martes, 11 de mayo de 2010

Ahora sí: llegó LO QUE NO FUE


Gracias, Cristina Cifuentes Bayo

domingo, 9 de mayo de 2010

LOS MUERTOS (un cuento)


(Publicado originalmente en el número 33 de la revista Sudestada, en octubre de 2004, este cuento forma parte de Entonces sólo la noche)


“Sólo entonces comprendí que morir es
no estar nunca más con los amigos.”

Gabriel García Márquez

Me desperté hace un rato, muy temprano. Sin vestirme, sin mirar la esbelta desnudez del cuerpo de Irina, dejo la suavidad arrugada de la cama -los pliegues que las horas allí dormidas y las pasiones nocturnas marcaron en las sábanas violetas- tratando de no hacer ningún ruido ni movimiento brusco que la despierte, menos por consideración a su sueño que por ganas, necesidad casi, de estar solo.
Con el sonido de la lluvia como música de fondo, como banda sonora de las seis de la mañana de este domingo de verano, empiezo un inventario de la habitación, de los objetos que pueblan el living de este departamento al que me mudé ayer, que hará las veces de mi nueva casa. Hay un sillón grande, mullido, en el que me aplasto. Hay una mesa ratona con platos, restos de comida, una botella de vino vacía, cubiertos sucios, dos copas usadas, un vaso limpio. Hay un equipo de música y un montón de CDs tirados en el suelo. Hay un florero, con una única flor. Hay varias cajas llenas de libros, mi mejor tesoro, acaso el único. Hay una botella de Johnny Walker Etiqueta Azul sin abrir, que me regaló el Vasco, arriba de una de las cajas. Hay dos valijas, con ropa. Hay un ventilador de techo ronroneante para el húmedo calor de un día cualquiera de verano.
Hay una computadora sobre un escritorio, junto a un gran ventanal con una vista espléndida del lado caro de La Ciudad.
Hay un gato, que me trajo Irina ayer -para tu nueva casa, dijo, me pareció mejor que regalarte una planta-, junto con las dos botellas de vino que tomamos en la cena. Me acerco al equipo de música y pongo un disco, bajito para no despertar a Irina y para que Piazzolla se mezcle dulcemente con el sonido de las gotas contra la ventana. El primer tema es Ausencia.
Sobre una de las valijas hay una bolsa con una vasta pila de cartas de Kaplán, el israelí demente. Viejas cartas de cuando, una vez más, nos habíamos ido de La Ciudad por distintos rumbos y soñábamos con volver, una época en que nos escribíamos dos o tres cartas mensuales y cultivábamos la amistad epistolar, ese diálogo diferido en el papel. Tomo la primera de la pila y leo: «Afortunadamente hay mentiras bienintencionadas que quedan en pie: que el espíritu puede evadirse y ser libre y creador y sensible, que el futuro es territorio virgen, la venganza posible, el tiempo mucho y generoso, que la ignorancia no es invencible y el amor de una mujer puede superar todas las miserias, que uno es la retaguardia de sus amigos.» »Si, Nietzsche, lo que no me mata me fortalece, Ay, Frederich, ay, lo que no me aniquila me deja parapléjico.» »De pie nosotros, los muertos.»
»El fantasma de mi espíritu sigue soñando con matar a dios; con poner al odio en el trono, al odio que es justicia.
Me estiro hasta la botella de whisky, la destapo y sirvo un poco en el vaso limpio pero no bebo todavía, juego con el liquido ambarino y traslúcido, dejo que mis fosas nasales se dilaten y se llenen del aroma de los quince años y la inmensa sabiduría de los escoceses.
Al gato le gusto. Se sube al sillón y se acomoda contra mi pierna de forma tal que puedo llegar hasta el vaso -ahora sí, tomo un trago, que calienta la lengua y entumece los sentidos- y él dormir sin molestarnos.
Se podría llamar Lönnrot, propuso Irina cuando lo trajo. No sé, dije, Lumpen me gusta más
Y así creo que se va a llamar: Lumpen. Un homenaje a los años pasados, a los días de furiosas peleas en el Docke, cuando todos éramos aún jóvenes e inmortales y el fracaso de nuestros planes, que nos había dejado sin norte, nos invitaba a cualquier aventura, siempre que fuera peligrosa y sin sentido.
Un gato implica un lugar al que llegar, o mejor: un lugar al que volver, dijo Irina, que empieza a apostar, a invertir.
Yo pensé mejor ni lo intentes, nena, no es mucho lo queda, Lala no dejó nada en pie; pero no lo dije Un gato puede ser un hogar, sugirió.
Y es cierto, pienso ahora mientras lo acaricio. Un gato puede ser un hogar, lo más parecido a una patria que puedo concebir.
Patria y Hogar, pienso, sólo me falta Dios.
Me río.
Después decido que mejor voy a hacer mate y me dejo de whisky y boludeces.
La alfombra, los muebles y los almohadones son blancos, las paredes anaranjadas. El gato -que es chiquito y de un color que no llego a definir, un color que con elegancia, con paso gatuno, se escapa de mi percepción cromática- me sigue a la cocina.
Pongo a calentar el agua, saco el equipo completo del segundo estante de la despensa y preparo el ritual: lleno el mate en tres cuartas partes, lo sacudo boca abajo para despojarlo de los restos de polvo, después hago la isla en una mitad y agrego agua tibia en la otra; cuando la yerba se hincha clavo la bombilla en diagonal y espero que el agua termine de calentarse, un poco antes del punto de hervor.
El ventanal que da a la Avenida General Lanza, me llama. Con el termo bajo el brazo y el mate en la mano, como un uruguayo, me paro muy cerca del ventanal casi tocando el vidrio, y mis ojos se llenan de La Ciudad que se despereza y amanece: el Hipódromo, el Campo de Polo, la anchísima Avenida ladeada por edificios altos y curiosamente bellos, el enredado de los cables telefónicos y las seis de la mañana del domingo vistos desde el piso diecisiete. El cielo empieza a aclarase, a perder el denso azul de la noche a favor de un gris acerado, como de plata bruñida. El lado caro de La Ciudad tiene hasta un cielo mejor, pienso, mientras cuento las estrellas que, pese a la llovizna, quedan rezagadas en este amanecer de enero. Cebo el primer mate, espumoso y caliente. Una chupada larga me devuelve la certeza tantas veces confirmada: esta es la bebida perfecta, una bebida con alma, que, como el whisky, se bebe con la lengua y el paladar y guarda su sentido último en el reflejo que deja en el final de la garganta.
Saco un puñado de cartas de la bolsa y vuelvo a ese diálogo de fantasmas. Tomo mate y leo párrafos de cartas de hace varios años atrás.
Un muerto escribe.
Un muerto lee
Acá un muerto con mi nombre, algunos recuerdos, unos pocos gestos, el eco de mi voz.
Allá un muerto del que nunca pude hacer luto: el isarelí demente, el Perro ventrílocuo de Dios, la última línea de defensa.
En medio -entre esas cartas y esta noche- los días salvajes, los cambios de piel, los repetidos exilios y regresos, las mujeres, los desencuentros, su desprecio, mi odio, la tristeza, la realidad. Las tristezas de la realidad.
Y es leyendo que cedo a la tentación. El gato me sigue hasta el escritorio y se echa al lado de mis pies, yo me siento frente a la computadora y la enciendo. Como decíamos ayer, escribo.
Recomenzar, escribo después, esa es la palabra, como le gustaba repetir a un gran amigo nuestro.
Escribo, escribo. Escribo sabiendo que es inútil.
Un muerto escribe.
El fantasma del tipo que yo era hace diez años, imita el gesto y las formas de aquellas cartas y escribe. Un muerto lee.
La sombra que mi memoria refleja del tipo que él era hace diez años lee.
Borro todo lo escrito y la pantalla vuelve a ser blanca, como los almohadones, la alfombra, el sillón
Leo otra carta de la pila. Al terminarla, tomo la siguiente. Y leo.
Sonrío a esas páginas de sabrosa conversación, trato de dialogar con aquel que las escribió, pero él me ignora. Y hace bien; está hablando con su amigo y en esa charla yo sobro.
Leo: «No sé muy bien que decir, camarada.» Me gustaría volver a una noche perfecta. Me gustaría estar sentado, bajo una lluvia torrencial, en la esquina de Santa María y Anchorena, en la puerta del almacén de la griega, justo en la ochava. Me gustaría estar tomando cerveza de la botella, escuchando la lluvia, alerta a la presencia de la policía. Y me gustaría decirte, esta vez sí, que te voy a extrañar cuando me vaya nuevamente de La Ciudad, que me vas a preocupar y alegrar, que me vas a seguir acompañando todos los días, que ninguna posibilidad de paliza en un Docke desierto parece muy grave si vos estás cerca.» Es curioso que uno esté preparado, que tome como algo natural la ruptura con la que creyó la mujer de su vida, pero nos cueste tanto digerir que una amistad puede perderse así como así, entre la noche y la nada. Ya fue dicho: las tristezas de la realidad.
Recuerdo que para terminar una discusión, la última, uno de los dos dijo pongamos sobre esto un manto de piadoso silencio, por los amigos que una vez fuimos.
Los amigos que una vez fuimos, escribo ahora
Escribo: una vez fuimos merecedores de esa amistad perfecta, blindada, y eso, Kaplán, es mucho más de lo que casi todos los mortales pueden decir. Después, escribo, dejamos de merecerla.
¿Para qué, o mejor, por qué esta carta, entonces?
Para tratar de volver, pienso.
Volver, escribo.
Pienso que ese y no otro es el gran sueño de lo imposible.
Volver, esa es la Utopía que estamos persiguiendo desde hace tantos años, sin resultado.
Volver. Volver al barrio, a los días mejores, a una noche perfecta, con la frente marchita, vencido a la casita de mis viejos. Volver y ser millones. Volver para repetir las horas o para corregirlas.
Volver.
Utopía, No hay tal lugar.
Le escribo a un muerto, escribo entonces.
El muerto que habita en mí me dicta palabras para que se las escriba al amigo que le dice, desde una hoja poblada por los hermosos caracteres de una Underwood prehistórica, leída mil veces, gastada por años del roce de los dedos y los vasos y los dobleces: «De pie nosotros, los muertos.» Y no escribo lo que me dicta sino esto que lees, escribo. Quizá buscando entrelíneas, escribo, se podría encontrar al menos el eco de su voz.
Pero no escribo lo que él me dicta sino estas líneas de mierda, escribo, entre las cuales, si enviara esta carta, vos no vas a dejar que el muerto que te habita lea lo que su amigo -desde un departamentito en la calle Gascón, años atrás, borracho de alcohol y confusión y libros y el amor de una mujer de rulos- le dice, y que ni vos ni yo podemos entender.
Probablemente veas en esta carta la retórica de un traidor, de un imbécil, de un muerto, escribo. No serías extraño, ya casi nada nos une y hay sólo nueve palabras en estas páginas que tienen alguna importancia, escribo, el resto es vacuidad.
Un muerto escribe.
Un muerto lee.
Me gustaría no recibir nunca respuesta, ni acuse de recibo, ni nada, que tires esta carta a la mierda ni bien termines de leerla y vuelvas a tus cosas; escribo sabiendo ya que nunca la voy a imprimir, que nunca la voy a mandar,. Buenos días, dice Irina, parece que madrugamos hoy. Tiene los ojos lagañosos e hinchados, el pelo revuelto, la boca tumefacta de quien recién se despierta; sube el volumen de la música. El gato se estira a mis pies y el pulso intenso de Libertango se estira por todo el departamento, crece y lo llena
Hola, contesto, querés un mate?
No, dice, no todavía.
Me cebo otro entonces y sin guardar lo escrito, sin imprimirlo, sin seguir siquiera los pasos correctos, apago urgido la computadora y las voces del pasado. Más allá del ventanal, el día muestra su rostro; más acá, los muertos ocultan el suyo.

sábado, 8 de mayo de 2010

BOLONQUI, lo nuevo de Leo Oyola: el fin del mundo en 1910


Una aventura fantástica al ritmo de un campeonato de truco y del lunfardo, en una Buenos Aires arrabalera donde hasta el más pintao se tiene que preparar para enfrentar el fin del mundo.
Buenos Aires prepara el festejo del Centenario: se engalanan los edificios, se arreglan los jardines y plazas, se reciben importantes visitas de Europa… y sin embargo, la noticia más impactante del momento es el inminente choque del Cometa Halley con la Tierra.
Por eso, el 18 de mayo de 1910, la gran mayoría de los habitantes de la ciudad está convencida de que pasa sus últimas horas. Se ponen su mejor ropa y se preparan para el final.
En el conventillo en donde vive con sus tíos, Arístides Gandolfi no está dispuesto a morir y ver morir a su familia, así que junto con su amigo Amleto Vergiati y su perro Nicolita salen a la búsqueda de un lugar para refugiarse. Pero los refugios salen caros en esos días, entonces primero hay que conseguir el dinero. Una larga noche los espera y hasta el diablo en persona se acerca a los barrios bajos de la ciudad para ajustar sus cuentas en la última noche.

lunes, 12 de abril de 2010

UNAS POSTALES DEL BOXEO (otra de archivo + 2 bonus track)

Por supuesto -gracias Dash, una vez más- desde Cosecha Roja es casi impensable el género negro sin una buena escena del deporte de las piñas. Pero hay más. En el prólogo a Los lanzallamas, por ejemplo, Roberto Arlt define su fe literaria: hay que escribir en orgullosa soledad, libros que encierren la violencia de un cross a la mandíbula. La elección de la imagen no es casual. Practicado por Hemingway, Castillo y el propio Arlt; seguido con devoción por Bukowski, Marechal, Maeterlinck, Cortazar, Mailer, Conan Doyle y tantos otros; el boxeo es -por condición trágica, por simbología y por otras razones más difíciles de aprehender- el deporte de la literatura.

La Batalla de Manila
Son negros, norteamericanos, ex medalla de oro de los juegos olímpicos, bravucones y orgullosos. Tienen en común el talento, el coraje y la velocidad endemoniada en las manos. Saben bien, desde hace tiempo, que el Otro es el gran obstáculo a superar y se enfrentaran tres veces. Uno llama a su oponente mono feo; éste le responde donde más le duele a un convertido al Islam: lo llama por su nombre occidental, Clay.
Muhamad Alí, antes conocido como Cassius Clay, es un negro claro, alto, bonito, de brazos largos, un jab profundo y prácticamente infranqueable, tiene en su juego de piernas y en su asombrosa capacidad para lanzar combinaciones de golpes los argumentos para ganar por demolición. Un golpe y otro y otro, ninguno de nocaut por si mismo, pero precisos, filosos. Su poesía lo define: flota como una mariposa, pica como una avispa, dice.
Joe Smoking Frazier, (de quien el Papa Juan Pablo II dirá después que era un boxeador mediocre, lo que habla a las claras de su talento: la Iglesias Católica, se sabe, se equivoca siempre) es negro como la noche cerrada, tiene una cara que parece tallada en algarrobo, es bajo para peso pesado y usa, por lo tanto, guardia cruzada y pasos laterales para acortar la distancia, lo que lo lleva a pelear empujando siempre hacia delante, bajo la guardia de sus rivales. Él no opera por demolición, no hay golpes de tanteo en su boxeo, cada uno tenía intención asesina, su principal arma es el gancho de izquierda. Un ejemplo de su poética: no quiero dejar nocaut a mi adversario; quiero dar un golpe, retroceder y comprobar cuanto duele: es su corazón lo que busco, dice.
Hubiesen sido grandes de cualquier manera, que se hayan enfrentado los transformó en los más grandes. Alguien definió esas peleas como combates entre un mandril y un leopardo.
Ahora estamos en la tercera (habían ganado una cada uno), en octubre de 1975, la Batalla de Manila. Probablemente la pelea más excitante de toda la historia del boxeo.
Pasaron 14 rounds devastadores, los dos están muy golpeados –Alí casi sin piernas ni aire, Frazier con los dos ojos totalmente cerrados y su rostro transformado en una mascara de espanto- ya dejaron lo mejor de sí y un poco más, cuando el gong los manda sus rincones para el descanso antes del ultimo round.
Se sientan en los banquitos y hablan.
Alí respira pesadamente y dice que no puede más, que se rinde, que eso es todo.
Smoking Joe, los ojos cerrados, trata de adivinar donde está su entrenador, que le moja el rostro y dice: faltan sólo tres minutos, lo tengo.
Angelo Dundee, entrenador de Alí, reclama un esfuerzo más: sólo te pido que te pongas de pie, dice.
Eddie Futch, entrenador de Frazier le dice que todo terminó, que no lo va a dejar salir, que esos tres últimos minutos pueden matarlo, que igual están perdiendo por puntos y que ya nada va a cambiar lo hizo hasta ahí: entraste para siempre en la historia del boxeo, muchacho, entraron juntos, nadie puede dar tanto como que diste esta noche, dice.
No puedo, contesta Alí.
Dejame salir, por favor, ruega tras las lágrimas que escapan de los ojos cerrados Frazier.
Sólo te pido que te pongas de pie, dice Dundee.
Terminó, Joe, terminó, dice Futch.
La suerte está echada.
Smoking Joe, la mano de Futch en su pecho, se queda sentado; Alí, la mano de Dundee en su espalda, se para con sus últimas fuerzas y al ver que Frazier no sale intenta levantar los brazos. Y se derrumba. El derrotado llora en un rincón; en el otro el vencedor, tirado en el suelo, susurra gracias a Dios esto terminó, Joe, somos libres.
Sus nombres estarán por siempre indisolublemente unidos.

El ciego y el niño
Todos tenemos un abuelo, me dice Cristian, la historia de un abuelo. Nadie de nuestra generación tendría que tener una crisis de escritor con las historias de nuestros abuelos.
Levantamos la mano y pedimos más Fernet.
Me cuenta del suyo. Estaba casi ciego y sin embargo no se le escapaba casi nada, dice. Era cuidador del gimnasio del Luna. El Ciego Quiroga, evoca Cristian, todos lo conocían.
Es junio del año más oscuro de la década del 70. Cuando la anécdota sucede estamos en los días previos al enfrentamiento, que unificará el título de los medianos, entre Rodrigo Rocky Valdez y Carlos Monzón, el mejor boxeador argentino y, por esos días, pareja de la fantasía sexual de todos, Susana la Mary Giménez. El gimnasio del Luna, por lo tanto, es un hervidero de admiradores, buscas y cholulos.
El Ciego Quiroga escucha la vocecita del nene que trata de pasar al gimnasio, ve apenas el contorno de la silueta, el verde de la campera y el resplandor rubio del pelo que intuye con flequillo; puede tener, calcula Quiroga, cuatro o cinco años.
Usted, le dice, a dónde va.
El nene de flequillo rubio y campera verde dice que tiene que entrar, que adentro está su papá. No hay duda en su voz.
Y quién es su papá, si se puede saber, pregunta divertido Quiroga.
Ahora duda, el nene, piensa que el Ciego debe conocer al hijo de campeonísimo Carlos Monzón. Opta entonces, por hablar del otro.
De Valdez, dice.
Qué Valdez, repregunta el Ciego. Piensa hasta dónde llegará ese niño. Se imagina que el verdadero padre estará afuera, esperándolo mientras el nene trata de colarse a ver de cerca a sus héroes y recuerda a su propio padre con ternura.
Rocky, contesta el nene, segurísimo.
No Rodrigo, Rocky.
El Ciego Quiroga entonces lo deja pasar riendo. Y se queda pensando qué no será capaz de inventar de grande este nene que con cuatro o cinco años dice con total convicción, acento porteño y flequillo rubio, que es el hijo de un boxeador colombiano y negro, del que ni siquiera sabe el nombre de pila.

El Huracán
¿Por dónde se empieza a contar una historia que fue contada tantas veces, una historia que fue canción, libro, dedicatoria, película?
Quizá haya que contar lo que pasó antes y después. Caminar alrededor de la historia. Por los lados. Como quien trata de pelear con una tipo con mayor alcance de brazos: guardia cruzada, pasos laterales. Esa sería una forma.
A ver, empecemos después del final: Toronto, 1996, la policía detiene a un hombre de 59 años porque lo confunde con un narcotraficante.
Soy sospechoso por ser negro, grita el hombre que siente que todo se repite.
No.
¿Y si probamos contando aquello que pasó antes del principio, antes de la tragedia y la historia grande tantas veces contada? El mismo hombre, boxeador profesional y treinta años más joven está en la Argentina, pelea en Rosario contra Juan Carlos Rivero. Pierde por puntos, en diez rounds. La derrota no lo inquieta demasiado: al volver a USA lo esperan para firmar el contrato que lo hará pelear por el título mundial. Pero no habrá tal cosa, esa derrota en la provincia de Santa Fé será su último combate.
Pero no, tampoco.
¿Cuál es la historia, entonces?
Poco tiempo después de la pelea contra Rivero, una noche cualquiera, mientras pasea con un amigo en su Dodge por Patersom, New Jersey, unos cuantos policías blancos les gritan que salgan del auto, que están detenidos y entonces Rubin The Hurracane Carter acusado del asesinato de tres personas será condenado a muerte, luego conmutada a prisión perpetua y pasará diecinueve años preso por un crimen que no cometió.
Esa sería la historia.
Y esa historia fue canción. La escribió Bob Dylan.
Pusieron en la cárcel al hombre que una vez pudo ser campeón del mundo, cantó con voz nasal.
Esta historia fue libro, El Round 16. Lo escribió el mismo Carter.
Yo era pura agresión, peleaba porque amaba pelear, se lee ahí.
Esta historia fue dedicatoria cuando Alí, en las Vegas, le ganó a Ron Lyle.
Esta victoria es para Carter, dijo.
Esta historia fue también película, Hurricane, mediocremente actuada por Denzel Washington.
Y ahora, bueno, ahora la historia es postal.

París era una fiesta
Me doy cuenta de que pronunciación en español consternaría a cualquier foníatra, dice el tipo. Es argentino, alto, flaco, tiene barba espesa, enormes ojos claros y en su acento porteño la erre patina graciosamente. Recuerda que, allá por 1951, recién llegado a París trabajaba como “speaker” de las Actualités Française, en español, para Latinoamérica.
Y cuenta: La culpa la tuvo, además de mi mala pronunciación, el ingeniero de sonido, porque yo tenía que relatar un match de box y me pidió que lo hiciera con gran entusiasmo, como si estuviera en el ring side…
Una sonrisa le achica apenas los grandes ojos claros al recordar: Y el box para mí, ya se sabe… Bueno, me entusiasmé de tal manera viendo las imágenes, que el resultado fue que no se entendió ni una palabra…
Vuelve a reír tras la barba espesa, Julio Cortazar, antes de rematar: Entonces llegó una carta del concesionario de México, diciendo que si no dejaban inmediatamente en la calle a ese “speaker” ellos se borraban de las Actualidades. Y eso me costó el empleo.




Bonus Track 1: un video de Joe Frazier, el Jim Thompson del boxeo, grandioso, violentísimo y trágico, hasta en la derrota
:






Bonus Track 2: segundo apartado de Perros sueltos, séptimo capítulo de Que de lejos parecen moscas.

Apoyó el codo en el suelo y sacudió la cabeza. Un sudor frío, metálico, le bajaba desde la nuca. Veía, más que nada, luces: luces rojas, amarillas, y unas delgadísimas rayitas azul-verdosas. Empezó a recorrer el lugar con la vista, que le hacia la broma de duplicarlo y borronearlo todo, tratando de encontrar alguna pista que ayudara.
Nada.
Los gestos desencajados y las cámaras se desdibujaban amenazantes, una morocha vestida de blanco parecía tener cuatro tetas, una cabeza calva se transformaba en dos.
Luces, luces, gritos, luces.
Finalmente, y no sin poco esfuerzo, logró enfocar un brazo que se balanceaba delante suyo y un rostro.
Y los números: tres, cuatro, cinco.
Se paró intentando parecer seguro y casi lo logró pese a lo vidrioso de los ojos, a lo extraviado de la mirada.
Seis, siete.
Comenzó entonces, de a poco -primero un pie, después el otro- a bailotear mientras procuraba recordar en qué round estaba.
Ocho.
El hombrecito calvo de camisa celeste terminó la cuenta de protección y, al tiempo que le sopesaba las manos enguantadas en los Corti de doce onzas, le preguntó si podía seguir.
Martínez mordió el protector, movió la cabeza afirmativamente y recordó: quinto round.
Avanzó como pudo y como pudo trató de mantenerse lejos de las cuerdas, cerca del centro del ring. Metió, incluso, un par de buenas manos antes de que el gong lo mandara a su rincón.
No pasó nada, pibe, si no nos desesperamos la ganamos igual, lo alentó su entrenador. Un tipo enorme de tupido pelo gris, dientes amarillos y una nariz que denunciaba un pasado de ganchos al hígado y nocauts.
Heredia, que así se llamaba, le puso vaselina sobre la ceja derecha y siguió: boxéalo, mantenlo lejos con la zurda y suma golpes buenos.
Vamos a boxearlo, insistió retomando el plural, que es lo mejor que tenemos y lo más flojo que tiene el coso ese.
Después terminó de envaselinarlo, le volvió a poner el protector en la boca y repitió: vamos a boxearlo. Pero mientras le hablaba al púgil buscaba un rostro en el ring-side.
Martínez asintió sin mirar a Heredia, prometiéndose para después de la pelea a la morocha del vestido blanco que ahora sostenía sobre su cabeza un cartel que decía seis. Las putitas de la noche anterior en el bar de don Luís no habían aplacado su deseo.
Campana.
El sexto round fue rápido y fácil, bastante como los primeros cuatro -bastante como tiene que ser, pensó Heredia desde el rincón- con Martínez acertando los mejores golpes y el tucumano Santos buscándolo inútilmente.
Quizá todo haya sido un susto, pensó Heredia.
Mucho más tranquilo, casi como si la caída hubiese sido un mal chiste, recibió sonriente Martínez mojándole la cara con un esponjazo. Le pidió que siguieran así, que lo mantuviera lejos con la izquierda y pegaran sólo cuando iban sobre seguro.
Así lo sacamos por puntos, dijo y volvió a mojarle la cara pensando menos en los rounds restantes que en la próxima pelea, las posibilidades de llegar al título y tener por primera vez un pupilo campeón.
La morocha salió con el cartel con el número siete y cuando pasó junto Martínez le guiñó un ojo y le regaló una sonrisa capaz de incendiar el paraíso. El vestido tenía un tajo largo que dejaba asomar la pierna izquierda y el generoso escote mostraba, desvergonzado, el busto generoso. Estaba un poco demasiado maquillada y tenía una mirada acechante, ávida de una oportunidad que probablemente no llegaría.
El séptimo comenzó como una continuación del round anterior; Martínez ganó el centro del ring y mantuvo al tucumano Santos a distancia durante dos minutos y medio.
Hasta que marró un golpe.
Entonces Santos vio el hueco y fue una andanada de combinaciones homicidas: ganchos, rectos, cross. Heredia empezó a transpirar, nervioso.
Este es un negocio sucio, se dijo, como si no lo supiera, como si hubiera llegado ayer al boxeo profesional. Le dije a Machi que me trajera un paquetito, pensó, que un par de peleas más y estamos para ir por el título y me trae a este bestia -se interrumpió para gritarle al Perro que salieran de ahí, que sacaran la zurda- a este bestia que tiene una piña demoledora y que, o no le avisaron que todavía no es su hora o le avisaron pero llegó acá, vio las luces, las tribunas repletas, las cámaras de televisión, todas las putitas y decidió hacerse el Rocky.
Campana.
Cuidémonos, no salgas a matar o morir que es el juego de él. Vamos a salir a boxearlo que lo sacamos por puntos, repitió Heredia.
Cuidate, carajo, rugió.
La morocha sacó a pasear el cartel con el número ocho y Martínez ni la miró.
Los dos peleadores llegaron al centro del ring sabiendo que ese sería el último round: Santos tenía claro que por puntos perdía y que era el más golpeado, Martínez que no podía aguantar tres rounds como el anterior. Heredia también supo, no necesitó más que verlos pararse a los dos, mirar como agitaban la cabeza antes de salir y la forma de cada uno de encarar en centro del ring, para saber.
Machi y la puta madre que te parió, pensó. Pensó: no te lo voy a perdonar nunca.
Hugo Martínez, a quien todo el mundo llamaba el Bulldog, avanzó tirando con todo lo que tenía: el alma, los puños, las ganas, el hambre. El hombrecito de la cabeza calva tuvo que advertirlo por un golpe bajo primero, después por un cabezazo.
Era curioso, parecía que de repente -nunca se habían visto antes de ese día, nunca volverían a verse después- hubieran empezado a odiarse, aunque ese enemistad fuera a disiparse ni bien terminara la pelea. No era deporte ya, era odio en estado puro.
Y en eso estaban, cruzando golpes tan feroces como desprovistos de técnica, cuando sonó el puñetazo seco, brutal, definitivo y las cámaras mostraron una y otra vez, desde distintos ángulos y a distintas velocidades, el cuerpo cayendo, vencido.
El hombrecito de la camisa celeste podría haber contado hasta cien, hasta doscientos, hasta mil. Hasta diez mil.
Pasarían cerca de quince minutos hasta que el caído, ya en su vestuario, recuperara el conocimiento en los brazos de su entrenador y supiera.
Mientras tanto, en el vestuario del ganador, el otro entrenador reía a carcajadas, tras una botella de cerveza, sudado, en medio de un grupo de amigotes. Mientras se escuchaba una voz que, por teléfono, combinaba la próxima pelea.
Sí, a Morales lo quiero... Te dije que no podía perder... En un mes más o menos... Sí, Coco, haceme caso, arreglá todo con Alejandro... Bueno, bueno, te llamo el miércoles, decía el señor Machi -el dinero de las apuestas en el bolsillo- justo en el momento en que, bajo la ducha, el tucumano Santos se aferraba a la cabeza de la morocha, que tenía el vestido empapado y levantado por encima de la cintura, y le acababa en la boca.

sábado, 27 de marzo de 2010

50 PESOS (un cuento)

“Todo en orden. Todo en desorden”
M. Vázquez Montalbán


Como un truco de ilusionismo -ahora lo ves, ahora no lo ves- y sin que sea posible precisar el momento exacto en que ocurre, el inquietante anaranjado del atardecer se va transformando en un azul que promete una despejada y cálida noche de estrellas mientras Flores va dejando paso a Floresta y después a Villa Luro a medida que el taxi avanza por Alberdi.
Martín estira el brazo para parar al taxi que se acerca. El taxista lo estudia un poco -verifica el pelo rubio, los ojos claros, el gesto aburrido, se tranquiliza con el jean gastado y la camiseta blanca— y para.
Pola y Alberdi, dice Martín por sobre los ruidos de la ciudad que crecen desde la ventanilla y el murmullo de la radio, donde el locutor, justo después de una canción de Diego Torres, habla de un secuestro en Lugano. El verdoso color esperanza de la vida, seguido de un tipo encerrado en el baúl de un Chevrolet 400, en algún lugar de Avenida Roca.
En la esquina, a unos pocos metros, el semáforo enrojece. Después pasa de rojo a verde y el taxi gana velocidad, sobre el empedrado desparejo de Alberdi. La noche crece y el azul del cielo empieza a cumplir sus promesas.
La radio es Radio Diez. El Negro González Oro, o cualquier mierda de esos.
El taxista, un cincuentón de pelo canoso atado en una colita sobre la nuca rolliza, mira a Martín por el espejo retrovisor del que cuelgan un rosario, una cinta roja contra la mala suerte y el banderín de un equipo de fútbol cualquiera en el que se lee la palabra campeón. Tres formas de fe pendiendo del espejo retrovisor. Asiente a algo que dicen en la radio del secuestro en Lugano y agrega una frase corta, después de confirmar el pelo rubio y los ojos claros, corno si quisiera completar la idea con aquello que el COMFER no le permite a la emisora. Algo de los negros, dice. De los negros de mierda.
Martín, hijo de una misionera y un entrerriano, rubio de un dorado opaco que fácilmente se podría tomar por colorado y pobre de toda pobreza, sonríe escondido tras el gesto de aburrimiento propio de la clase media que tan bien sabe imitar. Piensa que es dos veces invisible. Pero no lo piensa en esos términos. Piensa, más bien, si supiera el gil éste.
El taxista asiente, casi como si fuera un reflejo físico, a lo que se dice en la radio: el locutor habla de la droga, de la marginalidad, de la inseguridad en que vive la Gente. Dice el locutor y el taxista asiente, que la policía está imposibilitada de defendernos -de defender a la Gente, dice en realidad-, que está atada de pies y manos porque los criminales entran por una puerta y salen por la otra.
Créeme, pibe, dice el taxista mientras lo mira por el espejo, cada día hay más crimen por culpa de la droga y de esas viejas hijas de puta, que con la cantinela de los derechos humanos no dejan actuar a la policía. Cada vez hay menos seguridad, dice mientras el taxi avanza por Alberdi, en la radio se repiten las mismas ideas y, por el retrovisor, mira con confianza el pelo rubio rojizo y los ojos verdes de Martín. Esto no pasaba con los milicos, cree. Con los milicos y con El Turco además, dice como si a alguien le importara, yo pude viajar a Miami. Yo, dice y se golpea el pecho con la palma de la mano, un simple laburante. Pero un laburante honesto, agrega, no como los delincuentes que defienden las viejas hijas de puta ésas. La culpa del crecimiento del crimen, insiste, la tienen esas viejas. Y la droga, claro.
Martín no lo aguanta más. Y no es que aquello le importe demasiado. Él no sabe, ni le interesa, nada acerca de la gente con mayúscula, ni de la inseguridad ni de las viejas de las que el taxista habla, pero está harto de escuchar boludeces y se muere por un pase y una birra fría.
Como si el locutor ése pudiera entender algo de la vida.
Como si el taxista, todo el día dando vueltitas por la ciudad en su coche nuevo —aire en verano, calefacción en invierno— supiera más que yo, piensa.
Como si Martín no supiera —él, que vive en una casilla diminuta y sin agua corriente, colgado de la luz y sin más gas que la garrafa que puede comprar de tanto en tanto- cuáles son los problemas. Como si no supiera que el problema no es toda la droga —ay, cuánto necesita un pase y una birrita, por favor— ni las viejas ésas de las que el taxista habla y que él no sabe ni quiénes son.
El verdadero problema son los bolivianos, los paraguayos y los peruanos, piensa Martín mientras mira por la ventanilla a una morocha de vestido corto y tacos altísimos muy parecida a la Joli, que masca chicle y espera en la esquina de Guardia Nacional. Ellos, piensa, trajeron el paco. Y el problema no son todas las drogas, el asunto es el paco, piensa. Cuando la cosa era porro, merca y pastas, reflexiona, estaba todo bajo control. Y además, resume, la miseria, la pobreza de nuestra gente se debe, sin duda, a todos esos bolitas, paraguayos y peruanos que vienen acá a robarnos el poco trabajo que hay.
Vuelve a mirar hacia la esquina de Guardia Nacional y en la bragueta de su jean gastado se inicia una erección urgente y dolorosa. Supone que la morocha de vestido corto debe ser peruana, como la Joli.
Todas putas las peruanas, piensa.
Un Franco haría falta acá, lo interrumpe el taxista, o un Castro.
Un pase, una birrita y un buen polvo con la Joli es lo que
haría falta, piensa Martín.
Tiene que correr mucha sangre en este país, pibe, le explica el taxista.
Mucha sangre, piensa Martín. Sangre, sí. Mucha.
Yo, que viví más que vos, que podría ser tu padre, propone el taxista, sé por qué te digo.
Mi padre, piensa Martín, mirá vos.
Finalmente llegan a la esquina indicada. Una esquina cualquiera que al Cancha le parece indicada, y entre el jean gastado y la camiseta blanca aparece el brillo de una .45.
El gesto de aburrimiento en su cara se transforma en ferocidad. ¿Ahora seguirá con su cantinela de las viejas y la droga, piensa y aprieta el caño de la .45 contra la nuca rolliza del taxista, o no dirá nada en absoluto el cagón hijo de puta éste?
Arranca, viejo de mierda, dice, el caño contra la nuca, y dobla a la izquierda.
El taxista se siente estafado. Estaba Llevando a un negro de mierda camuflado, piensa. Pero balbucea, en cambio: No, pibe, por favor, soy un laburante.
Sí, eso ya lo dijiste antes, dice Martín, seguí por ésta hasta el fondo y dame la plata.
La plata... ¿Por la plata es?, intenta el taxista.
Claro que es por la plata, ruge Martín, ¿por qué otra cosa va a ser?
El taxista intenta, ahora, un discurso tan obvio como el que estaba dando antes. Pero más conciliador.
Pensalo, pibe, dice. Soy un laburante, insiste. Tengo familia, agrega. Doce horas por día me paso acá arriba, se lamenta. Tengo cincuenta pesos, pibe, te los doy, si es por eso te los doy, dice. Pensalo, repite.
Martín piensa, entonces.
Piensa que él no consigue trabajo y que hace mucho dejó de buscarlo. Piensa que no tiene familia y que de cuando tenía sólo recuerda dos hermanos muertos, otros tres presos, una madre, cinto en mano, y un desfile de padrastros intercambiables.
Piensa que las horas de su vida gotean como una canilla rota. Minuto tras minuto, hora tras hora. Piensa que no tiene cincuenta pesos y que con cincuenta pesos puede pegar un papel, una birrita y echarse un polvo con la Joli. Que por cincuenta pesos se está jugando la vida, piensa.
El caño de la .45 golpea ahora la nuca del taxista acentuando las palabras: La plata, la concha de tu madre.
No, pibe, está bien; tené, tené, ruega el taxista mientras le da un puñado de billetes arrugados.
Y una vez más: Soy un laburante, no me vas a matar por cincuenta pesos, por favor, ¿o vale cincuenta pesos mi vida?
Martín, que tiene los billetes arrugados en el bolsillo, los billetes que significan un pase, una cerveza fría y un polvo, está dispuesto a bajarse, pero piensa, empezando una mueca que será sonrisa, que esta última pregunta merece una respuesta.
Sonríe, entonces, los dientes parejos, los ojos claros, el pelo rubio que bien podría confundirse con colorado, y hunde un poco más el caño de la .45 en la nuca rolliza. Responde con una frase corta en forma de pregunta, con la ferocidad dibujada en la sonrisa de dientes parejos. Una frase que, tras el estruendo, el taxista no lo llega a escuchar, mientras el parabrisas se enchastra de rojo. Y de restos.

(Si te gustó este cuento, podés encontrarlo en el libro Entonces sólo la noche)

lunes, 15 de marzo de 2010

LOS TRES NACIMIENTOS DE HECTOR BELASCOARÁN SHAYNE

-Intro
Para los que no tengan la suerte de conocerlo, lo presento brevemente: Héctor Belascoarán Shayne es el único detective privado posible en la selva del DF mexicano. Creado por (el Capitán) Paco Ignacio Taibo II allá por 1975, en la novela Días de combate, donde Héctor -hijo de un capitán de marina vasco y de una cantante irlandesa de folk, según su propia descripción- acaba de separarse de su esposa y renunciar a su trabajo como ingeniero mecánico en la General Electric para alquilar un despacho, compartirlo con un plomero (…) hacer colas interminables para sacar una licencia de detective, terminar comprándola en una academia que daba cursos por correspondencia, conseguir una pistola, registrarla, sacar cédula profesional y obsesionarse con un estrangulador serial apodado El Cerevro.

-1er nacimiento
En la página 16 de Días de combate leemos que en 1959 estaba en tercero de la prepa y tenía 15 años. O sea que la novela transcurre en 1975 y que Héctor nació en 1944. Pero, ¿qué día?
En la página 18 nos enteramos de que Héctor debe presentarse el sábado siguiente en un concurso televisivo y que sábado es mañana. Y a vuelta de página de que el día anterior, jueves por lo tanto, fue su cumpleaños.
Tendremos que hacer todo el camino hasta la página 111 para leer en el diario de El Cerevro que el sábado en cuestión era 7 de diciembre.
Ya tenemos año, mes y día: el primer nacimiento de Héctor Belascoarán Shayne se produjo el 5 de diciembre de 1944.

-2do nacimiento
Ahora avanzamos tres novelas: Algunas nubes. En la página 40 Héctor habla con un escritor llamado Paco Ignacio (cuya descripción, a quienes conozcan a Paco Ignacio Taibo II, les resultará familiar):
El escritor pesaba 78 kilos y le fastidiaba bastante que lo llamaran gordo, quizá porque no acababa de serlo. Midiendo menos de 1.70, con una buena mata de pelo que tendía a caerle sobre un ojo y que constantemente se quitaba de la frente; lentes dorados encima de una nariz larga que a su vez se apoyaba en un bigote poblado pero sin disciplina. Cuando abrió la puerta, tenía un vaso de cocacola en la mano y un cigarrillo en la otra que tuvo que ponerse en la boca para saludar. Vaso y cigarrillo rondaban eternamente a su alrededor como si fueran una extensión de sus manos.
Escritor y detective buscan coincidencias. Algo encuentran: los dos son de 1949.
- Yo de enero, del 11… Entonces soy un mes mayor que tú. -dice el escritor al detective- Ya te chingaste, desde ahora me hablas de usted.
En este caso sólo tenemos año y mes: el segundo nacimiento de Hector Belascoarán Shayne se produjo en febrero de 1949.

-3er nacimiento
En 1990 fue publicada Sueños de frontera, la octava novela de la saga del detective tuerto del DF. Leamos:
Héctor cumplió años en la carretera. En algún lugar cercano Natalia Smith-Corona cumplió años también. Habían nacido el mismo día, un 11 de enero, con un año de diferencia. Héctor brindó por sus 39 años y los 38 de la actriz.
¿En qué año transcurre Sueños de frontera?
Sabemos (pagina 10) que Héctor estaba en segundo año de la prepa cuando la huelga de los universitarios de Morelia. Podemos suponer: 1966. Dos renglones más abajo confirmamos: aquella huelga del 66 de la que no se enteró demasiado.
Y si en 3er año de la prepa tenía 15 años (ver el 1er nacimiento) tenemos que pensar que en segundo tenía 14. Entonces en Sueños de frontera transcurre en 1981.
Y el tercer nacimiento de Hector Belascoarán Shayne se produjo el 11 de enero de 1952.

-Final
Alguien podría preguntarme qué importancia puede tener la fecha de nacimiento de un personaje de ficción. Sobre todo, puede agregarse, de un personaje de ficción que muere acribillado al finalizar la cuarta novela de la serie y vuelve, al año siguiente, algo machucado pero vivito y coleando. Y yo me vería obligado a reconocer que ninguna.
Pero, digamos que Héctor -como el jefe Fierro, como los buenos de Pioquinto, Verdugo, el chino Tomás y Fermín Valencia- es uno de los grandes amigos que el capitán Paco Ignacio me dio. Y digamos que cada uno tiene sus manías: a mí me gusta olvidarme de los cumpleaños de mis amigos.

Y para poder olvidarlos, primero tengo que saber cuándo son.


Buenos Aires, marzo de 2010