jueves, 1 de abril de 2010
sábado, 27 de marzo de 2010
50 PESOS (un cuento)
“Todo en orden. Todo en desorden”
M. Vázquez Montalbán
Como un truco de ilusionismo -ahora lo ves, ahora no lo ves- y sin que sea posible precisar el
momento exacto en que ocurre, el inquietante anaranjado del atardecer se va transformando en un azul que promete una despejada y cálida noche de estrellas mientras Flores va dejando paso a Floresta y después a Villa Luro a medida que el taxi avanza por Alberdi.
Martín estira el brazo para parar al taxi que se acerca. El taxista lo estudia un poco -verifica el pelo rubio, los ojos claros, el gesto aburrido, se tranquiliza con el jean gastado y la camiseta blanca— y para.
Pola y Alberdi, dice Martín por sobre los ruidos de la ciudad que crecen desde la ventanilla y el murmullo de la radio, donde el locutor, justo después de una canción de Diego Torres, habla de un secuestro en Lugano. El verdoso color esperanza de la vida, seguido de un tipo encerrado en el baúl de un Chevrolet 400, en algún lugar de Avenida Roca.
En la esquina, a unos pocos metros, el semáforo enrojece. Después pasa de rojo a verde y el taxi gana velocidad, sobre el empedrado desparejo de Alberdi. La noche crece y el azul del cielo empieza a cumplir sus promesas.
La radio es Radio Diez. El Negro González Oro, o cualquier mierda de esos.
El taxista, un cincuentón de pelo canoso atado en una colita sobre la nuca rolliza, mira a Martín por el espejo retrovisor del que cuelgan un rosario, una cinta roja contra la mala suerte y el banderín de un equipo de fútbol cualquiera en el que se lee la palabra campeón. Tres formas de fe pendiendo del espejo retrovisor. Asiente a algo que dicen en la radio del secuestro en Lugano y agrega una frase corta, después de confirmar el pelo rubio y los ojos claros, corno si quisiera completar la idea con aquello que el COMFER no le permite a la emisora. Algo de los negros, dice. De los negros de mierda.
Martín, hijo de una misionera y un entrerriano, rubio de un dorado opaco que fácilmente se podría tomar por colorado y pobre de toda pobreza, sonríe escondido tras el gesto de aburrimiento propio de la clase media que tan bien sabe imitar. Piensa que es dos veces invisible. Pero no lo piensa en esos términos. Piensa, más bien, si supiera el gil éste.
El taxista asiente, casi como si fuera un reflejo físico, a lo que se dice en la radio: el locutor habla de la droga, de la marginalidad, de la inseguridad en que vive la Gente. Dice el locutor y el taxista asiente, que la policía está imposibilitada de defendernos -de defender a la Gente, dice en realidad-, que está atada de pies y manos porque los criminales entran por una puerta y salen por la otra.
Créeme, pibe, dice el taxista mientras lo mira por el espejo, cada día hay más crimen por culpa de la droga y de esas viejas hijas de puta, que con la cantinela de los derechos humanos no dejan actuar a la policía. Cada vez hay menos seguridad, dice mientras el taxi avanza por Alberdi, en la radio se repiten las mismas ideas y, por el retrovisor, mira con confianza el pelo rubio rojizo y los ojos verdes de Martín. Esto no pasaba con los milicos, cree. Con los milicos y con El Turco además, dice como si a alguien le importara, yo pude viajar a Miami. Yo, dice y se golpea el pecho con la palma de la mano, un simple laburante. Pero un laburante honesto, agrega, no como los delincuentes que defienden las viejas hijas de puta ésas. La culpa del crecimiento del crimen, insiste, la tienen esas viejas. Y la droga, claro.
Martín no lo aguanta más. Y no es que aquello le importe demasiado. Él no sabe, ni le interesa, nada acerca de la gente con mayúscula, ni de la inseguridad ni de las viejas de las que el taxista habla, pero está harto de escuchar boludeces y se muere por un pase y una birra fría.
Como si el locutor ése pudiera entender algo de la vida.
Como si el taxista, todo el día dando vueltitas por la ciudad en su coche nuevo —aire en verano, calefacción en invierno— supiera más que yo, piensa.
Como si Martín no supiera —él, que vive en una casilla diminuta y sin agua corriente, colgado de la luz y sin más gas que la garrafa que puede comprar de tanto en tanto- cuáles son los problemas. Como si no supiera que el problema no es toda la droga —ay, cuánto necesita un pase y una birrita, por favor— ni las viejas ésas de las que el taxista habla y que él no sabe ni quiénes son.
El verdadero problema son los bolivianos, los paraguayos y los peruanos, piensa Martín mientras mira por la ventanilla a una morocha de vestido corto y tacos altísimos muy parecida a la Joli, que masca chicle y espera en la esquina de Guardia Nacional. Ellos, piensa, trajeron el paco. Y el problema no son todas las drogas, el asunto es el paco, piensa. Cuando la cosa era porro, merca y pastas, reflexiona, estaba todo bajo control. Y además, resume, la miseria, la pobreza de nuestra gente se debe, sin duda, a todos esos bolitas, paraguayos y peruanos que vienen acá a robarnos el poco trabajo que hay.
Vuelve a mirar hacia la esquina de Guardia Nacional y en la bragueta de su jean gastado se inicia una erección urgente y dolorosa. Supone que la morocha de vestido corto debe ser peruana, como la Joli.
Todas putas las peruanas, piensa.
Un Franco haría falta acá, lo interrumpe el taxista, o un Castro.
Un pase, una birrita y un buen polvo con la Joli es lo que
haría falta, piensa Martín.
Tiene que correr mucha sangre en este país, pibe, le explica el taxista.
Mucha sangre, piensa Martín. Sangre, sí. Mucha.
Yo, que viví más que vos, que podría ser tu padre, propone el taxista, sé por qué te digo.
Mi padre, piensa Martín, mirá vos.
Finalmente llegan a la esquina indicada. Una esquina cualquiera que al Cancha le parece
indicada, y entre el jean gastado y la camiseta blanca aparece el brillo de una .45.
El gesto de aburrimiento en su cara se transforma en ferocidad. ¿Ahora seguirá con su cantinela de las viejas y la droga, piensa y aprieta el caño de la .45 contra la nuca rolliza del taxista, o no dirá nada en absoluto el cagón hijo de puta éste?
Arranca, viejo de mierda, dice, el caño contra la nuca, y dobla a la izquierda.
El taxista se siente estafado. Estaba Llevando a un negro de mierda camuflado, piensa. Pero balbucea, en cambio: No, pibe, por favor, soy un laburante.
Sí, eso ya lo dijiste antes, dice Martín, seguí por ésta hasta el fondo y dame la plata.
La plata... ¿Por la plata es?, intenta el taxista.
Claro que es por la plata, ruge Martín, ¿por qué otra cosa va a ser?
El taxista intenta, ahora, un discurso tan obvio como el que estaba dando antes. Pero más conciliador.
Pensalo, pibe, dice. Soy un laburante, insiste. Tengo familia, agrega. Doce horas por día me paso acá arriba, se lamenta. Tengo cincuenta pesos, pibe, te los doy, si es por eso te los doy, dice. Pensalo, repite.
Martín piensa, entonces.
Piensa que él no consigue trabajo y que hace mucho dejó de buscarlo. Piensa que no tiene familia y que de cuando tenía sólo recuerda dos hermanos muertos, otros tres presos, una madre, cinto en mano, y un desfile de padrastros intercambiables.
Piensa que las horas de su vida gotean como una canilla rota. Minuto tras minuto, hora tras hora. Piensa que no tiene cincuenta pesos y que con cincuenta pesos puede pegar un papel, una birrita y echarse un polvo con la Joli. Que por cincuenta pesos se está jugando la vida, piensa.
El caño de la .45 golpea ahora la nuca del taxista acentuando las palabras: La plata, la concha de tu madre.
No, pibe, está bien; tené, tené, ruega el taxista mientras le da un puñado de billetes arrugados.
Y una vez más: Soy un laburante, no me vas a matar por cincuenta pesos, por favor, ¿o vale cincuenta pesos mi vida?
Martín, que tiene los billetes arrugados en el bolsillo, los billetes que significan un pase, una cerveza fría y un
polvo, está dispuesto a bajarse, pero piensa, empezando una mueca que será sonrisa, que esta última pregunta merece una respuesta.
Sonríe, entonces, los dientes parejos, los ojos claros, el pelo rubio que bien podría confundirse con colorado, y hunde un poco más el caño de la .45 en la nuca rolliza. Responde con una frase corta en forma de pregunta, con la ferocidad dibujada en la sonrisa de dientes parejos. Una frase que,
tras el estruendo, el taxista no lo llega a escuchar, mientras el parabrisas se enchastra de rojo. Y de restos.
(Si te gustó este cuento, podés encontrarlo en el libro Entonces sólo la noche)
M. Vázquez Montalbán
Como un truco de ilusionismo -ahora lo ves, ahora no lo ves- y sin que sea posible precisar el
momento exacto en que ocurre, el inquietante anaranjado del atardecer se va transformando en un azul que promete una despejada y cálida noche de estrellas mientras Flores va dejando paso a Floresta y después a Villa Luro a medida que el taxi avanza por Alberdi.Martín estira el brazo para parar al taxi que se acerca. El taxista lo estudia un poco -verifica el pelo rubio, los ojos claros, el gesto aburrido, se tranquiliza con el jean gastado y la camiseta blanca— y para.
Pola y Alberdi, dice Martín por sobre los ruidos de la ciudad que crecen desde la ventanilla y el murmullo de la radio, donde el locutor, justo después de una canción de Diego Torres, habla de un secuestro en Lugano. El verdoso color esperanza de la vida, seguido de un tipo encerrado en el baúl de un Chevrolet 400, en algún lugar de Avenida Roca.
En la esquina, a unos pocos metros, el semáforo enrojece. Después pasa de rojo a verde y el taxi gana velocidad, sobre el empedrado desparejo de Alberdi. La noche crece y el azul del cielo empieza a cumplir sus promesas.
La radio es Radio Diez. El Negro González Oro, o cualquier mierda de esos.
El taxista, un cincuentón de pelo canoso atado en una colita sobre la nuca rolliza, mira a Martín por el espejo retrovisor del que cuelgan un rosario, una cinta roja contra la mala suerte y el banderín de un equipo de fútbol cualquiera en el que se lee la palabra campeón. Tres formas de fe pendiendo del espejo retrovisor. Asiente a algo que dicen en la radio del secuestro en Lugano y agrega una frase corta, después de confirmar el pelo rubio y los ojos claros, corno si quisiera completar la idea con aquello que el COMFER no le permite a la emisora. Algo de los negros, dice. De los negros de mierda.
Martín, hijo de una misionera y un entrerriano, rubio de un dorado opaco que fácilmente se podría tomar por colorado y pobre de toda pobreza, sonríe escondido tras el gesto de aburrimiento propio de la clase media que tan bien sabe imitar. Piensa que es dos veces invisible. Pero no lo piensa en esos términos. Piensa, más bien, si supiera el gil éste.
El taxista asiente, casi como si fuera un reflejo físico, a lo que se dice en la radio: el locutor habla de la droga, de la marginalidad, de la inseguridad en que vive la Gente. Dice el locutor y el taxista asiente, que la policía está imposibilitada de defendernos -de defender a la Gente, dice en realidad-, que está atada de pies y manos porque los criminales entran por una puerta y salen por la otra.
Créeme, pibe, dice el taxista mientras lo mira por el espejo, cada día hay más crimen por culpa de la droga y de esas viejas hijas de puta, que con la cantinela de los derechos humanos no dejan actuar a la policía. Cada vez hay menos seguridad, dice mientras el taxi avanza por Alberdi, en la radio se repiten las mismas ideas y, por el retrovisor, mira con confianza el pelo rubio rojizo y los ojos verdes de Martín. Esto no pasaba con los milicos, cree. Con los milicos y con El Turco además, dice como si a alguien le importara, yo pude viajar a Miami. Yo, dice y se golpea el pecho con la palma de la mano, un simple laburante. Pero un laburante honesto, agrega, no como los delincuentes que defienden las viejas hijas de puta ésas. La culpa del crecimiento del crimen, insiste, la tienen esas viejas. Y la droga, claro.
Martín no lo aguanta más. Y no es que aquello le importe demasiado. Él no sabe, ni le interesa, nada acerca de la gente con mayúscula, ni de la inseguridad ni de las viejas de las que el taxista habla, pero está harto de escuchar boludeces y se muere por un pase y una birra fría.
Como si el locutor ése pudiera entender algo de la vida.
Como si el taxista, todo el día dando vueltitas por la ciudad en su coche nuevo —aire en verano, calefacción en invierno— supiera más que yo, piensa.
Como si Martín no supiera —él, que vive en una casilla diminuta y sin agua corriente, colgado de la luz y sin más gas que la garrafa que puede comprar de tanto en tanto- cuáles son los problemas. Como si no supiera que el problema no es toda la droga —ay, cuánto necesita un pase y una birrita, por favor— ni las viejas ésas de las que el taxista habla y que él no sabe ni quiénes son.
El verdadero problema son los bolivianos, los paraguayos y los peruanos, piensa Martín mientras mira por la ventanilla a una morocha de vestido corto y tacos altísimos muy parecida a la Joli, que masca chicle y espera en la esquina de Guardia Nacional. Ellos, piensa, trajeron el paco. Y el problema no son todas las drogas, el asunto es el paco, piensa. Cuando la cosa era porro, merca y pastas, reflexiona, estaba todo bajo control. Y además, resume, la miseria, la pobreza de nuestra gente se debe, sin duda, a todos esos bolitas, paraguayos y peruanos que vienen acá a robarnos el poco trabajo que hay.
Vuelve a mirar hacia la esquina de Guardia Nacional y en la bragueta de su jean gastado se inicia una erección urgente y dolorosa. Supone que la morocha de vestido corto debe ser peruana, como la Joli.
Todas putas las peruanas, piensa.
Un Franco haría falta acá, lo interrumpe el taxista, o un Castro.
Un pase, una birrita y un buen polvo con la Joli es lo que
haría falta, piensa Martín.
Tiene que correr mucha sangre en este país, pibe, le explica el taxista.
Mucha sangre, piensa Martín. Sangre, sí. Mucha.
Yo, que viví más que vos, que podría ser tu padre, propone el taxista, sé por qué te digo.
Mi padre, piensa Martín, mirá vos.
Finalmente llegan a la esquina indicada. Una esquina cualquiera que al Cancha le parece
indicada, y entre el jean gastado y la camiseta blanca aparece el brillo de una .45.El gesto de aburrimiento en su cara se transforma en ferocidad. ¿Ahora seguirá con su cantinela de las viejas y la droga, piensa y aprieta el caño de la .45 contra la nuca rolliza del taxista, o no dirá nada en absoluto el cagón hijo de puta éste?
Arranca, viejo de mierda, dice, el caño contra la nuca, y dobla a la izquierda.
El taxista se siente estafado. Estaba Llevando a un negro de mierda camuflado, piensa. Pero balbucea, en cambio: No, pibe, por favor, soy un laburante.
Sí, eso ya lo dijiste antes, dice Martín, seguí por ésta hasta el fondo y dame la plata.
La plata... ¿Por la plata es?, intenta el taxista.
Claro que es por la plata, ruge Martín, ¿por qué otra cosa va a ser?
El taxista intenta, ahora, un discurso tan obvio como el que estaba dando antes. Pero más conciliador.
Pensalo, pibe, dice. Soy un laburante, insiste. Tengo familia, agrega. Doce horas por día me paso acá arriba, se lamenta. Tengo cincuenta pesos, pibe, te los doy, si es por eso te los doy, dice. Pensalo, repite.
Martín piensa, entonces.
Piensa que él no consigue trabajo y que hace mucho dejó de buscarlo. Piensa que no tiene familia y que de cuando tenía sólo recuerda dos hermanos muertos, otros tres presos, una madre, cinto en mano, y un desfile de padrastros intercambiables.
Piensa que las horas de su vida gotean como una canilla rota. Minuto tras minuto, hora tras hora. Piensa que no tiene cincuenta pesos y que con cincuenta pesos puede pegar un papel, una birrita y echarse un polvo con la Joli. Que por cincuenta pesos se está jugando la vida, piensa.
El caño de la .45 golpea ahora la nuca del taxista acentuando las palabras: La plata, la concha de tu madre.
No, pibe, está bien; tené, tené, ruega el taxista mientras le da un puñado de billetes arrugados.
Y una vez más: Soy un laburante, no me vas a matar por cincuenta pesos, por favor, ¿o vale cincuenta pesos mi vida?
Martín, que tiene los billetes arrugados en el bolsillo, los billetes que significan un pase, una cerveza fría y un
polvo, está dispuesto a bajarse, pero piensa, empezando una mueca que será sonrisa, que esta última pregunta merece una respuesta.Sonríe, entonces, los dientes parejos, los ojos claros, el pelo rubio que bien podría confundirse con colorado, y hunde un poco más el caño de la .45 en la nuca rolliza. Responde con una frase corta en forma de pregunta, con la ferocidad dibujada en la sonrisa de dientes parejos. Una frase que,
tras el estruendo, el taxista no lo llega a escuchar, mientras el parabrisas se enchastra de rojo. Y de restos.(Si te gustó este cuento, podés encontrarlo en el libro Entonces sólo la noche)
lunes, 15 de marzo de 2010
LOS TRES NACIMIENTOS DE HECTOR BELASCOARÁN SHAYNE
-Intro
Para los que no tengan la suerte de conocerlo, lo presento brevemente: Héctor Belascoarán Shayne es el único detective privado posible en la selva del DF mexicano. Creado por (el Capitán) Paco Ignacio Taibo II allá por 1975, en la novela Días de combate, donde Héctor -hijo de un capitán de marina vasco y de una cantante irlandesa de folk, según su propia descripción- acaba de separarse de su esposa y renunciar a su trabajo como ingeniero mecánico en la General Electric para alquilar un despacho, compartirlo con un plomero (…) hacer colas interminables para sacar una licencia de detective, terminar comprándola en una academia que daba cursos por correspondencia, conseguir una pistola, registrarla, sacar cédula profesional y obsesionarse con un estrangulador serial apodado El Cerevro.
-1er nacimiento
En la página 16 de Días de combate leemos que en 1959 estaba en tercero de la prepa y tenía 15 años. O sea que la novela transcurre en 1975 y que Héctor nació en 1944. Pero, ¿qué día?
En la página 18 nos enteramos de que Héctor debe presentarse el sábado siguiente en un concurso televisivo y que sábado es mañana. Y a vuelta de página de que el día anterior, jueves por lo tanto, fue su cumpleaños.
Tendremos que hacer todo el camino hasta la página 111 para leer en el diario de El Cerevro que el sábado en cuestión era 7 de diciembre.
Ya tenemos año, mes y día: el primer nacimiento de Héctor Belascoarán Shayne se produjo el 5 de diciembre de 1944.
-2do nacimiento
Ahora avanzamos tres novelas: Algunas nubes. En la página 40 Héctor habla con un escritor llamado Paco Ignacio (cuya descripción, a quienes conozcan a Paco Ignacio Taibo II, les resultará familiar):
El escritor pesaba 78 kilos y le fastidiaba bastante que lo llamaran gordo, quizá porque no acababa de serlo. Midiendo menos de 1.70, con una buena mata de pelo que tendía a caerle sobre un ojo y que constantemente se quitaba de la frente; lentes dorados encima de una nariz larga que a su vez se apoyaba en un bigote poblado pero sin disciplina. Cuando abrió la puerta, tenía un vaso de cocacola en la mano y un cigarrillo en la otra que tuvo que ponerse en la boca para saludar. Vaso y cigarrillo rondaban eternamente a su alrededor como si fueran una extensión de sus manos.
Escritor y detective buscan coincidencias. Algo encuentran: los dos son de 1949.
- Yo de enero, del 11… Entonces soy un mes mayor que tú. -dice el escritor al detective- Ya te chingaste, desde ahora me hablas de usted.
En este caso sólo tenemos año y mes: el segundo nacimiento de Hector Belascoarán Shayne se produjo en febrero de 1949.
-3er nacimiento
En 1990 fue publicada Sueños de frontera, la octava novela de la saga del detective tuerto del DF. Leamos:
Héctor cumplió años en la carretera. En algún lugar cercano Natalia Smith-Corona cumplió años también. Habían nacido el mismo día, un 11 de enero, con un año de diferencia. Héctor brindó por sus 39 años y los 38 de la actriz.
¿En qué año transcurre Sueños de frontera?
Sabemos (pagina 10) que Héctor estaba en segundo año de la prepa cuando la huelga de los universitarios de Morelia. Podemos suponer: 1966. Dos renglones más abajo confirmamos: aquella huelga del 66 de la que no se enteró demasiado.
Y si en 3er año de la prepa tenía 15 años (ver el 1er nacimiento) tenemos que pensar que en segundo tenía 14. Entonces en Sueños de frontera transcurre en 1981.
Y el tercer nacimiento de Hector Belascoarán Shayne se produjo el 11 de enero de 1952.
-Final
Alguien podría preguntarme qué importancia puede tener la fecha de nacimiento de un personaje de ficción. Sobre todo, puede agregarse, de un personaje de ficción que muere acribillado al finalizar la cuarta novela de la serie y vuelve, al año siguiente, algo machucado pero vivito y coleando. Y yo me vería obligado a reconocer que ninguna.
Pero, digamos que Héctor -como el jefe Fierro, como los buenos de Pioquinto, Verdugo, el chino Tomás y Fermín Valencia- es uno de los grandes amigos que el capitán Paco Ignacio me dio. Y digamos que cada uno tiene sus manías: a mí me gusta olvidarme de los cumpleaños de mis amigos.

Para los que no tengan la suerte de conocerlo, lo presento brevemente: Héctor Belascoarán Shayne es el único detective privado posible en la selva del DF mexicano. Creado por (el Capitán) Paco Ignacio Taibo II allá por 1975, en la novela Días de combate, donde Héctor -hijo de un capitán de marina vasco y de una cantante irlandesa de folk, según su propia descripción- acaba de separarse de su esposa y renunciar a su trabajo como ingeniero mecánico en la General Electric para alquilar un despacho, compartirlo con un plomero (…) hacer colas interminables para sacar una licencia de detective, terminar comprándola en una academia que daba cursos por correspondencia, conseguir una pistola, registrarla, sacar cédula profesional y obsesionarse con un estrangulador serial apodado El Cerevro.
-1er nacimiento
En la página 16 de Días de combate leemos que en 1959 estaba en tercero de la prepa y tenía 15 años. O sea que la novela transcurre en 1975 y que Héctor nació en 1944. Pero, ¿qué día?
En la página 18 nos enteramos de que Héctor debe presentarse el sábado siguiente en un concurso televisivo y que sábado es mañana. Y a vuelta de página de que el día anterior, jueves por lo tanto, fue su cumpleaños.
Tendremos que hacer todo el camino hasta la página 111 para leer en el diario de El Cerevro que el sábado en cuestión era 7 de diciembre.
Ya tenemos año, mes y día: el primer nacimiento de Héctor Belascoarán Shayne se produjo el 5 de diciembre de 1944.
-2do nacimiento
Ahora avanzamos tres novelas: Algunas nubes. En la página 40 Héctor habla con un escritor llamado Paco Ignacio (cuya descripción, a quienes conozcan a Paco Ignacio Taibo II, les resultará familiar):
El escritor pesaba 78 kilos y le fastidiaba bastante que lo llamaran gordo, quizá porque no acababa de serlo. Midiendo menos de 1.70, con una buena mata de pelo que tendía a caerle sobre un ojo y que constantemente se quitaba de la frente; lentes dorados encima de una nariz larga que a su vez se apoyaba en un bigote poblado pero sin disciplina. Cuando abrió la puerta, tenía un vaso de cocacola en la mano y un cigarrillo en la otra que tuvo que ponerse en la boca para saludar. Vaso y cigarrillo rondaban eternamente a su alrededor como si fueran una extensión de sus manos.
Escritor y detective buscan coincidencias. Algo encuentran: los dos son de 1949.
- Yo de enero, del 11… Entonces soy un mes mayor que tú. -dice el escritor al detective- Ya te chingaste, desde ahora me hablas de usted.
En este caso sólo tenemos año y mes: el segundo nacimiento de Hector Belascoarán Shayne se produjo en febrero de 1949.
-3er nacimiento
En 1990 fue publicada Sueños de frontera, la octava novela de la saga del detective tuerto del DF. Leamos:
Héctor cumplió años en la carretera. En algún lugar cercano Natalia Smith-Corona cumplió años también. Habían nacido el mismo día, un 11 de enero, con un año de diferencia. Héctor brindó por sus 39 años y los 38 de la actriz.
¿En qué año transcurre Sueños de frontera?
Sabemos (pagina 10) que Héctor estaba en segundo año de la prepa cuando la huelga de los universitarios de Morelia. Podemos suponer: 1966. Dos renglones más abajo confirmamos: aquella huelga del 66 de la que no se enteró demasiado.

Y si en 3er año de la prepa tenía 15 años (ver el 1er nacimiento) tenemos que pensar que en segundo tenía 14. Entonces en Sueños de frontera transcurre en 1981.
Y el tercer nacimiento de Hector Belascoarán Shayne se produjo el 11 de enero de 1952.
-Final
Alguien podría preguntarme qué importancia puede tener la fecha de nacimiento de un personaje de ficción. Sobre todo, puede agregarse, de un personaje de ficción que muere acribillado al finalizar la cuarta novela de la serie y vuelve, al año siguiente, algo machucado pero vivito y coleando. Y yo me vería obligado a reconocer que ninguna.
Pero, digamos que Héctor -como el jefe Fierro, como los buenos de Pioquinto, Verdugo, el chino Tomás y Fermín Valencia- es uno de los grandes amigos que el capitán Paco Ignacio me dio. Y digamos que cada uno tiene sus manías: a mí me gusta olvidarme de los cumpleaños de mis amigos.
Buenos Aires, marzo de 2010
viernes, 12 de febrero de 2010
Presentación de LO QUE NO FUE en la Feria del Libro de la Habana
La editora Ingrid González presentó el volumen Lo que no fue, de Enrique Ferrari, quien ganó mención en la categoría de novela en la edición del Premio 2009. Tras señalar que Ferrari es un joven autor que ya tiene publicados la novela Operación Bukowski (2004) y el libro de cuentos Entonces solo la noche (2008), Ingrid explicó que la trama de este nuevo libro se desarrolla en el contexto de la Guerra Civil Española. Recordó que ha sido un tema muy tratado en diversos campos de la creación, desde la literatura, la plástica o el cine, y que la obra de Ferrari se inscribe como otro capítulo en esa gran producción colectiva.“La novela refleja las principales ideologías políticas de carácter revolucionario y reaccionario que entonces se disputaban en Europa y que entrarían en conflicto poco después: el fascismo, el carlismo, el constitucionalismo de tradición liberal burguesa y el Socialismo de Estado del PCE y la Komintern, y los diversos movimientos revolucionarios que convergían en la España de los años 30…”, explicó la editora.
Advirtió que no estamos, sin embargo, ante una novela histórica, porque la Historia con mayúsculas queda subsumida en las historias del protagonista, Miguel Di Liborio, y el eje es la esencia humana, los pensamientos más íntimos, las reflexiones vitales de los personajes.
(para leer la nota completa clickear ACÁ)
martes, 9 de febrero de 2010
LO QUE NO FUE, segunda novela de Enrique Ferrari presentada en la Feria del Libro de la Habana
28 de enero de 2010

x Yohana Lezcano Lavandera
Al ritmo del Bugalú, los Bailadores de Santa Amalia hicieron gala de sus potencialidades artísticas para ganarse la sonrisa y el aplauso de todos los asistentes a la presentación de los Premios Casa 2009, celebrada este miércoles junto al majestuoso Árbol de la vida. El Bugalú, modalidad musical surgida en la década del 60 en Nueva York y propia de la cultura diaspórica latina en los Estados Unidos, es una de las hibrideces que cocina el investigador puertorriqueño Juan Flores en su ensayo Bugalú y otros guisos, laureado con el Premio Extraordinario del pasado año. Flores explicó que su libro trata sobre identidades mezcladas en un guiso de culturas cuya base primordial es la historia social. Y es que Bugalú… habla de esos latinoamericanos radicados en los Estados Unidos que hace medio siglo no poseían muchos conocimientos sobre música, pero que aún así, la llevaban en el corazón. El también profesor de estudios latinos del departamento de análisis social y cultural de la Universidad de Nueva York reveló que su propósito al realizar ese ensayo fue rescatar aquellas costumbres eclipsadas por fenómenos anteriores y posteriores de quienes no son reconocidos como parte de América Latina. Junto a otros sonidos que delatan a la música como ventana de la cultura centrada en la historia diaspórica, Bugalú y otros guisos propone adentrarse en otros temas como los flujos migratorios y las remesas culturales de los inmigrantes latinos en Norteamérica en su proceso de conformación de identidades, costumbres y valores propios. Otro de los galardonados con el Premio de la pasada edición fue el boliviano Claudio Ferrufino-Coqueugniot, quien ofreció las claves de su libro El exilio voluntario y las motivaciones surgidas para escribir “unas páginas que lo que tienen de turbias también lo tienen de sinceras.” Roberto Zurbano, director del Fondo Editorial Casa de las Américas, quien estuvo a cargo del lanzamiento de los libros, indicó que la “novela intensa” de Ferrufino, “escrita desde cierto escepticismo y desesperanza en medio de los Estados Unidos por un boliviano”, puede ser leída desde varias posibilidades: fantástica, autobiográfica, de aventuras. La única mujer que obtuvo la más alta distinción del Premio Literario en 2009, Yolí Fidanza, hizo llegar una comunicación desde su Argentina en agradecimiento al jurado que confió en su novela juvenil La prometida del señor de la montaña o La doncella del Huillallaco. “La palabra escrita debe reemplazar a la presencia física y llegar igualmente cargada de emoción”, escribió Fidanza en la carta enviada, la cual reflejaba también la definición de su obra como “un libro corto donde están contados, en un lenguaje limpio, unos sucesos en parte históricos, en parte pura ficción”. Argentina fue el país que más premios alcanzó en la edición 50 del concurso literario. En la categoría testimonio fue privilegiado el libro Mañana es lejos (memorias verdes de los años rabiosos), del rioplatense Eduardo Rozenzvaig. Según el director del Fondo Editorial Casa de las Américas, Mañana es lejos, “vuelve sobre los pasos de un momento terrible para la vida de los argentinos y vuelve a exorcizar los fantasmas de lo que fue la dictadura militar en ese país.” Réquiem, del poeta brasileño Ledo Ivo, completa los cinco Premios Casa 2009 presentados en la jornada del miércoles. Este es un libro que “desde el resplandor del silencio alcanza un ritmo poético que resulta un canto esencial a la vida”, y para Zurbano “debe ser leído en la más pura intimidad.”

Durante el lanzamiento de las obras premiadas el pasado año, se presentó también la mención en la categoría de Novela 2009, Lo que no fue, del argentino Enrique Ferrari. Esta narración entra en una reescritura de la Guerra Civil vivida por un descendiente de españoles en Argentina. Roberto Zurbano agregó que vale la pena tener una referencia de esa “ficcionalización de una historia o historización de una ficción” para reconstruir cualquier biografía de esos que llegaron a América Latina después de la Guerra Civil.
Uno de los premios honoríficos otorgados por la Casa hace un año fue El alternado paso de los hados, del peruano Carlos Germán Belli, el cual obtuvo el premio de poesía José Lezama Lima. Este es un “poemario de madurez en el que se asoman, bajo una sencillez sorprendente, preocupaciones que abarcan de los asuntos más nimios a los más trascendentales.” Quienes asistieron a la presentación de los Premios Casa 2009 en la Sala Che Guevara, disfrutaron de la presencia del colombiano Roberto Burgos Cantor, autor de La ceiba de la memoria, obra condecorada con el Premio de narrativa José María Arguedas. Burgos Cantor exaltó la importancia de la Casa como lugar de legitimidad para esos escritores que resultan premiados y señaló que esa condición lo honra y lo llena de retos. Además recordó que en “Don José María Arguedas” está el “tremendo conflicto del narrar y del lenguaje”. Por otra parte, Zurbano dijo del premio Ezequiel Martínez Estrada correspondiente a la obra Globalización e identidades nacionales y postcoloniales… ¿de qué estamos hablando?, del chileno Grínor Rojo: “Es un libro de una ensayística crítica bastante aguda que niega y afirma, simultáneamente, que las literaturas pueden expresar identidades nacionales en tiempos de globalización”. Un momento especial fue también la intervención del investigador brasileño Carlos Walter Porto-Gonçalves, ganador del premio Casa 2008 con La globalización de la naturaleza y la naturaleza de la globalización, y jurado de la presente edición en la categoría de literatura brasileña. Porto-Gonçalves realizó varias reflexiones sobre la situación actual de nuestro mundo y enfatizó en que la esencia de la sociedad capitalista es la separación del hombre de la naturaleza a través de un mecanismo en que todo pasa a ser mercancía. El brasileño argumentó la creciente diferencia entre pobreza y opulencia, y destacó que los países más necesitados no tienen ni la más mínima posibilidad de participar en el “banquete” de los ricos. Este jueves a las siete de la noche se realizará la entrega de los Premios Casa de las Américas 2010 en la Sala Che Guevara.
viernes, 15 de enero de 2010
ARCANGELES: TAIBO II EN LA ESQUINA DE SANDOKÁN Y TROTSKI
I
Corría el año ´91. Yo militaba en el MAS y mi amiga Marina, a la que inexplicablemente sus compañeros llamaban la Troska, en Descamisados, un grupito de ese oxímoron que es el peronismo revolucionario, en la Boca. Yo había dejado el colegio y andaba todo el tiempo con Sergito, mi amigo radical. Marina vivía sola, en un diminuto departamento que le alquilaba la madre, al que le decíamos el Aguantadero. Nos juntábamos ahí, entonces - Marina, Sergito y yo- y discutíamos de política, tomábamos whisky y escuchábamos música hasta las cinco de la mañana, hora en la que yo me iba a la panadería y ellos a dormir.
En una de esas noches Marina me hizo escuchar una canción del uruguayo Leo Masliah: La cita. En la misma, después de varios equívocos, se termina acordando un encuentro en una esquina: Sandokán y Trotski. Y durante algún tiempo ese fue un código entre nosotros: nos vemos en Sandokán y Trotski, decíamos.
Pasarían todavía siete años para llegar al libro -Arcángeles, de Paco Ignacio Taibo II- en que esa cita se concertara.
II
¿Quién es Paco Ignacio Taibo II?
Taibo II es uno y es muchos. Dotado del don de estar en varios lugares a la vez (la técnica de Speedy González, la llama Taibo, si te mueves rápido sales dos veces en la foto, o mejor todavía, sales borroso; si corres por los pasillos el tipo que viene atrás de ti para ponerte la etiqueta no te alcanza) el hombre parece vivir varias vidas: el escrito de ficción, el militante, el historiador, el periodista. Pero, por sobre todo eso, Paco es un educador sentimental.
Militante trotskista en su juventud (miembro de la Liga Comunista Espartaco), activista del estudiantado en el 68 y sindicalista luego; escritor de novelas policiales (ganador dos veces del premio Dashiel Hammett, creador de la Semana Negra de Gijón y del neo-policial latinoamericano), de aventuras (un estilo que algunas vez definió como Subrealismo Subsocialista: poco realista, con algo de socialismo y mucho de aventuras), de historia (Bolcheviques, Ernesto Guevara también conocido como el Che, Pancho Villa, entre otros), Taibo II escribió también una novela a medias con el Subcomandante Insurgente Marcos. Y sigue.
III
Ya en su libro Cuatro manos , las dos calles tendían a cruzarse: hay un ficticio borrador de novela policial que estaba escribiendo Trotski (Trotski, dice ahí Taibo II, era un tipo así, de decisiones súbitas, brutales, terribles desamores, disciplina feroz, renuncia a tantas cosas) en sus últimos días en Coyoacán -poco antes de ser asesinado a la usanza estalinista, por el sicario Ramón Mercader del Río- y una reescritura de Adiós a Mompracem, última novela de la saga Sandokán de Salgari, hecha en la cárcel por el ficticio búlgaro disidente Stoyan Vasilev.
Pero la encrucijada de las calles de la Aventura y la Revolución en la obra de Paco Ignacio Taibo II llegó a su máxima expresión -aún más que en su excelente biografía Ernesto Guevara, también conocido como el Che- en Arcángeles, una recopilación de textos que se ganó un lugar en la mesa del bar en el que el Viejo Topo y el Fantasma que Recorre Europa beben y cruzan anécdotas.
IV
Cuenta Taibo II que parte de la inspiración para este libro se la dio un amigo, quien en una larga conversación nocturna le dijo Paco, hay que hacer el elogio de la derrota.
Y es que, como escribió Andrés Rivera, de la derrota se escribe, la palabra escrita es el mejor material que se haya creado, hasta ahora, para la confrontación con los autos de fe, el tiempo y el olvido.
Taibo II eligió contar, entonces, historias de derrotados y derrotas, de personajes y vidas que quedaron en los márgenes de la Gran Historia de la Revolución por razones diversas: casualidad, olvido o desidia; por que resultaban inclasificables, molestos o (apasionadamente) heterodoxos; por persecución o incomodidad ideológica.
Sobre el final del prólogo Taibo II dice: no hay más homenaje que el recuerdo, no hay más culto real que la memoria crítica, no hay más amor que la complicidad en sus obsesiones. Todo es sueño, casi todo se vuelve pesadilla.
¿Y cuáles son los sueños y pesadillas que pueblan Arcángeles?
El libro está dividido en doce capítulos-relatos (las doce historias que lo componen ya habían sido publicadas anteriormente, como notas de acción, en revistas y periódicos militantes: Siempre!, Bohemia, El Universal, Información Obrera, Brecha) que narran una vida, o el fragmento de una vida de un revolucionario hereje del siglo XX. Historias de victorias parciales y furibundas derrotas. ¿Porqué una victoria, por pequeña que sea, es más increíble que cualquier derrota?, se pregunta, nos pregunta el Capitán Paco Ignacio, tan lleno de dudas, tan alejado de La Verdad con mayúsculas de los marxistas oficiales, ¿en las historias de los eterno derrotados, los momentos de gloria valen doble?
Doce historias, entonces, de hombres y mujeres que buscaron la revolución y fueron al infierno varias veces para encontrarla.
V
Menos mal que queda la historia, menos mal que queda la memoria, nos dice al final de estos relatos de pasiones, ansias de justicia, de efímeros triunfos emocionantes y derrotas dignas, de memoria e historia para leer en el bar de la Revolución, que esconde cada ciudad. En la esquina, claro, de Sandokán y Trotski.
Corría el año ´91. Yo militaba en el MAS y mi amiga Marina, a la que inexplicablemente sus compañeros llamaban la Troska, en Descamisados, un grupito de ese oxímoron que es el peronismo revolucionario, en la Boca. Yo había dejado el colegio y andaba todo el tiempo con Sergito, mi amigo radical. Marina vivía sola, en un diminuto departamento que le alquilaba la madre, al que le decíamos el Aguantadero. Nos juntábamos ahí, entonces - Marina, Sergito y yo- y discutíamos de política, tomábamos whisky y escuchábamos música hasta las cinco de la mañana, hora en la que yo me iba a la panadería y ellos a dormir.
En una de esas noches Marina me hizo escuchar una canción del uruguayo Leo Masliah: La cita. En la misma, después de varios equívocos, se termina acordando un encuentro en una esquina: Sandokán y Trotski. Y durante algún tiempo ese fue un código entre nosotros: nos vemos en Sandokán y Trotski, decíamos.
Pasarían todavía siete años para llegar al libro -Arcángeles, de Paco Ignacio Taibo II- en que esa cita se concertara.
II
¿Quién es Paco Ignacio Taibo II?
Taibo II es uno y es muchos. Dotado del don de estar en varios lugares a la vez (la técnica de Speedy González, la llama Taibo, si te mueves rápido sales dos veces en la foto, o mejor todavía, sales borroso; si corres por los pasillos el tipo que viene atrás de ti para ponerte la etiqueta no te alcanza) el hombre parece vivir varias vidas: el escrito de ficción, el militante, el historiador, el periodista. Pero, por sobre todo eso, Paco es un educador sentimental.
Militante trotskista en su juventud (miembro de la Liga Comunista Espartaco), activista del estudiantado en el 68 y sindicalista luego; escritor de novelas policiales (ganador dos veces del premio Dashiel Hammett, creador de la Semana Negra de Gijón y del neo-policial latinoamericano), de aventuras (un estilo que algunas vez definió como Subrealismo Subsocialista: poco realista, con algo de socialismo y mucho de aventuras), de historia (Bolcheviques, Ernesto Guevara también conocido como el Che, Pancho Villa, entre otros), Taibo II escribió también una novela a medias con el Subcomandante Insurgente Marcos. Y sigue.
III
Ya en su libro Cuatro manos , las dos calles tendían a cruzarse: hay un ficticio borrador de novela policial que estaba escribiendo Trotski (Trotski, dice ahí Taibo II, era un tipo así, de decisiones súbitas, brutales, terribles desamores, disciplina feroz, renuncia a tantas cosas) en sus últimos días en Coyoacán -poco antes de ser asesinado a la usanza estalinista, por el sicario Ramón Mercader del Río- y una reescritura de Adiós a Mompracem, última novela de la saga Sandokán de Salgari, hecha en la cárcel por el ficticio búlgaro disidente Stoyan Vasilev.
Pero la encrucijada de las calles de la Aventura y la Revolución en la obra de Paco Ignacio Taibo II llegó a su máxima expresión -aún más que en su excelente biografía Ernesto Guevara, también conocido como el Che- en Arcángeles, una recopilación de textos que se ganó un lugar en la mesa del bar en el que el Viejo Topo y el Fantasma que Recorre Europa beben y cruzan anécdotas.
IV
Cuenta Taibo II que parte de la inspiración para este libro se la dio un amigo, quien en una larga conversación nocturna le dijo Paco, hay que hacer el elogio de la derrota.
Y es que, como escribió Andrés Rivera, de la derrota se escribe, la palabra escrita es el mejor material que se haya creado, hasta ahora, para la confrontación con los autos de fe, el tiempo y el olvido.
Taibo II eligió contar, entonces, historias de derrotados y derrotas, de personajes y vidas que quedaron en los márgenes de la Gran Historia de la Revolución por razones diversas: casualidad, olvido o desidia; por que resultaban inclasificables, molestos o (apasionadamente) heterodoxos; por persecución o incomodidad ideológica.
Sobre el final del prólogo Taibo II dice: no hay más homenaje que el recuerdo, no hay más culto real que la memoria crítica, no hay más amor que la complicidad en sus obsesiones. Todo es sueño, casi todo se vuelve pesadilla.
¿Y cuáles son los sueños y pesadillas que pueblan Arcángeles?
El libro está dividido en doce capítulos-relatos (las doce historias que lo componen ya habían sido publicadas anteriormente, como notas de acción, en revistas y periódicos militantes: Siempre!, Bohemia, El Universal, Información Obrera, Brecha) que narran una vida, o el fragmento de una vida de un revolucionario hereje del siglo XX. Historias de victorias parciales y furibundas derrotas. ¿Porqué una victoria, por pequeña que sea, es más increíble que cualquier derrota?, se pregunta, nos pregunta el Capitán Paco Ignacio, tan lleno de dudas, tan alejado de La Verdad con mayúsculas de los marxistas oficiales, ¿en las historias de los eterno derrotados, los momentos de gloria valen doble?
Doce historias, entonces, de hombres y mujeres que buscaron la revolución y fueron al infierno varias veces para encontrarla.
V
Menos mal que queda la historia, menos mal que queda la memoria, nos dice al final de estos relatos de pasiones, ansias de justicia, de efímeros triunfos emocionantes y derrotas dignas, de memoria e historia para leer en el bar de la Revolución, que esconde cada ciudad. En la esquina, claro, de Sandokán y Trotski.
Buenos Aires, mayo de 2006
jueves, 14 de enero de 2010
UNIVERSO CARVALHO
-pagar las deudas, enterrar a los muertos-Desocupación, violencia social, corruptela política y policial, la historia del género negro es la del intento por responder a la pregunta de Bretch: ¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo? Y en ese intento, que lo hizo nacer en USA en la década del ’20, se mudó luego a Hispanoamérica, donde tuvo su propio Philip Marlowe: el Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán.
En un artículo titulado La deshumanización del personaje, el autor explica las dificultades de hacer una literatura de personaje: fidelidad continuada, novela tras novela, a las connotaciones personales del personaje, ante el entorno que le hace ser como es, necesidad de que cada novela excluya totalmente a las anteriores y por tanto en cada una hay que volver a caracterizar al personaje y su entorno. De ahí que el escritor de un ciclo de novelas de personajes deba fatalmente repetirse por la obligación fundamental de que no ha de dar por leídas las novelas anteriores, ni por conocido el personaje.
Con esas reiteraciones trataré de (re)construir un mapa del Universo Carvalho.
1- Génesis
Pepe Carvalho nació dos veces, una como idea y la otra como personaje. En la novela Yo maté a Kennedy de 1972 (parte junto con Cuestiones marxistas y Happy end de la etapa que Vázquez Montalbán definió como su novelística subnormal) encontramos a una suerte de proto-Carvalho. Dejemos que lo cuente el autor: oen los años sesenta nosotros decíamos que la novela se había terminado, se había desarrollado hasta Joyce y Proust la lógica de la novela burguesa y luego había venido el realismo socialista para intentar invertir el sentido de la utilización del instrumento; eso había fracasado, y el resultado era que la novela era un género ligado a la burguesía y estaba muerto. Evidentemente no era cierto. Así que estuvimos forcejeando con el cadáver, tratando de ver qué se hacía con él. Yo hice un tipo de novela experimental, lúdica, polisémica, intentando una burla de la novela, una ruptura constante del esquema narrativo, de la unidad narrativa, que incluía poemas, unas reflexiones incluso teóricas, pero en una de estas obras apareció un hallazgo: en una novela escrita bajo estos criterios de narrativa subnormal, Yo maté a Kennedy, encontré paradójicamente un antipersonaje que era un personaje literario verosímil: Carvalho -quién contaba eso- y era un personaje de novela negra, y allí surgió la idea de convertirlo en un detective privado para poder hacer esa novela-crónica que me interesaba desarrollar. Fuera del contexto de esta novela concreta -donde Carvalho era un guardaespaldas de Kennedy, y a la vez su asesino- el antihéroe funcionaba y me daba la clave de su futura utilización.
En Tatuaje (1976) -que nació como una broma, Vázquez Montalbán apostó una noche de borrachera que era capaz de encerrarse y, en quince días, escribir una novela negra- Carvalho aparece ya igual a sí mismo. Cuenta Vázquez Montalbán: cuando afronté la "novela policíaca", el personaje me era muy válido, pero lo convertí en más bruto, un personaje incomunicado, un outsider, un tipo fronterizo que sanciona moralmente desde su propia ambigüedad, porque en general la propuesta moral de las novelas negras que prefiero es una propuesta de la moral de la ambigüedad, un cierto negativismo moral y eso necesita ser propuesto por un antihéroe, no lo puede proponer James Bond, un héroe de una pieza. La mirada la propone el personaje, y de cómo mire ese personaje depende la moralidad de la obra. Lo que me acerca más a identificarme con esa moral relativa, compleja y llena de contradicciones es un antihéroe, un héroe de una pieza no sería para mí creíble.
Al terminar Tatuaje Vázquez Montalbán quedó tan contento del resultado, que programó una
serie, y presentó el proyecto a un editor. Quiero escribir unas diez novelas policíacas tengo los argumentos desarrollados, más o menos van a ir por aquí, y se van a parecer a ésta pero voy a cambiar cosas, le dijo. El editor le contestó lo olvidara, que eso no iba a tener ningún éxito.Las 10 novelas programadas finalmente fueron 24, a lo largo de las cuales el personaje, fue creciendo, envejeciendo y consolidándose.
2- Vida y obra
Aunque vive desde siempre en Barcelona, Carvalho es un gallego de origen portugués. Ex militante del Partido Comunista Español (yo nunca fui un renegado, fui un apóstata cínico, dirá de su pasado rojo), al salir de la cárcel, a la que llegó por comunista, se va a Estados Unidos, donde lo recluta la CIA. Ya como ex agente de la Agencia (abandoné la CIA cuando tenía ante mí un brillante porvenir, explica Carvalho sin explicar, había acumulado ya tres trienios y estaba al caer un puesto muy importante en Colombia, pero dije que no y me fui) regresa a España como detective privado (Antes imitaba a Marlowe, dice en Quinteto de Buenos Aires (1997), pero he envejecido, mi modelo es Maigret, no tiene edad).
Tiene -como Marlowe, como Spade- una fuerte tendencia a la bebida (se bebe esperando el clic que abra la puerta siempre cerrada, explica en Los mares del sur, de 1979), una divisa de vida que se resume en la frase: enterrar a mis muertos y pagar mis deudas, una familia imposible y dos obsesiones culturales: la comida y los libros.
3- Una familia imposible
Dice Carvalho en Quinteto de Buenos Aires: Tengo un alma marginal, mi novia es puta de teléfono. Mi asesor técnico, camarero, cocinero y secretario un ladronzuelo de coches. Mi confidente espiritual y gastronómico, un vecino, que también es mi gestor. Y agrega: me gustan las familias imposibles, detesto las familias posibles. Estos tres personajes, más el lustrabotas -y representante de las putas, los golfos y los detectives privados, según el mismo se presenta- que constituyen la imposible familia fáctica de Carvalho, aparecen entre Tatuaje y La soledad del manager (1977) y de esa manera al llegar a Los mares del sur, tercera y mejor novela de la serie, el Universo Carvalho está completo.
Charo
Charo es, según definición carvalheana, una puta cara de teléfono, con una clientela más selectiva que selecta.
La muchacha -que aparece por primera vez en la cuarta página de Tatuaje, desnuda y entre las sábanas- lo quiere, lo cela y vive una disociación esquizofrénica: novia de día, puta de noche. ¿Con quién te has liado?, le recrimina en medio de una discusión, ¿Qué necesidad tienes de otras tías? Yo voy con otros tíos para comer, para vivir, pero ¿y tú?
Sobre el final, en las últimas novelas de la saga, una Charo ya madura intenta reacomodar su vida -poner una boutique, o algo- y componer la de Pepe. No lo logra y habrá un distanciamiento que, pese a las añoranzas y las cartas, será definitiva.
Bromuro
Es el segundo personaje en aparecer. Lustrabotas y soplón, ex legionario a las ordenes de franquista Muñoz Grandes, se ganaba la vida como correveidile o vendiendo barajas pornográficas y debía su apodo a su teoría del bromuro que le echan al agua para devaluar la potencia sexual masculina: le digo que ponen bromuro a todo lo que tragamos para que no la armemos y las mujeres puedan salir tranquilas a la calle, repite a lo largo de las novelas. Y agrega con queja: me da una pena tan grande, tantas como hay y lo poco que tenemos para darles gusto. Solo, más bien acompañado únicamente por Charo que lo adoptó como a un padre querido y apenas indeseable, Bromuro murió por problemas hepáticos en la novela El delantero centro fue asesinado al atardecer (1988).
Observe el astuto seguidor de la serie cómo la relación de Carvalho con Bromuro era exclusivamente alcohólica y pocas veces nutritiva, como si quisiera ayudarle a suicidarse lentamente, explica Vázquez Montalbán en el prólogo a Las recetas de Carvalho (1989).
Biscuter
Biscuter, suerte de cruza entre Watson y Sancho Panza, asoma su cuerpo diminuto y fofo después de una veintena de páginas de La soledad del manager y se lo presenta así: Al cuidado del despacho estaba Biscuter, ex compañero de cárcel de Carvalho. El detective nunca había sabido su nombre. Durante años de vez en cuando se decía: He de preguntarle cómo se llama. Pero el uso continuado de Biscuter cumplía la función y le desmemoriaba. Obseso por los coches ajenos, Biscuter había sido culito de cárcel durante quince años de larga adolescencia: de los quince a los treinta. Pequeñísimo, con cabeza de hijo de fórceps, de cómica calvicie con los parietales llenos dé rubia vegetación hirsuta, pómulos colorados sobré un rostro harinoso, gruesos labios rosas caídos, ojos de pescado hervido. Se encontraron en la calle, a pocas manzanas de La Modelo. Biscuter le pidió cinco duros. - Para coger el autobús, jefe. He perdido la cartera. - Te la va a devolver la policía como te vea merodeando por aquí, Biscuter. ¿No me reconoces? - ¿A ver? ¡Hosti!... ¡El Estudiante! Así llamaban los delincuentes comunes a Carvalho durante su encarcelamiento. Invitó a comer a Biscuter y recordaron los platos que habían conseguido guisar en la aquellos días. Desde que Carvalho saliera de la cárcel, la historia de Biscuter era una lista de entradas y salidas. Se le quitó el vicio de robar coches, pero no los antecedentes, y en cualquier redada caía un Biscuter desempleado, víctima de la Ley de Vagos y Maleantes. - Si encontrara un trabajo. - ¿Te importa trabajar conmigo? Cuidas un despacho pequeño. De vez en cuando me haces el café o una tortilla de patatas, que es lo tuyo. Puedes dormir en el des¬pacho, te pago la comida y te doy dos o tres mil pesetas al mes para tus gastos. -Y un certificado para que no me enchironen otra vez. -Y un certificado. Biscuter no se había movido desde entonces del pequeño mundo del detective. En ocasiones colaboraba en alguna de sus investigaciones instrumentalizando su aspecto de infeliz.
Fuster
El papel de Fuster en la vida de Carvalho es múltiple: amigo, confidente, consejero en casos difíciles, gestor de lo poco que hay para gestar –tratando permanentemente de ordenar las caóticas cuentas del detective para un improbable fondo de retiro- pero, sobre todo, vecino y compañero de comilonas. Último de los miembros de la familia en aparecer, lo hace en la página 120 de La soledad el manager, cuando Carvalho, a las dos y media de la madrugada, le toca el timbre para invitarlo a comer un salamis de pato: el sueño ha despeinado su barba rubia de chivo, su escaso pelo peinado con estrategia y ha inclinado la montura de sus gafas hasta el punto el punto de que una varilla calza en la oreja, pero la otra busca desesperadamente el asidero de la oreja perdida.
Y se dedican, hasta las cuatro de la mañana a beber, comer y charlar.
Gracias, Pepe, se despide Fuster, has devuelto una noche a mi vida, la hubiera pasado tontamente durmiendo y la he llenado de vida.
4- Dos obsesiones
Los libros
Carvalho tiene la estufa de su casa en las alturas de Vallvidrera prendida todo el año. El fuego, dice, lo ayuda a pensar. Para prender esa hoguera permanente usa…libros. Vázquez Montalbán lo explica así: la quema de libros a la que es tan aficionado, forma parte de las reflexiones sobre el papel de la cultura. Carvalho, tan parco en las reflexiones teóricas, ha dicho a veces que quema libros para vengarse de lo poco que le han enseñado a vivir y de lo mucho que le han alejado de una relación espontánea y entusiasmada con la realidad.
La comida
En Quinteto de Buenos Aires, Carvalho repite, en clave de asado, su teoría de la cocina como metáfora de la cultura. Dice: la cultura no te enseña a vivir, es sólo la máscara del miedo y la ignorancia. De la muerte. Tú ves una vaca en la Pampa. La matas. Te la comes cruda. Todos te señalarían: es un bárbaro, un salvaje. Ahora bien, coges a la vaca, la matas, la troceas con sabiduría, la asas, la aderezas con chimichurri. Eso es cultura. El disimulo del canibalismo.
5- Epílogo
Al final de los finales, después de las 832 páginas de los dos volúmenes que componen Milenio
Ya se ve, Carvalho, fiel a sí mismo, pagó sus deudas y enterró a sus muertos.
Y así quedó todo: Pepe preso, Manolo muerto. Y nosotros que los extrañamos tanto.
Tanto.
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