lunes, 5 de julio de 2010

REÑIDERO, de Crocop

Conocí a Crocop hace unos meses participando juntos en un concurso de novela. Leí la suya y ví que había algo ahí. Se lo dije. Teníamos algunas lecturas en común y a él parecía gustarle mi laburito, también.
Un tiempo después, ya terminado el concurso -en el que ninguno de los dos fue siquiera finlista-, me llegó este cuento, que le publicó Editorial Doble H, en el compilado Horror Hispano 3.
Uno de zomies, dijo Crocop y recelé: no es un género que me apasione.
El asunto es que el autor no me dijo toda la verdad (Reñidero no es, ya verán, exactamente un cuento de zombies) y que yo me equivoqué, montado en uno de mis (múltiples) prejuicios.
El cuento es tremendo.
Pero bueno, basta de prólogo, es el primer texto ajeno que cuelgo acá, así que se imaginarán que me parece buenísimo.
Sin más, con ustedes, Reñidero:

Todavía respiraba. Lo sujeté del hocico y le corté la yugular por debajo de la oreja con mi navaja. Fue un tajo sucio. Los espectadores gritaron creyendo que se debía a mi falta de destreza, pero yo ya lo había hecho antes. Muchas veces. Era sólo que en esta ocasión quería que doliese. Con mi último billete de cien había hecho un turulo para soplar hasta lo más hondo de los pulmones de mi último pit bull mi último resto de mi última papela, luego había apostado por él con mi última esperanza y todo lo que hizo el animal para agradecérmelo fue manchar con su sangre mi último par de pantalones.
Cargué con el cuerpo hasta el fuego y lo arrojé a la hoguera, los rescoldos me saltaron a la cara. Las llamas consumían a otros perdedores, el humo olía a gasóleo, pelo y grasa quemada. Los cuerpos carbonizados parecían sonreír sarcásticamente colmillos y sangre. Nadie vino a buscarme. El Santero solía enviar un par de matones para que arrastrasen hasta su capilla, dentro de la casa, a quienes habían contraído lo que él llamaba una deuda de alma. Atravesé la multitud que se agolpaba repartiendo sus ganancias o lamentando sus pérdidas alrededor del reñidero, mientras los amos de los perros que habían resultado victoriosos los limpiaban y enjuagaban sus heridas con ginebra. Las chicas, en su mayoría de Europa del Este, se iban desplazando hacia los triunfadores; el dinero suele terminar oliendo a coño. Sin embargo, la grada de los ricos, así llamábamos a la zona apartada del resto ocupada por modelos de veinte apenas vestidas que acompañaban a hombres de cincuenta embutidos en trajes de Armani, todo ellos rodeados por los esbirros armados del Santero, sólo había empezado a calentarse. Esperaban los verdaderos combates, en los que se apuesta con más de tres ceros. Esa noche yo formaría parte de uno de ellos.
Entré en la casa. Los sudamericanos armados que se encargaban de la seguridad me cachearon e hicieron que me vaciase los bolsillos. No tenía nada más que mi navaja, un mechero y medio paquete de Fortuna. Entre los guardianes estaba el Clavo. Movía los labios susurrando una oración que no identifiqué, mientras sopesaba el cuchillo que utilizaría poco después, intentando acostumbrarse al peso del mango y la longitud de la hoja. Me lanzó una mirada que parecía un escupitajo.

- ¿Sabes? -dijo El Santero sin girarse hacia mi, sentado entre velas y aparentemente absorto en la contemplación de su altar repleto de imágenes religiosas- Que ganen o pierdan tus perritos me importa un carajo. Ahí no hay dinero, sólo ambiente. -No respondí, seguí prestando atención a su discurso, parecia ensayado, la voz sonaba como la de un sacerdote ebrio de poder, y la túnica púrpura que vestía se agitaba al son de sus palabras-. Has contraído un compromiso más profundo de lo que puedes afrontar sólo a base de arrogancia. Ya no importa si alguna vez te fuiste de mi finca creyendo haberme ganado, con tres mil euros de mierda en el bolsillo. Tengo algo que vale mucho más que cualquier bien material.

El Santero se volvió, mostrando orgulloso por encima de su cabeza el frasco azul que contenía mi alma. Además de algún bálsamo de composición para mí desconocida, en su interior había sangre, pelo y uñas que yo mismo me había cortado y le había entregado. Era el requisito indispensable para formar parte de las veladas que organizaba en su finca, si se quería ganar dinero con las peleas de perros en Madrid, había que cumplir ese trámite. Si se perdía más de cinco veces en una noche, el alma pasaba a estar condenada. Si se pretendía recuperarla, había dos formas; pagar treinta mil euros, o formar parte de uno de los combates finales de espectáculo. Combates a navaja entre hombres desesperados.
Que yo supiera, nadie había logrado reunir el dinero suficiente para recuperar su recipiente. Según la creencia, sólo al beber su contenido, uno volvía a poseer su propio espíritu. El que salía vivo del combate, veía cómo su alma volvía a ser guardada para una nueva ocasión, la del perdedor se arrojaba a la hoguera poco antes que su cadáver. El Santero tenía un armario lleno de frascos similares. Los rosas eran de dominicanas a las que trajo aquí engañadas, les hizo entregar su alma, y las esclavizaba en puticlubs de carretera. Los azules eran de los hombres que trabajaban a sus órdenes, haciendo todo lo que él les exijiera. Los frascos blancos, almas de niños. Había muchos frascos blancos. No quise saber qué hacía con ellos.

- Mira a todos ésos –dijo refiriéndose a los millonarios que bebían copas rodeados de putas de lujo en la zona acotada al frontal del reñidero-. Altos cargos, futbolistas, productores, empresarios... ¿crees que tratarían conmigo sólo por gusto? ¿Crees que es mi carisma –utilizó un tono burlón- lo que los trae hasta aquí? ¿Crees que blanquean mi dinero, o pasan por alto mis... irregularidades, y me ofrecen sus contactos porque soy amable con ellos? -hizo una pausa interrogativa, según recuerdo, mi única respuesta fue levantar una ceja-. No. No -terminó por contestarse a sí mismo-. Ellos pueden decidir lo que vosotros, pobres desgraciados, hacéis con vuestra vida: busca un trabajo, paga una casa, sigue las normas que te dicto... Pero sólo yo tengo el privilegio de decidir sobre vuestra muerte. Nadie arriesgaría su existencia terrenal, quizá ni siquiera la de su oponente, en la arena, sólo por una cifra escrita en un cheque para diversión de esas personas tan pudientes. Ni siquiera por una ley que lo exigiera, pero yo estoy por encima de eso. Tengo control sobre el descanso o el tormento eterno -hasta ese momento había admirado su capacidad para modular la voz y adaptarse al castellano dejando de lado los modismos dominicanos de su origen, pero esta última frase me resultó ligeramente impostada-. Tú llegaste a mi casa con aires de superioridad, orgulloso y altivo. Yo veía en ti al típico sofisticado convexo atraído por el mundo oscuro que disfruta burlándose de las creencias ajenas. Cursiva
- Sólo pretendo conseguir algo de dinero sin necesidad de levantarme a las siete de la mañana cinco veces por semana -respondí por fin.
- Nada es tan fácil, ahora tendrás que pagar el precio. Tu oponente de esta noche ya está decidido -El Santero dio dos palmadas y entró el Clavo. Era un antiguo sicario al que yo había conocido algún tiempo antes. Se había excedido en una de sus palizas cargándose a una de las putas propiedad del Santero, así que le había tocado pelear esa noche. No era la primera vez que le ocurría, le había visto matar a dos contendientes, en otras veladas como aquella. Sólo era unos centímetros más alto que yo, y tampoco muy musculoso, pero corpulento. Llevaba la cabeza rapada por los lados, y tenía las manos cubiertas de cicatrices, como todos los luchadores a navaja experimentados. Su apodo venía de antiguo. Se decía que en la República Dominicana, cuando le tocaba asesinar a alguien por negocio, se excitaba tanto que tenía que clavársela al cadáver. Y que aquí, cuando se acostaba con alguna chica, tenía que mentalizarse para no terminar por matarla. A veces no lo conseguía. Entonces contraía deuda de alma. Era lo único que le asustaba. Sé que nunca hubiese reincidido de exigírsele que jugase por su vida eterna una partida de ajedrez, pero pelear a navajazos... Era una modalidad segura para él.

El público se impacientaba y no convenía que estuvieran descontentos hombres que habían llegado en coches tan caros. Empezó el espectáculo. Nos hicieron quitarnos las camisas, arrancaron un jirón de la mía, negra, y de la de Clavo, roja. Ataron con ellos las almas, que dejaron colgando junto a la hoguera. El que saliese por su propio pie tendría que recoger el frasco que contuviese la suya y arrojar al fuego la de su adversario, condenándolo así al sufrimiento eterno. El Santero se puso en el centro de la arena e inició un ritual que siempre me había fascinado. Clavo hincó las rodillas en tierra, pero yo preferí mantenerme de pie, bajando la cabeza en señal de respeto. Era una oración negra. Su voz sonaba distinta cuando la recitaba. El texto explica que el fuego se cebará con quien no se pliegue a las normas, y luego contiene una serie de torturas y mutilaciones que tendrá que sufrir en el otro mundo el pobre desgraciado que no recupere su recipiente. Una condenación inimaginable, sin esperanza, con Dios y todos los santos dándole la espalda, pisando su corazón, negándole su amor, mientras que el infierno en pleno, con Lucifer a la cabeza, se dedicará a destruirle sin posible remedio, sin redención o final para su noche roja y doliente, ése es uno de los versos. Mientras recitaba, la luz de los focos, el aire frío y el humo viciado componían la atmósfera, no había ningún ruido para arroparla. Todo el público permanecía en silencio. Las modelos se acurrucaban contra los trajes de Armani buscando una protección de la que los dueños no habrían podido aprovecharse ni con todas las pastillas azules que su Visa dorada pudiese pagar. Se sentían intimidados al entrever un mundo por encima éste, de todos los bienes que habían logrado reunir con sus negocios. Entonces, se consideraban humanos y vulnerables. Mientras, El Santero, ponía los ojos en blanco como si buscase en su interior la fuerza que ejercía sobre las criaturas del Más Allá.
Una vez terminada la liturgia, nos lanzaron un cuchillo a cada uno, pero yo pedí permiso para utilizar mi navaja y me fue concedido. Nos hicieron ponernos franqueando al Santero, para que los congregados nos viesen y pudieran hacer sus apuestas. Toda cifra era pequeña cuando lo que estaba en juego era la condenación eterna. El público había tomado por torpeza mi actuación con el perro, y sabían de la habilidad del Clavo con el cuchillo. La balanza se inclinó rápida y ostensiblemente hacia mi rival, al que quise estudiar desde mi posición. Llevaba un rosario tatuado alrededor del cuello e imágenes de santos dispersas por todo el velludo torso. Yo también tengo tatuajes. Dos caras, una en cada hombro, fue un capricho de adolescencia.
Se dio la señal. Uno de nosotros acabaría pronto con su cuerpo junto a los de los perros, y su alma sufriendo un tormento inimaginable. Me gustaría decir que fue fácil, pero recibí varias cuchilladas. La más grave me afectó a un tendón, desde entonces no puedo levantar el brazo izquierdo demasiado por encima de la cabeza, y tengo una cicatriz visible en la barbilla que a temporadas cubro dejándome crecer la barba. Sin embargo, el hecho de escribir estas líneas hace evidente que gané, por esa vez. El Clavo era un amasijo de carne e intestinos en el suelo, las lágrimas saladas debían escocer en sus heridas, los santos y cruces que adornaban su piel estaban rotos en mil pedazos, no era eso lo que le importaba. Había luchado hasta que sus manos no pudieron sujetar el machete intentando arrancarme el alma, pero ahora suplicaba piedad por la suya. No a mí, al Santero. Él, impasible, rodeado por sus amigos millonarios, hizo el gesto con el que indicaba al público menos pudiente que debía abrirme paso hasta la hoguera. Al andar entre ellos vi en sus rostros auténtico terror, iban a ver condenar un alma al fuego eterno. El crepitar de las llamas agitaba frente a mí los frascos pendientes de cintas imperfectas.
Te lo mereces –gritó alguien al Clavo.- Dios al final termina pasando factura. Llora ahora, hijo de puta. Llora. Vas a pasar llorando hasta el día del juicio final en el puto infierno.
Otros se unieron a las increpaciones, escupieron al moribundo, le lanzaron vasos y botellas. Me vino a la mente el perro al que había cortado el cuello. No creo en el arrepentimiento, pero sí en aprender de los errores cometidos. Aquella noche, no quise dar otra mala muerte al perdedor de un combate. Desaté la tira negra que sujetaba mi alma.
Y la arrojé a las llamas.
Mientras el público miraba estupefacto, tuve la sensación, sin duda debida al cansancio, la sangre y el sudor nublando mis ojos, de que los carbonizados esqueletos de los perros lamían los restos del frasco destrozado con lenguas rojas de fuego desde las cenizas. Desaté el recipiente del Clavo, fui hasta el centro de la arena entre la gente desconcertada, y se lo entregué. Logró abrirlo y beber su contenido, murió antes de poder darme las gracias. El Santero, desde la grada, rodeado por sus invitados, gritó todo tipo de maldiciones contra mí, invocó arcanos oscuros. Pero no parecían surtir efecto, me alejé andando hacia el aparcamiento, mientras el público, enfadado porque no me fulminase un rayo, o apareciesen demonios que me arrastrasen al averno, volvió su ira contra los congregados pudientes y el anfitrión. Los esbirros no podían contener a la masa, ni mucho menos venir a buscarme. Me perdí en la noche, en este mundo sólo tenía unos vaqueros manchados de sangre, en el otro... Se bajó la ventanilla de un coche de alta gama. Asomó la cara más preciosa que nunca he visto, cubierta de lágrimas negras de rimmel. Intentaba que no se notase que lloraba.
- ¿Ya ha terminado? ¡Tú eres uno de los hijos de puta que mataban perros!
- He hecho cosas peores ahí atrás
–confesé. Y confidencia por confidencia, ella, conteniendo sollozos:
- Me dijeron que era una fiesta. Sólo me dijeron eso. Una fiesta –bajé la mirada avergonzado.-Pero, ¡cómo estás! Ay, te tengo que llevar a un hospital – se percató al fin.
- No, habría que dar explicaciones –acerté a responder confundido por tanta amabilidad después del horror.
- Pues te vienes a mi casa. Sube.

Era una orden que subrayó abriendo la portezuela del coche. Estaba tan loca como para meter dentro a un asesino y llevarlo a su casa. Nunca había conocido a alguien así. Alguien que no fuera culpable.
- ¿Quiénes son ésos?- preguntó refiriéndose a los tatuajes de mis hombros.
- Sartre y Nietzsche -dije señalando a uno y otro con la barbilla.
- No los conozco, ¿qué son? Me suenan a músicos.

*
Fuimos a su casa. Yo no podía moverme. Ella lo hizo todo. No era tonta. Sólo joven. Hace más de cincuenta años de aquello. El Clavo fue el primer hombre al que maté. Yo fui la primera persona a quien ella curó, vistió, y dio esperanza. Hubo muchos, muchos otros. En su cuenta y en la mi´a.Ella siempre me ha sido fiel. Yo sigo sin arrepentirme de nada. Ahora sabe perfectamente quiénes son los hombres cuyos rostros ilustran mis hombros, nos reímos juntos de su confusión. Luego la conversación nos conduce a todo lo ocurrido aquella noche marcada por el acero en mi cuerpo y nuestra memoria. Los dos sabemos que no es así, pero, aunque nunca se lo haya confesado, desearía que El Santero tuviera razón, ahora que veo la muerte tan cerca. Cuando admiro su belleza, cada día más intensa, quisiera creer para poder rogar que todo fuera cierto.Que hubiera un mundo más allá de éste donde ella pudiera recibir una recompensa a todo lo bueno que ha hecho, aunque eso significase que yo padecería una eterna agonía con mi alma condenada. Siempre sería mejor que la atroz verdad que la razón impone. La nada que a ambos nos espera.

martes, 29 de junio de 2010

se viene SACRIFICIO, de Leo Oyola

más info sobre la segunda parte de la saga de la Víbora Blanca y un video de Leo contando de qué va la cosa en la página de Negro Absoluto





lunes, 14 de junio de 2010

LA PANDILLA: ALEX, HANNIBAL, TYLER Y LISBETH

Tarde, como casi siempre, llegué a Stieg Larsson. Ahora hace una una semana que ando enloquecido con la trilogía Millennium (voy por el principio del último tomo y ya empecé a bajar las peli), que además de unos títulos excelentes -Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (de pie, aplausos) y la princesa en el palacio de las corrientes de aire- tiene un personaje tremendo, la haker-border-dark, Lisbeth Salander.
Pensé: una novela excelente con un(a)
psicópata adorable y una (elogiada) versión cinematográfica. Y la asociación se disparó sola.
R
ecordé entonces al adolescente que yo era cuando leí al adolescente ultraviolento que hablaba nadsat (intenté incluso una banda rockero metálica que se llamara Alex y sus Drugos), la resignificación del horror que supuso ver a Hopkins interpretando al Doctor Canibal Lecter, la envidia de escritor novato que me produjo el personaje de Palahniuk .
Una por década:
La Naranja Mecánica en los 70, El Silencio de los Inocentes en los 80 y El Club de la Pelea en los 90. Es el turno, supongo, de Millennium.
Ahora los dejo, tengo que volver a las aventuras de la buena de Sally...




domingo, 6 de junio de 2010

SE VIENE LA 23ª!


Mientras por todo Buenos Aires se sueña con estar en Sudáfrica viendo el Mundial, yo puteo por no poder ir a ver a River y fantaseo enfebrecido con una imposible viaje a Gijón el mes que viene, para la Semana Negra.
Entonces, con el fin de pasarle esta fiebre a otros, van las palabras
de su director, el Capitán Paco Ignacio, para presentar la disneylandia de niños trotskistas y adultos insumisos de este año.
Salud!

Más abajo y a la derecha de la pantalla, encontrarán el enlace permanente a la página de La Negra.

DE SÓLO PENSARLA, LA SEMANA NEGRA ME GUSTA
x Paco Ignacio Taibo II

De repente giras la cabeza y el mundo gira contigo. Once pequeñas voces revolotean en tu cabeza. A ellas se suman los ruidos del aceite hirviendo de una churrería, los ecos malignos de una tómbola y las voces de una charla que salen de la Carpa del Encuentro.
No hay sorpresa, la Semana Negra es así, impone una extraña multi-operacionalidad de los sentidos, obliga a volver el don de la ubicuidad algo normal, a escuchar tres preguntas al mismo tiempo y tener respuestas.
¿No era eso lo que queríamos?
Bajo la apariencia del caos, un nuevo orden.
A lo largo del año piso territorio en muchos festivales, encuentros literarios, ferias del libro. La mayoría me gustan. Permiten a los escritores un encuentro con la realidad, la dura realidad de los lectores. Algunas, las menos, me fastidian, tiene un tufo aristocrático, que me irrita, parecen querer separar la literatura de la vida.
Aquí, en Gijón, en la Semana Negra, estoy en casa y danzo, bailo, de tema en tema, de visión sorprendente a visión sorprendente. Del colega que me ilumina con su percepción de la literatura, del debate que me apasiona, de la exhibición de libros que opera como una tentación casi irresistible, a la parrilla donde asan doscientos chorizos, de la manera amorosa como un congoleño le quita el polvo a sus estatua de madera, de esta abundancia brutal de luz.
Y todo esto se convierte en historias, en anécdotas que voy almacenando en ese deteriorado arcón de mis recuerdos, que debe de tener muchos agujeros en el fondo.
¿Recuerdas?
Recuerdo.
El día en que el viento trataba de hacer elevarse nuestro escenario y cogidos a las cuerdas resistíamos.
Cuando descubrí la nueva literatura rusa de espionaje.
El día en que rompimos el premio Guiness de la conga más larga de Europa
La vez en que me quité los zapatos y tuve que tirar a la basura unos calcetines destrozados, con todo y un poco de mi piel.
Las charlas a la luz de la luna con mi padre.
La media hora dedicada a recuperar los cómics que me faltaban.
La gente abalanzándose sobre el libro pepsi y la señora con paraguas que quería quitarle a Mariano Sánchez Soler uno de sus ejemplares por más que argumentara que a él le tocaban dos porque era autor.
Mis gloriosas y eternas discusiones con los feriantes.
El placer de escucharle a Ángel mi poema favorito.
La la lista sigue interminable.
Sólo de pensarla, la Semana Negra, me gusta.
Qué extraña situación esta que a un director le guste el festival que dirige, que el trabajo se vuelva tanto placer.

Gijón, 2 de junio de 2010

viernes, 28 de mayo de 2010

ESE NOMBRE (un cuento)

Se pierde, porque cualquier movida que uno haga es mala.
Se pierde, no por lo que hizo el contrario, sino por lo
que uno está obligado a hacer

R. W.



Ramón elogia mi coraje.
Como buen irlandés, dice.
Es un hombre encorvado y casi calvo, al que le falta un ojo; un viejo. Yo también. Soy, de alguna manera, un profesor de inglés jubilado que vive en San Vicente y se acerca una o dos veces por semana a la plaza del pueblo a jugar o ver jugar al ajedrez.
Un mate, propone. Yo cebo.
Yo sé quién es usted, vuelvo a decir.
Ceba el mate con cuidado mientras me dice, como casualmente, mira tú, che. También dice que tengo suerte: que el no está seguro de saber quién es. No subraya nada, solamente lo deja establecido.
Entre los árboles que rodean la plaza se puede ver el cielo grisáceo, las luces pálidas de este mediodía de otoño. Desde acá es fácil amar, siquiera momentáneamente, a San Vicente. Y es una forma inconcebible de amor lo que nos ha reunido.
Así que me tomo un mate largo.
Ceba bien usted, Ramón, para ser alguien que mezcla el tuteo en su vocabulario, le digo.
Sonríe. Casi no le quedan dientes pero es su sonrisa, la sonrisa de las fotos de Salas: en el corte voluntario de caña, aquella otra detrás del tabaco. Está más viejo -mucho más viejo que yo aunque haya nacido un año después- pelado, le falta un ojo, pero no me quedan dudas: es él.
¿Y cómo sabe quién soy?, me pregunta, la bombilla ahora en su boca desdentada.
Usted no se acuerda de mí, digo, pero nos conocimos allá, en la Isla. Pienso que no puede reconocerme: yo también estoy disfrazado de viejo, un viejo profesor de inglés jubilado.
Yo era gente de Segundo, agrego.
Pienso que lo soy todavía, que siempre seré uno de los hombres de Segundo.
Segundo, repite como si bostezase, como si la voz fuera la sombra de una sombra, como si en la sola sonoridad de la palabra estuviese implicada toda la historia: la subida a la sierra, los mates compartidos y las charlas, el regreso y las cintas perdidas y la vuelta. También después el triunfo, y entonces yo, los días afiebrados de la teletipo y los corresponsales. Hasta el final, sin sombra ni huesos, en algún lugar del monte salteño.
Segundo, decimos los dos o uno de los dos. Toma mate con ira, con tristeza, sin remordimiento.
¿Cómo sabés quién soy, que no me dijiste?, vuelve a preguntar.
Porque tú supones que yo soy uno de los tipos que a veces creo ser, explica, pero mis recuerdos son confusos. Hay también allá, acá, gritos, una celda oscura, preguntas, golpes, una escuela de provincias.
Acá, allá, repite anulando de golpe la distancia, regresando o no partiendo nunca, clavado a esa Isla que no es esta plaza, no es el mate largo y espumoso que ceba.
No le digo que podría reconocerlo en cualquier lado, aunque esté avejentado, aunque los años que estuvo guardado vaya uno a saber dónde y que lo convirtieron en este anciano tembloroso con vaya uno a saber qué formas de tortura, lo disimulen bastante. Enumero, en cambio, mis sospechas: el arco sobre las cejas, el nombre, las extrañezas de su acento que es argentino pero también.
Vuelve a sonreír: y si no se ofenden las ilustrísimas señorías de Latinoamérica, dice o yo creo que dice.
¿Jugamos?, pregunta después.
Tú conoces más o menos bien este juego, ¿no?, concede.
Pienso que fundé mis sospechas también en su estilo ajedrecístico. Algo me hablaba en su juego. La forma de lanzarse, la disolución de los límites entre ataque y defensa. Recuerdo que recordé: no existen líneas de fuego determinadas, las líneas de fuego son algo más o menos teórico. Y también: tablas contra Filip en el Ministerio de Industria en el ’62 y contra Najdorf el mismo año; victoria frente a Ortega en el ’61, en 21 movidas. Todo parecía coincidir. ¿O es mi mente que quiere ver el fantasma de ese nombre recorriendo esta Buenos Aires que sólo se emociona con las gambetas del pibito que debutó el año pasado en Argentinos y los goles electrizantes de Leopoldo Jacinto Luque?
Más o menos, respondo. Y abro con Cf3.
Él juega d5. Pregunta por sus manos: qué creo que hay bajo los guantes, qué creo que le pasó a sus manos.
Yo tengo sospechas, dice, recuerdos que no sé si son tales.
También eso, digo.
c4.
Los movimientos torpes, robóticos, me dan a entender alguna clase de prótesis mecánica. Digo que para justificarse la Agencia tiene que haberle cortado las manos.
La Agencia, me interrumpe y mueve mecánicamente la mano -el guante de cuero marrón, gastado- hasta el tablero. Juega d6.
Ojala yo estuviera tan seguro, pero algo se jodió en la relojería, dice y se golpea dos veces la cabeza.
Sí -d4- pero piense: ya estamos a fines de marzo y nunca lo vi sin guantes, Ramón.
Fines de marzo. 25. Pienso que ya pasó un año. Un año. Y casi siete meses desde que Vicky se fue. Aprieto las tres copias de la Carta en mi bolsillo. Recuerdo a la compañera que tengo que ir a buscar, la cita posiblemente envenenada. Aprieto también el revolver en mi cintura.
Lo que no entiendo es cómo está usted acá, digo.
Puedo imaginarme pero, agrego.
Sí, sí, le dice más al mate o al tablero que a mí, la mirada del único ojo perdida de pronto.
Juega Cf6.
No niega nada. También eso entonces. Ramón tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
Un Ford verde para en la esquina de la plaza. Los dos lo miramos y en nuestros ojos se debaten la neutralidad y el odio. Juego Cc3. Sabemos, pienso, que no es para nosotros, que no puede ser para nosotros, que cuando llegue el Ford que nos está destinado no nos va a dar tiempo de mucho. Pienso en Paco aceptando ir regalado a Mendoza con la pastilla lista, en Juan que quizá no llegue a irse por el río, de nuevo en Vicky -el camisón, la Halcón y la risa en la terraza, en su elección-, pienso en el ridículo 22 que tengo en la cintura y que sólo garantiza que, si tiro a tiempo, no me agarren vivo. No digo nada.
Él: g6.
Yo: Af4
Mirá a tu alrededor, dice mientras el único ojo que le queda en la cara se le extravía hacía afuera, ¿tu crees que si soy quien tu imaginás que soy sirve para algo decirlo ahora, acá?
Mirá, repite. Señala con la quijada el baúl del Ford que se aleja.
¿Y si no es?, me pregunto, ¿Y si no es más que un viejo maltratado, con algunos tornillos flojos, un acento extrañísimo y un vago parecido con ese otro al que no quiero dar por muerto?, ¿y si yo también estoy perdiendo el sentido de realidad?
Parece que me escucha.
Si soy, y te juro que no lo sé si, dice, ¿no sirvo más muerto?
Juega Ag7.
Muerto, pienso. Comparo al muerto heroico con este viejo desdentado, tuerto, un poco loco que juega al ajedrez con guantes de cuero marrón. Disipo la comparación agitando la cabeza. Juego e3.
¿El Gigante sabrá?, intento.
Se ríe.
Ni tantito así, dice con todo y el gesto.
Hay que escribirlo, entonces. Publicarlo.
Algún día, si soy quien vos suponés, y yo también, a veces, en ciertas pesadillas.
Ahora, me exaspero porque sé que mi tiempo se acaba.
La guerra es larga, responde sin apuro.
Usted pensaba que había que apurarse.
Sí, pero ya ves.
Af5.
Silencio.
Miro al tablero como a un extraño. Recuerdo la hora, la cita, la compañera sola, desesperada, con dos hijos y sin contactos, a Lilia que me espera para tomar el tren.
Juego Db3, pero enseguida me arrepiento y le ofrezco tablas aunque ya no sea mi turno. Acepta.
Hablo sabiendo que voy a irme con todas las preguntas sin hacer: si no volvemos a vernos, le digo, sepa que fue un gusto haber charlado con usted otra vez.
Claro, claro, me responde como si de pronto hubiera dejado de entender mis palabras. Como si ya no tuvieran, para él, sentido o importancia.
Me alejo un paso y otro. Varios metros. Entonces paro en seco y vuelvo. Todavía está frente al tablero, observando cómo quedaron distribuidas las piezas. Cuando me ve volver juega b6.
Hay que despertarlos, digo, recuerde: no siempre hay que esperar que se den todas las condiciones.
Su nombre, pienso, ese nombre.
No, dice bajando la voz, no alcanza, no sirve; no así.
No sé si habla conmigo o con el juego. Somos dos viejos en una plaza de un pueblito de la Provincia de Buenos Aires frente a un tablero de ajedrez. Sólo dos viejos. Dos viejos solos. Siento crecer la desesperación y hago un último intento.
¿Cómo, Comandante, cómo?
Levanta el guante de cuero marrón y señala al cielo gris. Yo casi presiento lo que va a decir. Adivino que el movimiento de la mano demarca un espacio de 330 mil kilómetros cuadrados en algún lugar de Asia. Señala, su mano, sonrisas ambiguas, pisadas nocturnas en la selva húmeda, espaldas maternas cargando obuses, una bandera roja flameando sobre Hué bajo una lluvia incesante de napalm; pero también soldados -rubios y negros- soldados gringos en cualquier caso, volviendo a casa dentro de una bolsa de plástico, bajo una bandera de rayas y estrellas; la derrota mayúscula, las grietas que empiezan a abrirse en el mayor imperio que recuerde la humanidad.
Hay que crear uno, dos, tres, dice.
Muchos.

domingo, 23 de mayo de 2010

APUNTES PARA UNA NOTA NUNCA ESCRITA SOBRE ROSS MACDONALD

Al final no me puse a escribir el articulito sobre Ross MacDonald que me había prometido.
Aprovecho, entonces, que el blog admite el work in progress, los borradores, apuntes sueltos y demás textos inacabados y voy con algunas anotaciones escritas a mano alzada, como si estuviera apuntando ideas en un cuaderno de tapas anaranjadas.


1- Salió (y me compré y leí de un tirón, claro) El expediente Archer, los cuentos reunidos del detective de RM, con una excelente nota introductoria de Fresán y un minucioso identik del detective hecho por Tom Nolan.

2- Así fue que descubrí (o recordé) que sólo falta un libro de MacDonald en mi biblioteca, uno sólo sin leer: Costa Barbara. Y entré en una furiosa campaña por NO conseguirlo, NO comprarlo, NO leerlo. Todavía. Quiero dejar esa despedida para otro momento.
Siempre queda la relectura, claro (debo haber leído El caso Galton una docena de veces), pero...

3- MacDonald es, sin duda, el espíritu santo en la tríada católica-policial. El número 11 de la delantera del equipo del hardboiled.
Quiero decir, el Lenin de la literatura negra, el tercer busto en la bandera: Hammett (Marx), Chandler (Engles) y MacDonald. O mejor: Spade, Marlowe, Archer.
El resto está en discución y cada uno pondrá el nombre que quiera (yo, por ejemplo, soy fan de los más pesutis de los muchachos: Goodis, Thompson, Giovanni, Himes), pero el que sentó las bases del género -y a la vez el que contiene a sus mejores exponentes- sigue siendo ese tridente ofensivo formado Dash, Ray y Ross.

4- Hammett es el más imprevisible de los tres, una suerte de Garrincha, cuya gambeta es la violencia. En las novelas de Marlowe, en cambio, ya hay yeites, el más notorio de los cuales es que los asesinos son mujeres. De la misma manera, en las de Archer la clave para la resolución del caso siempre está 15 o 20 años atrás, cuando una o varias personas cambiaron sus nombres o se dieron por muertas sin estarlo o escondieron un crimen suplantando personalidades.

5- En momento de El martillo azul, última novela de la saga, Archer llega a la conclusión de que todos somos culpables. Ese podría ser un gran título, pienso, para las obras completas de MacDonald.

6- Lo cierto, es que MacDonald escribió el mismo libro una y otra vez, dice el escritor Geroge Pelecanos, pero ese es un gran libro.

7- Y el asunto es que ese gran libro, además, nos interpela a los argentinos, habla con nuestra historia. Quiero decir, en este país en el que Julio López sigue desaparecido, en el que asesinaron a puñaladas a Silvia Suppo, nadie mejor que el bueno de Archer para investigar, por ejemplo, el caso de Felipe y Marcela, los hijos apropiados por la dueña del Imperio Clarín.
Aunque finalmente descubra que todos somos culpables.

Buenos Aires, 23 de mayo de 2010.

jueves, 20 de mayo de 2010

EN EL COMIENZO FUE EL TIGRE

(artículo incluído en el # 6 de la revista Juguetes Rabiosos y en mi libro Postales Rabiosas y otros juguetes inesperadamentre literarios)


La historia de nuestras lecturas personales es, acaso, la historia de grandes comienzos. En el comienzo, se sabe, fue El Verbo.

Pensemos, por ejemplo, en un lugar de La Mancha que prefiero no nombrar o en el fantasma que recorre Europa o que cuando tenía catorce años me inició en los afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz o en que ayer murió mamá. Pensemos que hace cinco años, cuando el Gobernador decidió expulsar a Larsen de nuestra provincia, alguien profetizó, en broma e improvisando, su retorno o en esa ilustración, vista a los seis años sobre la selva virgen o en eso que me pongo a cantar al compás de mi vigüela o en el día que, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía recordó cuando su padre lo llevó a conocer el hielo. Pensemos en que todo empezó por un error o en el año, al final del verano, en el que vivíamos en una casa de un pueblo que, más allá del río y la llanura miraba las montañas o en la mañana en que Gregorio Samsa amaneció convertido en un monstruoso insecto. Y así podríamos seguir.

Bueno, de todos los comienzos que pueblan mis lecturas, el que está más cerca de mi corazón dice así: La noche del 20 de diciembre de 1849, un violentísimo huracán se había desatado sobre Mompracem isla salvaje de siniestra fama, situada sobre el mar de Malasia, a pocos centenares de millas de las costas de Borneo.

El libro de ese comienzo, regalo de uno de mis padres, significó al menos tres comienzos: 1- de mi biblioteca personal, 2- de mi afición a la lectura, 3- de mis ilusiones de ser escritor. Fue leyéndolo que deseé por primera vez dedicarme a escribir. Quería esa magia.

Se pregunta el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II: ¿qué puede ser más subversivo que un adolescente de Buenos Aires leyendo Sandokán y sintiéndose durante dos horas un príncipe malayo? O, porqué no, un niñito porteño imaginando que es un escritor italiano de fines del siglo XIX.

Aquél libro fundacional -una edición hermosa de Edival- Alfredo Ortels, con tapas duras e ilustraciones que, bastante maltratado, todavía conservo- traía como prólogo una breve reseña biográfica del autor.

Recuerdo o imagino que el niño que una vez fui mezclaba confusamente aquellas ilustraciones de Sandokán con el rostro, desconocido para nosotros, de Emilio Salgari, igual que mezclaba el prólogo biográfico con aquella historia tremenda y salvaje de amor, coraje, honor, entrega y lealtades, esas páginas que nos entretenían pero también inflamaban nuestros espíritus de ansias de justicia y que contenían, sin que lo supiéramos, una ética que no nos abandonaría nunca; y soñaba con ser ese tipo atormentado, de barba espesa y pelo abundante y desprolijo, sentado junto a una ventana, fumando un cigarro tras otro, bebiendo (sangre o licor, bebe, Tigre de la Malasia, porque la embriaguez es la felicidad, le dirá Salgari a su héroe) y escribiendo febrilmente a la luz de una vela, con una pluma por él mismo templada hasta que, vencido por la locura de su mujer y la miseria, se suicida con un cuchillo en el barranco donde antes solía recoger flores con sus hijos. Y que al escribir su última carta escupe a sus editores: vi salutto spezzando a penna.

Si como escribió una vez el Gordo Soriano quizá todo sea tan simple como que nos parecemos a las primeras historias que nos contaron, es probable que, más que ningún otro libro, Los Tigres de Mompracem haya forjado a varias generaciones de lectores. Dice Taibo II: el impacto más grande de esas lecturas de la infancia fue Salgari y Sandokán. Pues al cabo Sandokán era de izquierda, el gran jefe antiimperialista: a los ingleses hay que joderlos, hundirles los barcos, abajo el Imperio. Nadie que se haya educado en Sandokán puede ser adepto al libre comercio o tener simpatías por la política exterior norteamericana.

Y aún había –hay- algo más en aquellas páginas. Salgari mismo nos da una clave: el secreto de la popularidad de un escritor está en contar lo que el lector querría ser. Como escribió Andrés Rivera: no confundir lo real con la verdad. No quienes somos, sino quienes nos hubiese gustado ser: el enceguecedor sol de la Aventura destruyendo el cono de sombras del Realismo. Quienes querríamos ser. La literatura como máquina utópica, como generadora de éticas, como declaración de principios: la amistad perfecta, el amor incorruptible, la lealtad blindada, el coraje, la rebelión.

¿Qué puede haber más subversivo?

Una cosa es segura: sin pretenderse literatura comprometida, sin declamaciones, justificaciones autobiográficas ni panfletos, Salgari y su Sandokán –Sandokán sí, pero también y a veces más aún, Giro-Batol, Jiuko, Araña de Mar. Patán y, por supuesto, Yánez- nos dieron por el camino de la Aventura, mucho más que entretenimiento. El niño que yo era intuyó lo que el tipo que ahora soy cree: que eso debería ser, eso debería ofrecernos, siempre la literatura.

Buenos Aires, diciembre de 2006