Se llama Jonathan. O Kevin. O Brian o Alan. Algo así.
Tiene 17 años. O 18. Digamos 17.
Creció en la Villa Carlos Gardel. O en el Barrio Illia. Rivadavia 2. Por ahí.
Es grandote. Anda con un practicado gesto de pibe malo en la cara que todavía tiene rasgos aniñados pese a los golpes y las cicatrices. Es ancho de espaldas y tiene una mano nudosa y pesada.
Y sabe pelear.
Aunque no necesita demostrarlo. Vivió y creció entre la miseria y el delito pero, mientras a su lado compañeros de aventuras, familiares, amigos y socios entraban y salían de la gayola a él –llamémoslo suerte, habilidad o azar– nunca le había tocado caer. Pero sabe cómo es la jugada. Qué hay que decir y a quién. Cuándo hay que plantarse, cuándo cerrar la boca. Y el culo.
Así que a las horas de haber llegado al Instituto ya juega al truco con aires de capanga y habla a los gritos. Está como en casa.
En los siguientes días refuerza el personaje: agita el ambiente durante las clases obligatorias, se niega a ir a los talleres optativos, pelea con un par de pesados y hasta se trensa con un guardia. Y acepta las sanciones con un calculado desdén.
Un poco porque ya quedó claro para todos qué lugar viene a ocupar, un poco por el desgaste que produce el encierro, unas semanas después ya está más tranquilo, aunque de vez en cuando repita con algún gesto que marque territorio. Y sigue siendo infranqueble.
Pasan un tiempo hasta que uno de los talleres finalmente lo entusiasma: narrativa. Ahí, donde se imaginan y escriben historias, se puede aflojar un poco.
Y escribe.
Escribe unos relatos que, al tallerista, a los operadores, a los otros docentes y a los coordinadores pedagógicos del Instituto no se les pasan por alto. Hay algo ahí, coinciden todos. Talento, digamos, o interés. Una grieta. Y es por esa grieta por donde acaso puedan entrar, crear algún lazo con Alan -Kevin, Jonathan, Brian- o cómo sea su nombre.
Así fue.
La coordinadora pedagógica del Instituto, a quien por comodidad narrativa podemos llamar Eva o Mora o Tina, algún nombre de dos sílabas y una a al final, fue hace un par de años compañera de trabajo de un tipo -Carlos o Leo, Guillermo o Diego; o Kike, por qué no- que se dedica a escribir y que está en una buena racha. Se le ocurrió a ella, entonces, que sería un buen plan ofrecerle al pibe una devolución profesional sobre su trabajo, una lectura crítica hecha por un escritor. Que no sepa del tipo más que eso: que tiene con cuatro o cinco títulos publicados, algunos premios en su haber y un inminente viaje a Europa invitado a un festival literario. Que lea su trabajo y el tipo el suyo. Y después de eso, uno o dos encuentros para hablar del oficio de escribir.
Así que le hicieron llegar unos cuentos del fulano -Carlos, Leo, Guillermo, Diego, Kike-y después su primera novela.
Unas semanas más tarde, justo antes del viaje, la devolución sobre su relato.
A su regreso, el tipo le mandó una copia de su último libro -una oscura novelita de género negro que se pretende heredera de Thompson y Goodis, de Giovanni y Himes- con una dedicatoria breve.
El viernes pasado el pibe estaba en su celda leyéndolo, cuando lo llamaron para ir a un taller. Dejó el libro bajo el colchón y fue sin protestar. Le gusta el taller de los viernes: ahí planifican un espacio de juegos para compartir con sus hijos cuando los van a visitar.
Pasó casi una hora dentro del taller, participando activamente, hasta que, por alguna razón que ni él conoce, se hartó.
Ya fue, me voy, le informó a las dos docentes.
Y dejó el aula.
En el pasillos en encontró con Tina, Mora o Eva –como sea que hayamos decidido llamarla- que trató de que volviera.
No me importa lo que me digas, estoy podrido, me voy al sector, recitó el pibe.
Ella improvisó una o dos sanciones posibles.
No me importa, sancioname, me voy al sector, él.
Entonces ella hizo un último intento: si te vas al sector te saco el libro.
Brian o Alan o Jonathan o Kevin, lo pensó un momento.
Créanme.
Kike
Buenos Aires, 25 de agosto de 2011







13. Más claro, hay que echarle ginebra.




