso estaban, cruzando golpes tan feroces como desprovistos de técnica, cuando sonó el puñetazo seco, brutal, definitivo y las cámaras mostraron una y otra vez, desde distintos ángulos y a distintas velocidades, el cuerpo cayendo, vencido.
El hombrecito de la camisa celeste podría haber contado hasta cien, hasta doscientos, hasta mil. Hasta diez mil.
Pasarían cerca de quince minutos hasta que el caído, ya en su vestuario, recuperara el conocimiento en los brazos de su entrenador y supiera.
Mientras tanto, en el vestuario del ganador, el otro entrenador reía a carcajadas, tras una botella de cerveza, sudado, en medio de un grupo de amigotes. Mientras se escuchaba una voz que, por teléfono, combinaba la próxima pelea.
Sí, a Morales lo quiero... Te dije que no podía perder... En un mes más o menos... Sí, Coco, haceme caso, arreglá todo con Alejandro... Bueno, bueno, te llamo el miércoles, decía el señor Machi -el dinero de las apuestas en el bolsillo- justo en el momento en que, bajo la ducha, el tucumano Santos se aferraba a la cabeza de la morocha, que tenía el vestido empapado y levantado por encima de la cintura, y le acababa en la boca.