sábado, 16 de abril de 2011

LA SILLA

Nunca se era un escritor. Uno tenía que convertirse en escritor cada vez que se sentaba a la máquina. No era tan difícil una vez sentado frente a la máquina de escribir. A veces lo que era difícil era encontrar aquella silla y sentarse en ella. A veces uno no podía hacerlo.
Ch. Bukowski


Finalmente, en un rincón de mi pieza, me armé un refugio, un pupitre de escuela entre la biblioteca y la ventana, contra la pared.
Junto a la ventana, el bajo con el que hace una pila de años jugaba a ser Lemmy.
En la pared, de arriba a abajo, un afiche de AC-DC, otro de River y tres cuadritos pequeños: una foto de Hemingway y Fidel dándose la mano durante un torneo de pesca, en 1961; un Clemente dibujado de Caloi que dice Salud, Quique; la sobrecubierta de la primera edición de The Little Sister, by Raymond Chandler.
Contra la biblioteca: un muñeco de Ozzy, un destapador, un garabato hecho por Juana; y tres fotos: Juana a upa de mi mujer; Onetti y su biblioteca; Mika Etchebehere, capitana del POUM en la guerra civil española.
Sobre el pupitre mi compu; un portalápices de madera con un lápiz negro y un marcador; un sacapuntas; una botella de whisky casi vacía; un frasco de tinta negra; una lapicera a fuente.
Ah, frente a todo, una silla.

Kike
Buenos Aires, 15 de abril de 2011

miércoles, 13 de abril de 2011

SOBREVIVIR EL DÍA

Juan Mattio lee a Andrew Vachss

Mi amigo Juan armó un blog llamado Mesa de saldos, donde iremos cometando libros que se puedan conseguir en las librerías porteñas, de menos de 40 pesos.
La primera reseña es sobre Strega (bruja, en italiano) de Andrew Vachss, un libro excelente y durísimo, como los que suele escribir este fanático del blues y los perros de presa, que es -además de escritor de novelas y guionista de comics- abogado especialista en defensa de niños y que, como Juan mismo, trabajó en la dirección de un Instituto de Menores.
Comenzaba un nuevo día y mi único objetivo era sobrevivir a él, dice el protagonista de Strega. Juan nos advierte: ojo, debemos sobrevivir a este libro, también.
En fin, amigos, pasen y lean.
Salud!


Buenos Aires, 14 de abril de 2011

viernes, 8 de abril de 2011

DISPAREN SOBRE VIGNOLY

-o traduttore, traditore, una vez más-

Hacía muy poco de que había vuelto a Buenos Aires, después de casi cuatro años. Había tenido un día espléndido que no recuerdo muy bien, pero que –conociéndome- debió incluir sexo y bebida. Finalmente había ido a jugar al fútbol con mis amigos. Terminado el partido, sin bañarme ni nada, me tomé el subte rumbo a casa.
Tenía el cuerpo cansado y el corazón contento.
Me senté y apoyé la cabeza contra el vidrio de la ventanilla a medio abrir, a través de la que entraba el aire caliente que corre siempre en los subtes. A la estación siguiente subieron unos músicos: un percusionista con un cajón peruano, un bajista con un bajo de seis cuerdas y un acordeonista. Pinta de hippies, los tres. Uh -pensé- chamamé o una mierda de esas, tan bien que venía el día.
Pero el bajista dijo: vamos a hacer un poco de música ciudadana.
Explico para los que no son porteños: cuando alguien dice música ciudadana quiere decir Piazzolla; sino, se dice tango. Bue -pensé- a ver qué sale. Y cerré los ojos. El acordeonista (lo hacía sonar bastante como un bandoneón, por suerte) arrancó con Libertango.
Así es trampa -pensé- este tema no puede fallar. Entonces entró la percusión y, sobre el pucho, el bajista.
Wow. Una versión tremenda, que fue el cierre de oro para un día espléndido. La bandita se llamaba Un Vagón y les compré un CD que pasaron vendiendo.
Esto me gusta de estar en casa -recuerdo que pensé-, en Buenos Aires cualquier esquina es un teatro, cualquier tren es un escenario.
Otra de las cosas que me gusta de mi ciudad son las librerías. Sobre todo las de usados. Se dice, acá y allá, que en todo Brasil (que tiene casi 200 millones de habitantes) hay menos librerías que en Buenos Aires (donde somos 3 millones). No sé si el dato es real -y espero que no- pero lo que es cierto, es que casi imposible caminar quince cuadras en Buenos Aires sin encontrar una librería. Por ese milagro porteño hoy conseguí una primera edición de The Little Sister, de Chandler (publicado por Hoghton Mifflin Company, en 1949), por 30 pesos.
Sí, 7 dólares y medio.
Sí, 6 euros.
Bueno, lo empecé a leer y en el segundo capítulo encontré una sentencia que me intrigó saber cómo había resuelto el traductor: Just windows shopping, huh?
Al ser un modismo debe requerir un modismo, supuse.
Mirando vidrieras, ¿eh?, hubiera escrito yo; En fin. ¿Es que sólo ha venido a echar una ojeada al escaparate?, resolvió el traductor de la versión que tengo de La hermana pequeña.
El librito es el número 80 de la serie Novela Negra de Libro Amigo Bruguera y salió en 1983. Si te gusta el género, seguro tenés unos cuantos en tu casa. Son esos que tiene el nombre del autor -en blanco-y el título -en amarillo- en el medio de la tapa, sobre una foto y bajo un dibujo de un revolver que te apunta directo a la frente.
Como sea, la cuestión es que empecé a leer el segundo capítulo desde el principio.
Oh, oh.
Al margen del color local (como en la frase anterior) o las pésimas decisiones que tomó el traductor (De la parte cómica me encargo yo, le hace decir a Marlowe, cuando lo que Chandler escribió es I’ll make the gags, o sea Las bromas las voy a hacer yo), ¡La puta traducción no es tal cosa sino un resumen!
Veamos.
Escribió Chandler:
Five minutes later the buzzer sounded on the outer door of the half office I used foe a reception room. I heard the door close again. Then I didn’t heard anything more. The door between me and there was half open. I listened and decided somebody just Lockheed in at the wrong office and Leith whitout entering. Then there was a small knocking on wood. Them the kind of cough you use for the same porpouse. I got my feet off the desk, atood up and Lockeed out. There she was. She didn’t have to open her mouth for me to know who she was. And nobody ever looks less like Lady Macbeth.
Tratemos una traducción aproximada, pese a mi inglés de principiante:

Cinco minutos después sonó la campana que cuelga de la puerta de la mitad de la habitación que uso de recepción. Escuché que se volvía a cerrar la puerta. Después no oí más nada. La puerta entre la otra habitación y yo estaba medio abierta. Escuché y decidí que alguien que se había equivocado de oficina y se había ido sin entrar. Entonces hubo un suave golpe en la madera. Entonces la clase de tos que se usa para eso mismo. Bajé mis pies del escritorio, me paré y fui a ver quién era. Ahí estaba ella. Ni tuvo que abrir la boca para que yo supiera quién era. Y nadie nunca se pareció menos a Lady Macbeth.
O algo así.
Vamos ahora con la versión de Bruguera:
Cinco minutos después sonaba el timbre de la pequeña habitación que me sirve de sala de espera. Estaba con los pies arriba de la mesa, los bajé y fui a abrir. Estaba allí. Nadie podía parecerse menos a Lady Macbeth.
113 palabras en la versión de bueno de Ray, 118 en la mía, 40 en la del traductor.
Recordé entonces la cantidad de libros de esa colección que leí a lo largo de mi vida, todos esos relatos salvajes escritos en un cortante estilo hemigwayano. Pensé que La hermana pequeña había sido por todos estos años -junto con Playback- el punto más bajo de la saga de Marlowe para mí. Me di cuenta, entonces, que a la desventaja que siempre supone leer traducciones –traduttore, traditore, dicen los tanos- hay que sumarle acá la mala leche, la voluntad de ahorrar en páginas.
Volví entonces a mi biblioteca –que es un quilombo que no acomodo desde hace dos departamentos- pero como no hay orden alfabético ni nada, el único libro con el que logré dar de la misma la misma serie es uno de Pérez Merinero que, por supuesto, no está traducido. Encontré en cambio algunos otros (tres Macdonald, un Himes, un Goodis, un Hammett) de Bruguera Libro Amigo pero de otra colección, Literatura Policíaca. Como de Viernes Negro y El Halcón Maltés tengo ediciones en inglés, las cotejé. Están bien.
Así que nos quedamos sin saber si los afanes de recorte son política editorial o una decisión del traductor. Ni importa.
El tipo se llama Vignoly, Juan Vignoly.
Pregunto ahora a los amigos que viven en España: ¿Conoce alguno a Juan Vignoly?
Si es así, díganle que digo yo que se vaya a la puta madre que lo parió.

Buenos Aires, 9 de abril de 2011

lunes, 4 de abril de 2011

EL FILOSO ARTE DE NARRAR

Hace más de sesenta años, en su ensayo El simple arte de matar, Raymond Chandler señaló que los escritores de policial inglés tradicional -la llamada novela de enigma- con sus venenos tropicales y jarrones venecianos eran posiblemente los mejores escritores aburridos del mundo. Y mencionó al mejor de los escritores de la primera oleada del policial duro, hardboiled -lo que conocemos como género negro-, como el responsable de sacar al asesinato del jarrón veneciano y echarlo al callejón. Hammett devolvió el asesinato al tipo de gente que lo comete por razones reales y no sólo para proporcionar un cadáver al escritor, escribió entonces.
Mucha agua -y mucha sangre- pasó bajo el puente. Después de aquel primer puñado de escritores que publicaban en Black Mask y en la Serie Noir de Gallimard, hubo más y se fueron poniendo, como los tiempos, más brutales, más duros, más salvajes: Chester Himmes, Jim Thompson, José Giovanni, David Goodis, luego James Ellroy y Andrew Vachss.
Pero de alguna manera las cosas volvieron a ponerse pretenciosas, artificiales y artificiosas, como si el fin de la historia del neoliberalismo hubiese requerido una literatura aséptica, que no nombrara demasiado. Una novela policial que volviera a ser sólo entretenimiento y juegos de enigma.
Sin embargo, como pasa siempre, el discurso hegemónico presenta grietas. Leamos, de una entrevista publicada ayer en La Vanguardia, de España:
Hay un problema en la novela actual, sobre todo en la novela negra. Hay policías a los que les gusta la ópera y el jazz, detectives que adoran la alta cocina y disfrutan con la lectura de Ciorán. ¡Una puta mierda! Las palabras que usamos son esas: “puta-mierda”. Las drogas que tomamos se llaman cocaína y éxtasis. Y el alcohol que bebemos es malo. Todo eso no está en las novelas porque los autores se niegan a decirlo. Y el lenguaje refleja una manera de pensar. Y hay una determinada manera de pensar que es la que lleva a escribir sobre policías que escuchan ópera y leen a Fernando Savater. Un policía ni lee a Savater ni oye ópera. ¡Porque no sería policía, sería un filósofo, o un catedrático de ética en Deusto!
Quien dice esto es Cristina Fallarás, una de las voces de la novela negra hispanoamericana -heredera de los anteriormente nombrados, pero además y sobre todo del neopolicial que fundaron hace treinta años Manuel Vázquez Montalbán, Paco Ignacio Taibo II y Daniel Chavarría, entre otros- que está tratando de devolver el crimen -pero también sus palabras- a las calles a las que pertenecen.
Cuando yo digo ‘los bancos, cerilla’, sé lo que quiero decir, dice Fallarás.
Y dice también: Yo uso el lenguaje que usa la gente que describo. Y no sólo eso. Como narradora, uso un lenguaje que resulte navaja, que corte el aire. Y no está sola en eso. Por acá y por allá, desde distintas generaciones, miradas y ciudades, hay una banda de escritores-forajidos (agrupados centralmente en la Semana Negra de Gijón) como Carlos Salem, Leonardo Padura, Guillermo Orsi, Ernesto Mallo, Sebastién Rutés, Leo Oyola, Pedro de Paz, Gabriela Cabezón, Raúl Argemí, Rolo Diez, Miguel Molfino -más algunos otros que seguramente me olvido- que afilan sus navajas para narrar viejas y nuevas brutalidades y cortar el aire de este entramado social putrefacto.

Buenos Aires, 4 de abril de 2011

martes, 15 de marzo de 2011

EL ESCRITOR, EL PRESIDENTE Y LAS VALENTÍAS

Hace unos días vi en las calles de San Telmo, una serie de esténciles como este, que comparaban a Néstor Kirchner con San Martín, Eva Perón, el Che, Jauretche, el Padre Mugica y Rodolfo Walsh, partiendo del presupuesto de que compartía, con cada uno, una cualidad. A saber, y en orden: patriotismo, lealtad, apasionamiento, sabiduría, solidaridad y valentía.
¿En serio?, pensé.
Y escribí este artículo -El escritor, el presidente y las valentías- para la página Sigue Leyendo, que calculo irá a enojar a algunos amigos. También se puede leer a continuación.
Pasen y vean.
Salud!

EL ESCRITOR, EL PRESIDENTE Y LAS VALENTÍAS


“Éramos contreras, no gorilas. Los gorilas despreciaban al pueblo, los contreras criticaban al peronismo sin ningunear a sus bases.” (D. Viñas)


Escribo estas líneas pensando en la página Sigueleyendo, de España. Así que hay algunas cosas que es necesario explicar, por ejemplo, a qué llamamos kirchnerismo.

El kirchnerismo es la facción del peronismo que gobierna Argentina desde 2003, primero en la persona de Néstor Kirchner y desde 2007 en la de su esposa, Cristina Fernández de Kirchner; quienes, después de haber apoyado de manera entusiasta durante siete años al gobierno neoliberal de Carlos Menem en una de las provincias petroleras de la Argentina -acompañando las privatizaciones, e incluso depositando en un banco suizo cerca de 500 millones de dólares que le correspondieron a su provincia por regalías hidrocarburíferas- en 1998 se unieron a la corriente interna del peronismo encabezada por Eduardo Duhalde, un neo-desarrollista de derecha que llegó al poder después de la crisis de 2001. Y fue de la mano de Duhalde que Néstor Kirchner llegó a la presidencia en 2003, con sólo el 21 % de los votos.

Pero al poco tiempo de ser presidente, Kirchner renegó tanto de los 90 como de Duhalde -aunque conservó a muchos de sus funcionarios en puestos clave y gran parte de su línea- y planteó la transversalidad, un intento de superar el corrupto aparato político del peronismo -encarnados centralmente en el PJ y la CGT- como forma de montarse a la ola de descrédito y desconfianza popular que arrasaba a las viejas organizaciones políticas después de la crisis de diciembre de 2001. Poco duró el experimento. Al finalizar la primera gestión -con la institucionalidad burguesa reestablecida y un nivel de popularidad altísimo- volvió al redil del viejo aparato peronista, clientelar y mafioso.

Pese a eso -y producto centralmente de su correcta política de derechos humanos, una pelea con las patronales del campo por las retenciones a las exportaciones y con los grupos monopólicos de comunicación en torno una nueva, y más democrática, ley de medios- el kirchnerismo logró el apoyo de gran parte de la juventud y la clase media progresista y bienpensante.

En octubre del año pasado, el ex presidente Kirchner falleció. Desde entonces, el conjunto de organizaciones que componen el neo-kirchnerismo intenta, por distintos medios, armarse de una tradición distinta a la que sus líderes se construyeron en casi 30 años de vida política.

Hace unos días vi, en el centro de la ciudad, una serie de esténciles que llevaban este intento a niveles de ridículo. Y, como dijera Sarmiento, del ridículo no se vuelve.

Los esténciles asocian al difunto ex presidente con seis figuras de la historia Argentina a partir de una adjetivo supuestamente compartido: sabios (con Arturo Jauretche), apasionados (con el Che Guevara), leales (con Eva Perón), solidarios (con el Padre Mugica), patriotas (con el General san Martín) y valientes (con Rodolfo Walsh). Bastaría para rebatir esas afirmaciones una simple pregunta: ¿en serio? Pero vamos a ahondar en cada uno, apenas. Y a detenernos en el último ejemplo un poco más.


Lo primero sería preguntarse si alcanzaba la categoría de sabio, ya no a Kirchner, sino Arturo Jauretche, quien en su nacional-populismo creía que había un veneno imperialista inherente a la lengua inglesa. O si apasionado sería la definición que mejor nos serviría para el derrotero revolucionario del Che.


Pero vamos al resto:


Solidaridad. El Padre Carlos Mugica, hijo de una familia terrateniente y patricia, al momento de su muerte habitaba y hacía su practica política en la Villa 31 del Barrio de Retiro, uno de los asentamientos más pobres de la Ciudad de Buenos Aires. Murió asesinado por la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina. Al momento de su muerte, por problemas de salud, Néstor Kirchner contaba con activos por más de 12 millones de dólares, había aumentado su patrimonio desde 2003 en un 572 %.


Lealtad. Eva Perón acompañó hasta el último día de su vida el gobierno de su esposo, el general Juan Perón. Kirchner compartió boleta electoral 7 veces y, como fue dicho, acompañó varios años las políticas neoliberales de Menem –amén de decir que fue el mejor presidente desde Perón- antes de descubrir que había sido el principal artífice político de lo que llamó el infierno de los 90. Después fue el delfín de Eduardo Duhalde, antes de que éste se transformara a sus ojos en un mafioso.


Patriotismo. El General San Martín es uno de los principales próceres de la historia argentina y latinoamericana, libertador de Argentina como de Chile y Perú. Kirchner, por su parte, acompañó la privatización de los hidrocarburos y, como forma de ganar independencia con respecto al FMI, les pagó hasta el último centavo de una deuda que el mismo Kirchner calificaba de fraudulenta.


Y llegamos a dónde queríamos llegar.


Valentía. Y Rodolfo Walsh.


Los kirchneristas señalan como un acto de valentía el momento en el que, ya siendo Presidente de la Nación, Kirchner hizo descolgar los retratos de los genocidas de la dictadura que gobernó el país entre 1976 y 1983, del Colegio Militar. Esto sucedió en el 2004. Kirchner tenía 54 años. ¿Qué estaba haciendo Walsh a los 54 años? Nada, porque llevaba 4 años muerto. En marzo de 1977, a sus 50, lo había asesinado un Grupo de Tareas (GT) de la dictadura al llegar a una cita que presumía podía estar cantada pero a la que había decidido ir igual, porque había una compañera con dos hijos a la que no podía dejar sin respaldo. Cuando el GT lo atacó con ametralladoras, Walsh se defendió con un revolver calibre 22. Un rato antes de esto alcanzó a distribuir la Carta Abierta a la Junta Militar, uno de los textos más importantes de la historia literaria -y política- argentina.


Ojo, la dictadura también tuvo en 1977 lo suyo con Kirchner, que hacía un año que había dejado la política para dedicarse a su actividad profesional (en el mismo momento en que Walsh armaba la agencia clandestina de información ANCLA): lo detuvieron durante dos días junto al diputado Rafael Flores. Lo interrogó un viejo amigo de su familia, el coronel Alberto Calloni, que tratándolo de doctor le preguntó si había visto banderas de Montoneros en Plaza de Mayo. Kirchner, por supuesto, respondió que sí. Tenía 27 años. Dos menos que Walsh cuando escribió ese libro incendiario que fue Operación Masacre, denunciando desde el llano a un gobierno militar en funciones por los fusilamientos de obreros peronistas realizados un año antes. Y tenía 32 cuando viajó a Cuba, donde participó en Prensa Latina y rompió un mensaje cifrado de la CIA, lo que permitió prever y rechazar el ataque norteamericano a Playa Girón. ¿Qué hacía Néstor Kirchner a los 32 años de su edad? Aparecía en la tapa de un diario de Río Gallegos (Amplio apoyo de las fuerzas vivas a las Fuerzas Armadas, titulaba el diario) junto al comandante de la XI Brigada de Infantería Mecánica del Ejército y se enriquecía haciendo negocios inmobiliarios.

Valientes.

Según la vigésima primera edición del Diccionario de la Real Academia Española, valiente quiere decir esforzado, animoso y de valor.

Como Rodolfo Walsh. O Néstor Kirchner, ¿no?

Curioso.


Buenos Aires, marzo de 2011


sábado, 12 de marzo de 2011

CHAU, VIÑAS, HASTA SIEMPRE

"William Faulkner nos hace libres. Cualquiera que lo haya leído se siente libre, desde ese preciso momento, para escribir como se le canta, para experimentar con la lengua y los procedimientos literarios, para cagarse en el trencito introducción-nudo-desenlace y en sus vagones que se detienen casi siempre en las mismas estaciones."La estructura es para los ingenieros", decía Faulkner. David Viñas es nuestro Faulkner, un Faulkner pasado por Sartre y por Mansilla. Un escritor imperfecto y digresivo y, precisamente por eso, un escritor a menudo genial. Y si Yoknapathawa es la tierra de las novelas de Faulkner, la Yoknapatawpha de Viñas se llama Argentina."
Daniel Riera

martes, 22 de febrero de 2011

JIM THOMPSON & the American Dad

En la imprescindible página Sigue Leyendo (podés encontrar el banner acá nomás, a un costadito) el escritor Carlos Zanón afirma que "a diferencia de los otros idiotas, el idiota USA sabe explicar una historia y en la historia que te explique te hablará de su padre" y aprovecha para hablar de uno de las obras mayores de nuestro género menor, 1280 almas, de Jim Thompson, el Ozzy Osbourne de la literatura policial.
Bueno, el artículo me gustó tanto que acá lo copio.
Salud!

PADRE MADE IN USA x Carlos Zanon

Hagamos una prueba. Cojamos al idiota más idiota del país. Mejor aún. Cojamos a los diez idiotas más idiotas de diez países idiotas distintos. Luego, busquemos al idiota más idiota de los USA. ¿Cómo distinguiremos a éste del resto? Por dos razones. Una, porque a diferencia de los otros idiotas, el idiota USA sabe explicar una historia. Y dos, que en la historia que te explique te hablará de su padre..

Primera prueba irrefutable.

El campesino faulkneriano afiliado al KKK y panocha en mano. El elefante negro cantante de rap. La senadora cazadora de ciervos desde un avión. Todos ellos saben explicar una historia. Que si han avistado un OVNI, que si Obama les tocó la cabeza cuando visitó su pueblo o cómo pasaron las Navidades en casa de tia Dorothy. Nada es gratuito. Su sistema educativo propicia el hecho de explicar las cosas. Y hacerlo con un relato coherente y entretenido. El que habla sabe que ha de captar la atención del que escucha. ¿Un ejemplo? Desde siempre, los críos USA juegan a ejercicios como ‘show and tell’. Éste consiste en traer un objeto de casa a la clase y explicar algo relacionado con él. Algo real o inventado. Verosímil siempre. De ahí a hacerte guionista o explicar que has visto a Elvis en el súper no media distancia.

EEUU fue el paraiso de la cultura de masas. Cualquier producto, aun creado por intelectuales, tenía que tener en cuenta el hecho de ser rentable, eficaz para un cuerpo democrático de consumidores. Directores de cine que en Europa eran ‘autores’, en los USA eran artesanos forrados de dólares. Una maquinaria en el corazón de un país mítico. Estados Unidos junto a Israel es la única nación occidental que explica sus historia a partir de mitos. Mientras ellos hablan de Moisés, el Mayflower, Pat Garrett, Abraham y Clark Gable, nosotros lo hacemos de la Peste Negra, priíncipes, caídas de Imperios y bodas de Estado. Tienes la mítica. Tienes la democracia. Y tienes la industria del espectáculo. Con eso la eficacia está asegurada. El borracho del bar, Tarantino, Waits y Dylan, el presidente (la historia del alcoholismo de Bush, el viaje de Obama: todo mítica). Todos con su historia.

Segunda prueba.

El padre. No es aventurado afirmar que si todos los machos procreadores USA hubieran sido Rajoy o Montilla no habría narrativa yanqui. La búsqueda del padre que no está. Del cabrón que abandona a tu madre. Que muere o regresa ileso o tullido de la guerra. Del inmaduro que se disfraza de Papa Noel o monta los Aerosmih. Del que abusa de ti de niña. Del que no viene a verte en la graduación. Del borracho, del jugador, del solitario, del depresivo, del héroe que fuma, bebe y mata. Del ejecutivo que llega tarde a casa cuando tú estás dormido. Esa gente viene del niño que grita en la puerta Shaaaane en Raíces profundas . Freud fue la matanza de los inocentes cuando entró en Hollywood.

Como última muestra de padre generador de terapias y cogorzas homéricas, el de Jim Thompson. Shérif como el prota de su 1280 almas. Un buen día de sobriedad Thompson fue a ver a su papi, ingresado en un sanatorio. El viejo quería salir pero tenía que pagar los meses de estancia. Jim le prometió que en un mes vendría con la pasta y le sacaría de allí. Así que se metió de lleno en la redacción a destajo -20 horas días, chúpate ésa, Larsson- de dos novelas que le permitiera reunir el dinero suficiente. Así fue. Pero el hígado de Thompson hijo le pedía una fiesta de celebración. Y la fiesta se alargó hasta un ingreso por alcoholismo. Cuando le dieron el alta, fue al sanatorio pero había pasado el plazo prometido de un mes y su padre se había suicidado. ¿Qué hizo Jimmy? Seguir bebiendo. Seguir escribiendo. Sobre su padre y sobre incumplir la palabra dada. Quizás sin él saberlo.