lunes, 12 de abril de 2010

UNAS POSTALES DEL BOXEO (otra de archivo + 2 bonus track)

Por supuesto -gracias Dash, una vez más- desde Cosecha Roja es casi impensable el género negro sin una buena escena del deporte de las piñas. Pero hay más. En el prólogo a Los lanzallamas, por ejemplo, Roberto Arlt define su fe literaria: hay que escribir en orgullosa soledad, libros que encierren la violencia de un cross a la mandíbula. La elección de la imagen no es casual. Practicado por Hemingway, Castillo y el propio Arlt; seguido con devoción por Bukowski, Marechal, Maeterlinck, Cortazar, Mailer, Conan Doyle y tantos otros; el boxeo es -por condición trágica, por simbología y por otras razones más difíciles de aprehender- el deporte de la literatura.

La Batalla de Manila
Son negros, norteamericanos, ex medalla de oro de los juegos olímpicos, bravucones y orgullosos. Tienen en común el talento, el coraje y la velocidad endemoniada en las manos. Saben bien, desde hace tiempo, que el Otro es el gran obstáculo a superar y se enfrentaran tres veces. Uno llama a su oponente mono feo; éste le responde donde más le duele a un convertido al Islam: lo llama por su nombre occidental, Clay.
Muhamad Alí, antes conocido como Cassius Clay, es un negro claro, alto, bonito, de brazos largos, un jab profundo y prácticamente infranqueable, tiene en su juego de piernas y en su asombrosa capacidad para lanzar combinaciones de golpes los argumentos para ganar por demolición. Un golpe y otro y otro, ninguno de nocaut por si mismo, pero precisos, filosos. Su poesía lo define: flota como una mariposa, pica como una avispa, dice.
Joe Smoking Frazier, (de quien el Papa Juan Pablo II dirá después que era un boxeador mediocre, lo que habla a las claras de su talento: la Iglesias Católica, se sabe, se equivoca siempre) es negro como la noche cerrada, tiene una cara que parece tallada en algarrobo, es bajo para peso pesado y usa, por lo tanto, guardia cruzada y pasos laterales para acortar la distancia, lo que lo lleva a pelear empujando siempre hacia delante, bajo la guardia de sus rivales. Él no opera por demolición, no hay golpes de tanteo en su boxeo, cada uno tenía intención asesina, su principal arma es el gancho de izquierda. Un ejemplo de su poética: no quiero dejar nocaut a mi adversario; quiero dar un golpe, retroceder y comprobar cuanto duele: es su corazón lo que busco, dice.
Hubiesen sido grandes de cualquier manera, que se hayan enfrentado los transformó en los más grandes. Alguien definió esas peleas como combates entre un mandril y un leopardo.
Ahora estamos en la tercera (habían ganado una cada uno), en octubre de 1975, la Batalla de Manila. Probablemente la pelea más excitante de toda la historia del boxeo.
Pasaron 14 rounds devastadores, los dos están muy golpeados –Alí casi sin piernas ni aire, Frazier con los dos ojos totalmente cerrados y su rostro transformado en una mascara de espanto- ya dejaron lo mejor de sí y un poco más, cuando el gong los manda sus rincones para el descanso antes del ultimo round.
Se sientan en los banquitos y hablan.
Alí respira pesadamente y dice que no puede más, que se rinde, que eso es todo.
Smoking Joe, los ojos cerrados, trata de adivinar donde está su entrenador, que le moja el rostro y dice: faltan sólo tres minutos, lo tengo.
Angelo Dundee, entrenador de Alí, reclama un esfuerzo más: sólo te pido que te pongas de pie, dice.
Eddie Futch, entrenador de Frazier le dice que todo terminó, que no lo va a dejar salir, que esos tres últimos minutos pueden matarlo, que igual están perdiendo por puntos y que ya nada va a cambiar lo hizo hasta ahí: entraste para siempre en la historia del boxeo, muchacho, entraron juntos, nadie puede dar tanto como que diste esta noche, dice.
No puedo, contesta Alí.
Dejame salir, por favor, ruega tras las lágrimas que escapan de los ojos cerrados Frazier.
Sólo te pido que te pongas de pie, dice Dundee.
Terminó, Joe, terminó, dice Futch.
La suerte está echada.
Smoking Joe, la mano de Futch en su pecho, se queda sentado; Alí, la mano de Dundee en su espalda, se para con sus últimas fuerzas y al ver que Frazier no sale intenta levantar los brazos. Y se derrumba. El derrotado llora en un rincón; en el otro el vencedor, tirado en el suelo, susurra gracias a Dios esto terminó, Joe, somos libres.
Sus nombres estarán por siempre indisolublemente unidos.

El ciego y el niño
Todos tenemos un abuelo, me dice Cristian, la historia de un abuelo. Nadie de nuestra generación tendría que tener una crisis de escritor con las historias de nuestros abuelos.
Levantamos la mano y pedimos más Fernet.
Me cuenta del suyo. Estaba casi ciego y sin embargo no se le escapaba casi nada, dice. Era cuidador del gimnasio del Luna. El Ciego Quiroga, evoca Cristian, todos lo conocían.
Es junio del año más oscuro de la década del 70. Cuando la anécdota sucede estamos en los días previos al enfrentamiento, que unificará el título de los medianos, entre Rodrigo Rocky Valdez y Carlos Monzón, el mejor boxeador argentino y, por esos días, pareja de la fantasía sexual de todos, Susana la Mary Giménez. El gimnasio del Luna, por lo tanto, es un hervidero de admiradores, buscas y cholulos.
El Ciego Quiroga escucha la vocecita del nene que trata de pasar al gimnasio, ve apenas el contorno de la silueta, el verde de la campera y el resplandor rubio del pelo que intuye con flequillo; puede tener, calcula Quiroga, cuatro o cinco años.
Usted, le dice, a dónde va.
El nene de flequillo rubio y campera verde dice que tiene que entrar, que adentro está su papá. No hay duda en su voz.
Y quién es su papá, si se puede saber, pregunta divertido Quiroga.
Ahora duda, el nene, piensa que el Ciego debe conocer al hijo de campeonísimo Carlos Monzón. Opta entonces, por hablar del otro.
De Valdez, dice.
Qué Valdez, repregunta el Ciego. Piensa hasta dónde llegará ese niño. Se imagina que el verdadero padre estará afuera, esperándolo mientras el nene trata de colarse a ver de cerca a sus héroes y recuerda a su propio padre con ternura.
Rocky, contesta el nene, segurísimo.
No Rodrigo, Rocky.
El Ciego Quiroga entonces lo deja pasar riendo. Y se queda pensando qué no será capaz de inventar de grande este nene que con cuatro o cinco años dice con total convicción, acento porteño y flequillo rubio, que es el hijo de un boxeador colombiano y negro, del que ni siquiera sabe el nombre de pila.

El Huracán
¿Por dónde se empieza a contar una historia que fue contada tantas veces, una historia que fue canción, libro, dedicatoria, película?
Quizá haya que contar lo que pasó antes y después. Caminar alrededor de la historia. Por los lados. Como quien trata de pelear con una tipo con mayor alcance de brazos: guardia cruzada, pasos laterales. Esa sería una forma.
A ver, empecemos después del final: Toronto, 1996, la policía detiene a un hombre de 59 años porque lo confunde con un narcotraficante.
Soy sospechoso por ser negro, grita el hombre que siente que todo se repite.
No.
¿Y si probamos contando aquello que pasó antes del principio, antes de la tragedia y la historia grande tantas veces contada? El mismo hombre, boxeador profesional y treinta años más joven está en la Argentina, pelea en Rosario contra Juan Carlos Rivero. Pierde por puntos, en diez rounds. La derrota no lo inquieta demasiado: al volver a USA lo esperan para firmar el contrato que lo hará pelear por el título mundial. Pero no habrá tal cosa, esa derrota en la provincia de Santa Fé será su último combate.
Pero no, tampoco.
¿Cuál es la historia, entonces?
Poco tiempo después de la pelea contra Rivero, una noche cualquiera, mientras pasea con un amigo en su Dodge por Patersom, New Jersey, unos cuantos policías blancos les gritan que salgan del auto, que están detenidos y entonces Rubin The Hurracane Carter acusado del asesinato de tres personas será condenado a muerte, luego conmutada a prisión perpetua y pasará diecinueve años preso por un crimen que no cometió.
Esa sería la historia.
Y esa historia fue canción. La escribió Bob Dylan.
Pusieron en la cárcel al hombre que una vez pudo ser campeón del mundo, cantó con voz nasal.
Esta historia fue libro, El Round 16. Lo escribió el mismo Carter.
Yo era pura agresión, peleaba porque amaba pelear, se lee ahí.
Esta historia fue dedicatoria cuando Alí, en las Vegas, le ganó a Ron Lyle.
Esta victoria es para Carter, dijo.
Esta historia fue también película, Hurricane, mediocremente actuada por Denzel Washington.
Y ahora, bueno, ahora la historia es postal.

París era una fiesta
Me doy cuenta de que pronunciación en español consternaría a cualquier foníatra, dice el tipo. Es argentino, alto, flaco, tiene barba espesa, enormes ojos claros y en su acento porteño la erre patina graciosamente. Recuerda que, allá por 1951, recién llegado a París trabajaba como “speaker” de las Actualités Française, en español, para Latinoamérica.
Y cuenta: La culpa la tuvo, además de mi mala pronunciación, el ingeniero de sonido, porque yo tenía que relatar un match de box y me pidió que lo hiciera con gran entusiasmo, como si estuviera en el ring side…
Una sonrisa le achica apenas los grandes ojos claros al recordar: Y el box para mí, ya se sabe… Bueno, me entusiasmé de tal manera viendo las imágenes, que el resultado fue que no se entendió ni una palabra…
Vuelve a reír tras la barba espesa, Julio Cortazar, antes de rematar: Entonces llegó una carta del concesionario de México, diciendo que si no dejaban inmediatamente en la calle a ese “speaker” ellos se borraban de las Actualidades. Y eso me costó el empleo.




Bonus Track 1: un video de Joe Frazier, el Jim Thompson del boxeo, grandioso, violentísimo y trágico, hasta en la derrota
:






Bonus Track 2: segundo apartado de Perros sueltos, séptimo capítulo de Que de lejos parecen moscas.

Apoyó el codo en el suelo y sacudió la cabeza. Un sudor frío, metálico, le bajaba desde la nuca. Veía, más que nada, luces: luces rojas, amarillas, y unas delgadísimas rayitas azul-verdosas. Empezó a recorrer el lugar con la vista, que le hacia la broma de duplicarlo y borronearlo todo, tratando de encontrar alguna pista que ayudara.
Nada.
Los gestos desencajados y las cámaras se desdibujaban amenazantes, una morocha vestida de blanco parecía tener cuatro tetas, una cabeza calva se transformaba en dos.
Luces, luces, gritos, luces.
Finalmente, y no sin poco esfuerzo, logró enfocar un brazo que se balanceaba delante suyo y un rostro.
Y los números: tres, cuatro, cinco.
Se paró intentando parecer seguro y casi lo logró pese a lo vidrioso de los ojos, a lo extraviado de la mirada.
Seis, siete.
Comenzó entonces, de a poco -primero un pie, después el otro- a bailotear mientras procuraba recordar en qué round estaba.
Ocho.
El hombrecito calvo de camisa celeste terminó la cuenta de protección y, al tiempo que le sopesaba las manos enguantadas en los Corti de doce onzas, le preguntó si podía seguir.
Martínez mordió el protector, movió la cabeza afirmativamente y recordó: quinto round.
Avanzó como pudo y como pudo trató de mantenerse lejos de las cuerdas, cerca del centro del ring. Metió, incluso, un par de buenas manos antes de que el gong lo mandara a su rincón.
No pasó nada, pibe, si no nos desesperamos la ganamos igual, lo alentó su entrenador. Un tipo enorme de tupido pelo gris, dientes amarillos y una nariz que denunciaba un pasado de ganchos al hígado y nocauts.
Heredia, que así se llamaba, le puso vaselina sobre la ceja derecha y siguió: boxéalo, mantenlo lejos con la zurda y suma golpes buenos.
Vamos a boxearlo, insistió retomando el plural, que es lo mejor que tenemos y lo más flojo que tiene el coso ese.
Después terminó de envaselinarlo, le volvió a poner el protector en la boca y repitió: vamos a boxearlo. Pero mientras le hablaba al púgil buscaba un rostro en el ring-side.
Martínez asintió sin mirar a Heredia, prometiéndose para después de la pelea a la morocha del vestido blanco que ahora sostenía sobre su cabeza un cartel que decía seis. Las putitas de la noche anterior en el bar de don Luís no habían aplacado su deseo.
Campana.
El sexto round fue rápido y fácil, bastante como los primeros cuatro -bastante como tiene que ser, pensó Heredia desde el rincón- con Martínez acertando los mejores golpes y el tucumano Santos buscándolo inútilmente.
Quizá todo haya sido un susto, pensó Heredia.
Mucho más tranquilo, casi como si la caída hubiese sido un mal chiste, recibió sonriente Martínez mojándole la cara con un esponjazo. Le pidió que siguieran así, que lo mantuviera lejos con la izquierda y pegaran sólo cuando iban sobre seguro.
Así lo sacamos por puntos, dijo y volvió a mojarle la cara pensando menos en los rounds restantes que en la próxima pelea, las posibilidades de llegar al título y tener por primera vez un pupilo campeón.
La morocha salió con el cartel con el número siete y cuando pasó junto Martínez le guiñó un ojo y le regaló una sonrisa capaz de incendiar el paraíso. El vestido tenía un tajo largo que dejaba asomar la pierna izquierda y el generoso escote mostraba, desvergonzado, el busto generoso. Estaba un poco demasiado maquillada y tenía una mirada acechante, ávida de una oportunidad que probablemente no llegaría.
El séptimo comenzó como una continuación del round anterior; Martínez ganó el centro del ring y mantuvo al tucumano Santos a distancia durante dos minutos y medio.
Hasta que marró un golpe.
Entonces Santos vio el hueco y fue una andanada de combinaciones homicidas: ganchos, rectos, cross. Heredia empezó a transpirar, nervioso.
Este es un negocio sucio, se dijo, como si no lo supiera, como si hubiera llegado ayer al boxeo profesional. Le dije a Machi que me trajera un paquetito, pensó, que un par de peleas más y estamos para ir por el título y me trae a este bestia -se interrumpió para gritarle al Perro que salieran de ahí, que sacaran la zurda- a este bestia que tiene una piña demoledora y que, o no le avisaron que todavía no es su hora o le avisaron pero llegó acá, vio las luces, las tribunas repletas, las cámaras de televisión, todas las putitas y decidió hacerse el Rocky.
Campana.
Cuidémonos, no salgas a matar o morir que es el juego de él. Vamos a salir a boxearlo que lo sacamos por puntos, repitió Heredia.
Cuidate, carajo, rugió.
La morocha sacó a pasear el cartel con el número ocho y Martínez ni la miró.
Los dos peleadores llegaron al centro del ring sabiendo que ese sería el último round: Santos tenía claro que por puntos perdía y que era el más golpeado, Martínez que no podía aguantar tres rounds como el anterior. Heredia también supo, no necesitó más que verlos pararse a los dos, mirar como agitaban la cabeza antes de salir y la forma de cada uno de encarar en centro del ring, para saber.
Machi y la puta madre que te parió, pensó. Pensó: no te lo voy a perdonar nunca.
Hugo Martínez, a quien todo el mundo llamaba el Bulldog, avanzó tirando con todo lo que tenía: el alma, los puños, las ganas, el hambre. El hombrecito de la cabeza calva tuvo que advertirlo por un golpe bajo primero, después por un cabezazo.
Era curioso, parecía que de repente -nunca se habían visto antes de ese día, nunca volverían a verse después- hubieran empezado a odiarse, aunque ese enemistad fuera a disiparse ni bien terminara la pelea. No era deporte ya, era odio en estado puro.
Y en eso estaban, cruzando golpes tan feroces como desprovistos de técnica, cuando sonó el puñetazo seco, brutal, definitivo y las cámaras mostraron una y otra vez, desde distintos ángulos y a distintas velocidades, el cuerpo cayendo, vencido.
El hombrecito de la camisa celeste podría haber contado hasta cien, hasta doscientos, hasta mil. Hasta diez mil.
Pasarían cerca de quince minutos hasta que el caído, ya en su vestuario, recuperara el conocimiento en los brazos de su entrenador y supiera.
Mientras tanto, en el vestuario del ganador, el otro entrenador reía a carcajadas, tras una botella de cerveza, sudado, en medio de un grupo de amigotes. Mientras se escuchaba una voz que, por teléfono, combinaba la próxima pelea.
Sí, a Morales lo quiero... Te dije que no podía perder... En un mes más o menos... Sí, Coco, haceme caso, arreglá todo con Alejandro... Bueno, bueno, te llamo el miércoles, decía el señor Machi -el dinero de las apuestas en el bolsillo- justo en el momento en que, bajo la ducha, el tucumano Santos se aferraba a la cabeza de la morocha, que tenía el vestido empapado y levantado por encima de la cintura, y le acababa en la boca.

sábado, 27 de marzo de 2010

50 PESOS (un cuento)

“Todo en orden. Todo en desorden”
M. Vázquez Montalbán


Como un truco de ilusionismo -ahora lo ves, ahora no lo ves- y sin que sea posible precisar el momento exacto en que ocurre, el inquietante anaranjado del atardecer se va transformando en un azul que promete una despejada y cálida noche de estrellas mientras Flores va dejando paso a Floresta y después a Villa Luro a medida que el taxi avanza por Alberdi.
Martín estira el brazo para parar al taxi que se acerca. El taxista lo estudia un poco -verifica el pelo rubio, los ojos claros, el gesto aburrido, se tranquiliza con el jean gastado y la camiseta blanca— y para.
Pola y Alberdi, dice Martín por sobre los ruidos de la ciudad que crecen desde la ventanilla y el murmullo de la radio, donde el locutor, justo después de una canción de Diego Torres, habla de un secuestro en Lugano. El verdoso color esperanza de la vida, seguido de un tipo encerrado en el baúl de un Chevrolet 400, en algún lugar de Avenida Roca.
En la esquina, a unos pocos metros, el semáforo enrojece. Después pasa de rojo a verde y el taxi gana velocidad, sobre el empedrado desparejo de Alberdi. La noche crece y el azul del cielo empieza a cumplir sus promesas.
La radio es Radio Diez. El Negro González Oro, o cualquier mierda de esos.
El taxista, un cincuentón de pelo canoso atado en una colita sobre la nuca rolliza, mira a Martín por el espejo retrovisor del que cuelgan un rosario, una cinta roja contra la mala suerte y el banderín de un equipo de fútbol cualquiera en el que se lee la palabra campeón. Tres formas de fe pendiendo del espejo retrovisor. Asiente a algo que dicen en la radio del secuestro en Lugano y agrega una frase corta, después de confirmar el pelo rubio y los ojos claros, corno si quisiera completar la idea con aquello que el COMFER no le permite a la emisora. Algo de los negros, dice. De los negros de mierda.
Martín, hijo de una misionera y un entrerriano, rubio de un dorado opaco que fácilmente se podría tomar por colorado y pobre de toda pobreza, sonríe escondido tras el gesto de aburrimiento propio de la clase media que tan bien sabe imitar. Piensa que es dos veces invisible. Pero no lo piensa en esos términos. Piensa, más bien, si supiera el gil éste.
El taxista asiente, casi como si fuera un reflejo físico, a lo que se dice en la radio: el locutor habla de la droga, de la marginalidad, de la inseguridad en que vive la Gente. Dice el locutor y el taxista asiente, que la policía está imposibilitada de defendernos -de defender a la Gente, dice en realidad-, que está atada de pies y manos porque los criminales entran por una puerta y salen por la otra.
Créeme, pibe, dice el taxista mientras lo mira por el espejo, cada día hay más crimen por culpa de la droga y de esas viejas hijas de puta, que con la cantinela de los derechos humanos no dejan actuar a la policía. Cada vez hay menos seguridad, dice mientras el taxi avanza por Alberdi, en la radio se repiten las mismas ideas y, por el retrovisor, mira con confianza el pelo rubio rojizo y los ojos verdes de Martín. Esto no pasaba con los milicos, cree. Con los milicos y con El Turco además, dice como si a alguien le importara, yo pude viajar a Miami. Yo, dice y se golpea el pecho con la palma de la mano, un simple laburante. Pero un laburante honesto, agrega, no como los delincuentes que defienden las viejas hijas de puta ésas. La culpa del crecimiento del crimen, insiste, la tienen esas viejas. Y la droga, claro.
Martín no lo aguanta más. Y no es que aquello le importe demasiado. Él no sabe, ni le interesa, nada acerca de la gente con mayúscula, ni de la inseguridad ni de las viejas de las que el taxista habla, pero está harto de escuchar boludeces y se muere por un pase y una birra fría.
Como si el locutor ése pudiera entender algo de la vida.
Como si el taxista, todo el día dando vueltitas por la ciudad en su coche nuevo —aire en verano, calefacción en invierno— supiera más que yo, piensa.
Como si Martín no supiera —él, que vive en una casilla diminuta y sin agua corriente, colgado de la luz y sin más gas que la garrafa que puede comprar de tanto en tanto- cuáles son los problemas. Como si no supiera que el problema no es toda la droga —ay, cuánto necesita un pase y una birrita, por favor— ni las viejas ésas de las que el taxista habla y que él no sabe ni quiénes son.
El verdadero problema son los bolivianos, los paraguayos y los peruanos, piensa Martín mientras mira por la ventanilla a una morocha de vestido corto y tacos altísimos muy parecida a la Joli, que masca chicle y espera en la esquina de Guardia Nacional. Ellos, piensa, trajeron el paco. Y el problema no son todas las drogas, el asunto es el paco, piensa. Cuando la cosa era porro, merca y pastas, reflexiona, estaba todo bajo control. Y además, resume, la miseria, la pobreza de nuestra gente se debe, sin duda, a todos esos bolitas, paraguayos y peruanos que vienen acá a robarnos el poco trabajo que hay.
Vuelve a mirar hacia la esquina de Guardia Nacional y en la bragueta de su jean gastado se inicia una erección urgente y dolorosa. Supone que la morocha de vestido corto debe ser peruana, como la Joli.
Todas putas las peruanas, piensa.
Un Franco haría falta acá, lo interrumpe el taxista, o un Castro.
Un pase, una birrita y un buen polvo con la Joli es lo que
haría falta, piensa Martín.
Tiene que correr mucha sangre en este país, pibe, le explica el taxista.
Mucha sangre, piensa Martín. Sangre, sí. Mucha.
Yo, que viví más que vos, que podría ser tu padre, propone el taxista, sé por qué te digo.
Mi padre, piensa Martín, mirá vos.
Finalmente llegan a la esquina indicada. Una esquina cualquiera que al Cancha le parece indicada, y entre el jean gastado y la camiseta blanca aparece el brillo de una .45.
El gesto de aburrimiento en su cara se transforma en ferocidad. ¿Ahora seguirá con su cantinela de las viejas y la droga, piensa y aprieta el caño de la .45 contra la nuca rolliza del taxista, o no dirá nada en absoluto el cagón hijo de puta éste?
Arranca, viejo de mierda, dice, el caño contra la nuca, y dobla a la izquierda.
El taxista se siente estafado. Estaba Llevando a un negro de mierda camuflado, piensa. Pero balbucea, en cambio: No, pibe, por favor, soy un laburante.
Sí, eso ya lo dijiste antes, dice Martín, seguí por ésta hasta el fondo y dame la plata.
La plata... ¿Por la plata es?, intenta el taxista.
Claro que es por la plata, ruge Martín, ¿por qué otra cosa va a ser?
El taxista intenta, ahora, un discurso tan obvio como el que estaba dando antes. Pero más conciliador.
Pensalo, pibe, dice. Soy un laburante, insiste. Tengo familia, agrega. Doce horas por día me paso acá arriba, se lamenta. Tengo cincuenta pesos, pibe, te los doy, si es por eso te los doy, dice. Pensalo, repite.
Martín piensa, entonces.
Piensa que él no consigue trabajo y que hace mucho dejó de buscarlo. Piensa que no tiene familia y que de cuando tenía sólo recuerda dos hermanos muertos, otros tres presos, una madre, cinto en mano, y un desfile de padrastros intercambiables.
Piensa que las horas de su vida gotean como una canilla rota. Minuto tras minuto, hora tras hora. Piensa que no tiene cincuenta pesos y que con cincuenta pesos puede pegar un papel, una birrita y echarse un polvo con la Joli. Que por cincuenta pesos se está jugando la vida, piensa.
El caño de la .45 golpea ahora la nuca del taxista acentuando las palabras: La plata, la concha de tu madre.
No, pibe, está bien; tené, tené, ruega el taxista mientras le da un puñado de billetes arrugados.
Y una vez más: Soy un laburante, no me vas a matar por cincuenta pesos, por favor, ¿o vale cincuenta pesos mi vida?
Martín, que tiene los billetes arrugados en el bolsillo, los billetes que significan un pase, una cerveza fría y un polvo, está dispuesto a bajarse, pero piensa, empezando una mueca que será sonrisa, que esta última pregunta merece una respuesta.
Sonríe, entonces, los dientes parejos, los ojos claros, el pelo rubio que bien podría confundirse con colorado, y hunde un poco más el caño de la .45 en la nuca rolliza. Responde con una frase corta en forma de pregunta, con la ferocidad dibujada en la sonrisa de dientes parejos. Una frase que, tras el estruendo, el taxista no lo llega a escuchar, mientras el parabrisas se enchastra de rojo. Y de restos.

(Si te gustó este cuento, podés encontrarlo en el libro Entonces sólo la noche)

lunes, 15 de marzo de 2010

LOS TRES NACIMIENTOS DE HECTOR BELASCOARÁN SHAYNE

-Intro
Para los que no tengan la suerte de conocerlo, lo presento brevemente: Héctor Belascoarán Shayne es el único detective privado posible en la selva del DF mexicano. Creado por (el Capitán) Paco Ignacio Taibo II allá por 1975, en la novela Días de combate, donde Héctor -hijo de un capitán de marina vasco y de una cantante irlandesa de folk, según su propia descripción- acaba de separarse de su esposa y renunciar a su trabajo como ingeniero mecánico en la General Electric para alquilar un despacho, compartirlo con un plomero (…) hacer colas interminables para sacar una licencia de detective, terminar comprándola en una academia que daba cursos por correspondencia, conseguir una pistola, registrarla, sacar cédula profesional y obsesionarse con un estrangulador serial apodado El Cerevro.

-1er nacimiento
En la página 16 de Días de combate leemos que en 1959 estaba en tercero de la prepa y tenía 15 años. O sea que la novela transcurre en 1975 y que Héctor nació en 1944. Pero, ¿qué día?
En la página 18 nos enteramos de que Héctor debe presentarse el sábado siguiente en un concurso televisivo y que sábado es mañana. Y a vuelta de página de que el día anterior, jueves por lo tanto, fue su cumpleaños.
Tendremos que hacer todo el camino hasta la página 111 para leer en el diario de El Cerevro que el sábado en cuestión era 7 de diciembre.
Ya tenemos año, mes y día: el primer nacimiento de Héctor Belascoarán Shayne se produjo el 5 de diciembre de 1944.

-2do nacimiento
Ahora avanzamos tres novelas: Algunas nubes. En la página 40 Héctor habla con un escritor llamado Paco Ignacio (cuya descripción, a quienes conozcan a Paco Ignacio Taibo II, les resultará familiar):
El escritor pesaba 78 kilos y le fastidiaba bastante que lo llamaran gordo, quizá porque no acababa de serlo. Midiendo menos de 1.70, con una buena mata de pelo que tendía a caerle sobre un ojo y que constantemente se quitaba de la frente; lentes dorados encima de una nariz larga que a su vez se apoyaba en un bigote poblado pero sin disciplina. Cuando abrió la puerta, tenía un vaso de cocacola en la mano y un cigarrillo en la otra que tuvo que ponerse en la boca para saludar. Vaso y cigarrillo rondaban eternamente a su alrededor como si fueran una extensión de sus manos.
Escritor y detective buscan coincidencias. Algo encuentran: los dos son de 1949.
- Yo de enero, del 11… Entonces soy un mes mayor que tú. -dice el escritor al detective- Ya te chingaste, desde ahora me hablas de usted.
En este caso sólo tenemos año y mes: el segundo nacimiento de Hector Belascoarán Shayne se produjo en febrero de 1949.

-3er nacimiento
En 1990 fue publicada Sueños de frontera, la octava novela de la saga del detective tuerto del DF. Leamos:
Héctor cumplió años en la carretera. En algún lugar cercano Natalia Smith-Corona cumplió años también. Habían nacido el mismo día, un 11 de enero, con un año de diferencia. Héctor brindó por sus 39 años y los 38 de la actriz.
¿En qué año transcurre Sueños de frontera?
Sabemos (pagina 10) que Héctor estaba en segundo año de la prepa cuando la huelga de los universitarios de Morelia. Podemos suponer: 1966. Dos renglones más abajo confirmamos: aquella huelga del 66 de la que no se enteró demasiado.
Y si en 3er año de la prepa tenía 15 años (ver el 1er nacimiento) tenemos que pensar que en segundo tenía 14. Entonces en Sueños de frontera transcurre en 1981.
Y el tercer nacimiento de Hector Belascoarán Shayne se produjo el 11 de enero de 1952.

-Final
Alguien podría preguntarme qué importancia puede tener la fecha de nacimiento de un personaje de ficción. Sobre todo, puede agregarse, de un personaje de ficción que muere acribillado al finalizar la cuarta novela de la serie y vuelve, al año siguiente, algo machucado pero vivito y coleando. Y yo me vería obligado a reconocer que ninguna.
Pero, digamos que Héctor -como el jefe Fierro, como los buenos de Pioquinto, Verdugo, el chino Tomás y Fermín Valencia- es uno de los grandes amigos que el capitán Paco Ignacio me dio. Y digamos que cada uno tiene sus manías: a mí me gusta olvidarme de los cumpleaños de mis amigos.

Y para poder olvidarlos, primero tengo que saber cuándo son.


Buenos Aires, marzo de 2010

viernes, 12 de febrero de 2010

Presentación de LO QUE NO FUE en la Feria del Libro de la Habana

La editora Ingrid González presentó el volumen Lo que no fue, de Enrique Ferrari, quien ganó mención en la categoría de novela en la edición del Premio 2009. Tras señalar que Ferrari es un joven autor que ya tiene publicados la novela Operación Bukowski (2004) y el libro de cuentos Entonces solo la noche (2008), Ingrid explicó que la trama de este nuevo libro se desarrolla en el contexto de la Guerra Civil Española. Recordó que ha sido un tema muy tratado en diversos campos de la creación, desde la literatura, la plástica o el cine, y que la obra de Ferrari se inscribe como otro capítulo en esa gran producción colectiva.

La novela refleja las principales ideologías políticas de carácter revolucionario y reaccionario que entonces se disputaban en Europa y que entrarían en conflicto poco después: el fascismo, el carlismo, el constitucionalismo de tradición liberal burguesa y el Socialismo de Estado del PCE y la Komintern, y los diversos movimientos revolucionarios que convergían en la España de los años 30…”, explicó la editora.

Advirtió que no estamos, sin embargo, ante una novela histórica, porque la Historia con mayúsculas queda subsumida en las historias del protagonista, Miguel Di Liborio, y el eje es la esencia humana, los pensamientos más íntimos, las reflexiones vitales de los personajes.

(para leer la nota completa clickear ACÁ)

martes, 9 de febrero de 2010

LO QUE NO FUE, segunda novela de Enrique Ferrari presentada en la Feria del Libro de la Habana

28 de enero de 2010
x Yohana Lezcano Lavandera

Al ritmo del Bugalú, los Bailadores de Santa Amalia hicieron gala de sus potencialidades artísticas para ganarse la sonrisa y el aplauso de todos los asistentes a la presentación de los Premios Casa 2009, celebrada este miércoles junto al majestuoso Árbol de la vida. El Bugalú, modalidad musical surgida en la década del 60 en Nueva York y propia de la cultura diaspórica latina en los Estados Unidos, es una de las hibrideces que cocina el investigador puertorriqueño Juan Flores en su ensayo Bugalú y otros guisos, laureado con el Premio Extraordinario del pasado año. Flores explicó que su libro trata sobre identidades mezcladas en un guiso de culturas cuya base primordial es la historia social. Y es que Bugalú… habla de esos latinoamericanos radicados en los Estados Unidos que hace medio siglo no poseían muchos conocimientos sobre música, pero que aún así, la llevaban en el corazón. El también profesor de estudios latinos del departamento de análisis social y cultural de la Universidad de Nueva York reveló que su propósito al realizar ese ensayo fue rescatar aquellas costumbres eclipsadas por fenómenos anteriores y posteriores de quienes no son reconocidos como parte de América Latina. Junto a otros sonidos que delatan a la música como ventana de la cultura centrada en la historia diaspórica, Bugalú y otros guisos propone adentrarse en otros temas como los flujos migratorios y las remesas culturales de los inmigrantes latinos en Norteamérica en su proceso de conformación de identidades, costumbres y valores propios. Otro de los galardonados con el Premio de la pasada edición fue el boliviano Claudio Ferrufino-Coqueugniot, quien ofreció las claves de su libro El exilio voluntario y las motivaciones surgidas para escribir “unas páginas que lo que tienen de turbias también lo tienen de sinceras.” Roberto Zurbano, director del Fondo Editorial Casa de las Américas, quien estuvo a cargo del lanzamiento de los libros, indicó que la “novela intensa” de Ferrufino, “escrita desde cierto escepticismo y desesperanza en medio de los Estados Unidos por un boliviano”, puede ser leída desde varias posibilidades: fantástica, autobiográfica, de aventuras. La única mujer que obtuvo la más alta distinción del Premio Literario en 2009, Yolí Fidanza, hizo llegar una comunicación desde su Argentina en agradecimiento al jurado que confió en su novela juvenil La prometida del señor de la montaña o La doncella del Huillallaco. “La palabra escrita debe reemplazar a la presencia física y llegar igualmente cargada de emoción”, escribió Fidanza en la carta enviada, la cual reflejaba también la definición de su obra como “un libro corto donde están contados, en un lenguaje limpio, unos sucesos en parte históricos, en parte pura ficción”. Argentina fue el país que más premios alcanzó en la edición 50 del concurso literario. En la categoría testimonio fue privilegiado el libro Mañana es lejos (memorias verdes de los años rabiosos), del rioplatense Eduardo Rozenzvaig. Según el director del Fondo Editorial Casa de las Américas, Mañana es lejos, “vuelve sobre los pasos de un momento terrible para la vida de los argentinos y vuelve a exorcizar los fantasmas de lo que fue la dictadura militar en ese país.” Réquiem, del poeta brasileño Ledo Ivo, completa los cinco Premios Casa 2009 presentados en la jornada del miércoles. Este es un libro que “desde el resplandor del silencio alcanza un ritmo poético que resulta un canto esencial a la vida”, y para Zurbano “debe ser leído en la más pura intimidad.”


Durante el lanzamiento de las obras premiadas el pasado año, se presentó también la mención en la categoría de Novela 2009, Lo que no fue, del argentino Enrique Ferrari. Esta narración entra en una reescritura de la Guerra Civil vivida por un descendiente de españoles en Argentina. Roberto Zurbano agregó que vale la pena tener una referencia de esa “ficcionalización de una historia o historización de una ficción” para reconstruir cualquier biografía de esos que llegaron a América Latina después de la Guerra Civil.


Uno de los premios honoríficos otorgados por la Casa hace un año fue El alternado paso de los hados, del peruano Carlos Germán Belli, el cual obtuvo el premio de poesía José Lezama Lima. Este es un “poemario de madurez en el que se asoman, bajo una sencillez sorprendente, preocupaciones que abarcan de los asuntos más nimios a los más trascendentales.” Quienes asistieron a la presentación de los Premios Casa 2009 en la Sala Che Guevara, disfrutaron de la presencia del colombiano Roberto Burgos Cantor, autor de La ceiba de la memoria, obra condecorada con el Premio de narrativa José María Arguedas. Burgos Cantor exaltó la importancia de la Casa como lugar de legitimidad para esos escritores que resultan premiados y señaló que esa condición lo honra y lo llena de retos. Además recordó que en “Don José María Arguedas” está el “tremendo conflicto del narrar y del lenguaje”. Por otra parte, Zurbano dijo del premio Ezequiel Martínez Estrada correspondiente a la obra Globalización e identidades nacionales y postcoloniales… ¿de qué estamos hablando?, del chileno Grínor Rojo: “Es un libro de una ensayística crítica bastante aguda que niega y afirma, simultáneamente, que las literaturas pueden expresar identidades nacionales en tiempos de globalización”. Un momento especial fue también la intervención del investigador brasileño Carlos Walter Porto-Gonçalves, ganador del premio Casa 2008 con La globalización de la naturaleza y la naturaleza de la globalización, y jurado de la presente edición en la categoría de literatura brasileña. Porto-Gonçalves realizó varias reflexiones sobre la situación actual de nuestro mundo y enfatizó en que la esencia de la sociedad capitalista es la separación del hombre de la naturaleza a través de un mecanismo en que todo pasa a ser mercancía. El brasileño argumentó la creciente diferencia entre pobreza y opulencia, y destacó que los países más necesitados no tienen ni la más mínima posibilidad de participar en el “banquete” de los ricos. Este jueves a las siete de la noche se realizará la entrega de los Premios Casa de las Américas 2010 en la Sala Che Guevara.

viernes, 15 de enero de 2010

ARCANGELES: TAIBO II EN LA ESQUINA DE SANDOKÁN Y TROTSKI

I
Corría el año ´91. Yo militaba en el MAS y mi amiga Marina, a la que inexplicablemente sus compañeros llamaban la Troska, en Descamisados, un grupito de ese oxímoron que es el peronismo revolucionario, en la Boca. Yo había dejado el colegio y andaba todo el tiempo con Sergito, mi amigo radical. Marina vivía sola, en un diminuto departamento que le alquilaba la madre, al que le decíamos el Aguantadero. Nos juntábamos ahí, entonces - Marina, Sergito y yo- y discutíamos de política, tomábamos whisky y escuchábamos música hasta las cinco de la mañana, hora en la que yo me iba a la panadería y ellos a dormir.
En una de esas noches Marina me hizo escuchar una canción del uruguayo Leo Masliah: La cita. En la misma, después de varios equívocos, se termina acordando un encuentro en una esquina: Sandokán y Trotski. Y durante algún tiempo ese fue un código entre nosotros: nos vemos en Sandokán y Trotski, decíamos.
Pasarían todavía siete años para llegar al libro -Arcángeles, de Paco Ignacio Taibo II- en que esa cita se concertara.

II
¿Quién es Paco Ignacio Taibo II?
Taibo II es uno y es muchos. Dotado del don de estar en varios lugares a la vez (la técnica de Speedy González, la llama Taibo, si te mueves rápido sales dos veces en la foto, o mejor todavía, sales borroso; si corres por los pasillos el tipo que viene atrás de ti para ponerte la etiqueta no te alcanza) el hombre parece vivir varias vidas: el escrito de ficción, el militante, el historiador, el periodista. Pero, por sobre todo eso, Paco es un educador sentimental.
Militante trotskista en su juventud (miembro de la Liga Comunista Espartaco), activista del estudiantado en el 68 y sindicalista luego; escritor de novelas policiales (ganador dos veces del premio Dashiel Hammett, creador de la Semana Negra de Gijón y del neo-policial latinoamericano), de aventuras (un estilo que algunas vez definió como Subrealismo Subsocialista: poco realista, con algo de socialismo y mucho de aventuras), de historia (Bolcheviques, Ernesto Guevara también conocido como el Che, Pancho Villa, entre otros), Taibo II escribió también una novela a medias con el Subcomandante Insurgente Marcos. Y sigue.

III
Ya en su libro Cuatro manos , las dos calles tendían a cruzarse: hay un ficticio borrador de novela policial que estaba escribiendo Trotski (Trotski, dice ahí Taibo II, era un tipo así, de decisiones súbitas, brutales, terribles desamores, disciplina feroz, renuncia a tantas cosas) en sus últimos días en Coyoacán -poco antes de ser asesinado a la usanza estalinista, por el sicario Ramón Mercader del Río- y una reescritura de Adiós a Mompracem, última novela de la saga Sandokán de Salgari, hecha en la cárcel por el ficticio búlgaro disidente Stoyan Vasilev.
Pero la encrucijada de las calles de la Aventura y la Revolución en la obra de Paco Ignacio Taibo II llegó a su máxima expresión -aún más que en su excelente biografía Ernesto Guevara, también conocido como el Che- en Arcángeles, una recopilación de textos que se ganó un lugar en la mesa del bar en el que el Viejo Topo y el Fantasma que Recorre Europa beben y cruzan anécdotas.

IV
Cuenta Taibo II que parte de la inspiración para este libro se la dio un amigo, quien en una larga conversación nocturna le dijo Paco, hay que hacer el elogio de la derrota.
Y es que, como escribió Andrés Rivera, de la derrota se escribe, la palabra escrita es el mejor material que se haya creado, hasta ahora, para la confrontación con los autos de fe, el tiempo y el olvido.
Taibo II eligió contar, entonces, historias de derrotados y derrotas, de personajes y vidas que quedaron en los márgenes de la Gran Historia de la Revolución por razones diversas: casualidad, olvido o desidia; por que resultaban inclasificables, molestos o (apasionadamente) heterodoxos; por persecución o incomodidad ideológica.
Sobre el final del prólogo Taibo II dice: no hay más homenaje que el recuerdo, no hay más culto real que la memoria crítica, no hay más amor que la complicidad en sus obsesiones. Todo es sueño, casi todo se vuelve pesadilla.
¿Y cuáles son los sueños y pesadillas que pueblan Arcángeles?
El libro está dividido en doce capítulos-relatos (las doce historias que lo componen ya habían sido publicadas anteriormente, como notas de acción, en revistas y periódicos militantes: Siempre!, Bohemia, El Universal, Información Obrera, Brecha) que narran una vida, o el fragmento de una vida de un revolucionario hereje del siglo XX. Historias de victorias parciales y furibundas derrotas. ¿Porqué una victoria, por pequeña que sea, es más increíble que cualquier derrota?, se pregunta, nos pregunta el Capitán Paco Ignacio, tan lleno de dudas, tan alejado de La Verdad con mayúsculas de los marxistas oficiales, ¿en las historias de los eterno derrotados, los momentos de gloria valen doble?
Doce historias, entonces, de hombres y mujeres que buscaron la revolución y fueron al infierno varias veces para encontrarla.

V
Menos mal que queda la historia, menos mal que queda la memoria, nos dice al final de estos relatos de pasiones, ansias de justicia, de efímeros triunfos emocionantes y derrotas dignas, de memoria e historia para leer en el bar de la Revolución, que esconde cada ciudad. En la esquina, claro, de Sandokán y Trotski.


Buenos Aires, mayo de 2006